¡¡ CIELOS!! – Capítulo 2 –

DOS

 

Menudo susto nos llevamos todos con lo que les pasó a los pobres atracados. Por fortuna para ellos la policía pudo coger a los atracadores y recuperar los objetos que les habían sustraído. El bochorno que debió pasar la policía de Cartagena debió ser grande para ellos pues el propio responsable de la policía de la ciudad se personó en el hotel para pedirles disculpas por lo ocurrido. La verdad es que al final todo terminó bien aunque el susto no se lo quitó nadie, o mejor dicho, la tranquilidad no se la pudo devolver nadie, a ninguno de nuestros dos compañeros y más siendo conscientes de que tuvieron suerte con que la policía no llegara en el momento en que estaban dentro del banco. Supongo que el hecho de pensar que por un puñado de billetes te puedan dar pasaporte a mejor vida, debe resultar bastante desagradable.

A todos nos afectó el atraco que sufrieron y nos dejó un poco de mal sabor de boca por lo ocurrido y eso que la ciudad y la cordialidad de las gentes de Cartagena cubrieron con creces el tropiezo.

Hubo un tema que al final del viaje también nos incomodó, sobre todo a los más inseguros frente a la férrea seguridad de los controles del país o a la desconfianza de una posible jugada. Sí, me refiero al tema de la droga y al minucioso control que según comentaba Laura, te hacían al salir del país; aunque eso era lo que menos nos importaba. El problema que nos conmovía era la posibilidad de que alguien en el hotel o en el camino del hotel al aeropuerto pudiera introducir droga en una de nuestras maletas.           Desde luego el final del viaje fue un poquito estresante. Juan Luis y yo estábamos preocupados por esa posible manipulación, de no sé quién, y hasta que no pasamos la lenta y eterna aduana no nos quedamos tranquilos. Según Laura, en un viaje que había hecho ella meses atrás había tenido que dejar a una pareja en la cárcel por intentar pasar droga por la aduana aunque en el caso de aquella pareja sí parecía que su intención era perfectamente conocida por ellos mismos.

Algunos desconfiados emitimos un resoplido de tranquilidad al rebasar el control de los militares en la aduana y después de hacer las últimas compras nos sentamos a esperar la salida del vuelo. Todos estábamos impacientes por saber si el regreso iba a ser tan azaroso como la ida. Afortunadamente embarcamos a la hora prevista.

Durante la espera, Ricardo y yo nos fijamos en cinco o seis azafatas que estaban tomando un café en una barra más apartada y que debía de estar restringida sólo al personal del aeropuerto. Detrás de la barra un chico con la misma indumentaria que ellas estaba sirviendo los cafés. Ricardo y yo comentábamos:

-¿Has visto qué azafatas?

-¡Hombre! -contesté-. No “azafata” que lo digas. Son muy guapas ¿eh?

-No están mal, no. Mira, mira. Ya tenemos a toda la tripulación.

-¿Qué estarán haciendo? Oye, los del plato en la cabeza deben de ser pilotos, ¿no?

-Digo yo. ¡Anda! ¡Pero si están cantando el cumpleaños feliz al que está detrás de la barra! Claro, es un cumpleaños…

-¡Jo! Y por el pastel que se están empapuzando debe ser un buen cumpleaños. Mira cómo comen todos. Luego les entrará sueño en el vuelo, con tanta comida, y a los demás, a los pobres viajeros, que nos zurzan -en clave de humor-.

-Tranquilo que con el café que se están tomando acabarán todos excitados.

-¿Todos?

Con mi última e inquietante pregunta nos echamos los dos a reír y cuando quisimos percatarnos de nuevo del nutrido grupo de concelebrantes, habían desaparecido.

-Atención. Atención. Pasajeros con billetes de color marrón del vuelo con destino a Madrid pueden embarcar por la puerta dieciocho. Atención. Sólo pasajeros con tarjeta marrón.

Nosotros teníamos tarjeta marrón, como para no… Tuvimos suerte y a todo nuestro grupo nos dieron tarjeta de embarque en las plazas delanteras y como era un vuelo charter, sin asientos de primera, íbamos pegaditos a los compartimentos de las azafatas. Nos acoplamos en nuestros asientos, colocamos bolsas y bolsos en los estantes de arriba, nos abrochamos los cinturones y con comentarios jocosos acerca de algo que no debía de tener mucha importancia, pues no lo recuerdo, nos dispusimos a elevarnos por las alturas. Delante del todo había grupos de asientos de cuatro en cuatro y nos sentamos distribuidos de tal forma que a mí me tocaba ventanilla en uno de los extremos, después Esther, luego Paloma y en el pasillo se ubicó Ricardo, quien decía que así podía ver mejor a las azafatas. Detrás de nosotros estaban los Juanes, Ana y Julia. Desde la posición en la que estaba Ricardo, colocó su cabeza hacia atrás y me dijo:

-¡Eh, Pablo! ¿A que no sabes una cosa?

-No, ni idea. ¿Qué?

-Que nuestra tripulación es la que estaba antes en el aeropuerto.

-¿Cuál de antes…? -pregunté yo, pues no sabía a que se refería-.

-La del pastel y el cumpleaños…

-Ah, ¿sí? Pues pregúntales que si les queda algo de pastel, que nos inviten…

-¿Qué pastel? -preguntó Esther-.

-Nada mujer, cosas nuestras. Una tontería.

De esa forma terminé la broma y en cinco minutos con los motores a plena potencia estábamos ya por los aires cartageneros; más que por los aires, por los mares. Disfruté del despegue, como siempre. ¡Me encantan los aviones! Y me puse a enredar con una maquinita de matar marcianos que le pedí a un compañero de una agencia de la competencia, de Madrid. Intentaba hacer algo desde aquella posición tan odiosa. Lo del espacio en los aviones, aún en los vuelos largos, es tan reducido… Y, sobre todo, eso de estar diez horas mirando el techo del avión, es desesperante. Por lo menos con la maquinita gasté una o dos horas al comienzo del vuelo, que es lo que más cuesta asumir.

Luego, entre partida y partida, nos dieron un aperitivo, un refresco, y nos sirvieron la comida. Esther se echó a dormir encima de mi hombro, hasta que yo mismo y con los cascos puestos oyendo el sonido de la película, caí rendido ante la adversidad de nada mejor que hacer para gastar el tiempo.

Debía de llevar una media hora adormilado cuando el sonido de un disparo en la película me despertó. A saber qué es lo que estaba pasando por mi cabeza en ese instante; a mí como a todo el pasaje, pues al removerme en mi sitio, pude comprobar que todo el mundo estaba soñando con angelitos; si hubieran sabido lo que se nos venía encima no habrían estado tan tranquilos.

Mi vejiga avisó de un ligero apretón y en medio de mi somnolencia decidí levantarme al lavabo. Aparté la cabecita de Esther, la dejé bien colocada sobre el respaldo del asiento y me encaminé al cuarto que estaba justo delante de nosotros, al lado de donde las azafatas preparaban las comidas y la bebida.

Al ir hacia el baño y al igual que en la mayor parte de los vuelos transoceánicos que he hecho, la cortina que separa ese espacio del de las azafatas estaba corrida, y la curiosidad que siempre me ha perdido me invitó, mientras abría la puerta del baño, a correr un poquito la cortina para ver qué había. Al hacerlo pude ver los pies de una mujer, con zapatos incluidos, tumbada en el suelo. Al ver aquello me asomé un poco más y vi a tres de las azafatas en esa misma posición, tumbadas en el suelo, como desmayadas. Me acerqué a una de ellas y la intenté mover por los hombros a ver si la podía hacer reaccionar. Nada, ni se movía. Me pareció tan extraño que intenté lo mismo con otra. “Igual, ninguna señal de vida” pensé para mí y en eso se me disparó una luz roja en el pensamiento e intenté ver si corría sangre por sus venas, si latía su corazón. Lo probé en el cuello y en las muñecas de las tres mujeres, ¡estaban muertas! ¡Dios mío!           ¿Qué podía hacer? Toda esa situación me estaba empezando a resultar muy extraña, demasiado anormal. Sentí una tentación muy fuerte y me acerqué hacia un estrecho corredor que lleva a la cabina de los pilotos; la puerta estaba entreabierta. Con más miedo que vergüenza me decidí a abrir por completo la puerta y cuando lo hice vi la imagen más terrorífica que he visto a lo largo de mi vida: todos estaban desmayados sobre sus asientos. Me acerqué a cada uno de ellos y no era desmayo ¡También estaban muertos! Eso ya era demasiado para asumirlo yo solo, así que me fui hacia donde estaba Esther. Pero luego pensé que no, que mejor me iba a entender con Ricardo. Fui donde él estaba, le desperté y le pedí que me siguiera. Al hacerlo me dijo:

-¿Qué es lo que quieres? ¿Sabes la hora que es?

-Es muy importante, Ricardo. Ven, mira esas azafatas. -Ricardo pasó al lugar donde ellas estaban y se acercó a una de ellas y al tocarla, le dije-: Están todas muertas, Ricardo.

El me miró como si fuera una tomadura de pelo que yo hubiera organizado con las azafatas y le insistí:

-No te estoy vacilando. Tómales el pulso y lo comprobarás.

-¡Joder! ¡Es verdad! ¡Está muerta! -Ricardo se asustó mucho-.

-Vente para acá. -Fuimos hacia la cabina y le dije-: Mira, ¿les ves? Están todos muertos, tío. Tú me dirás qué hacemos.

-¡Joder, joder, joder! ¡Esto es alucinante! ¡Esto es una putada de lo más genial!

-Bueno, chico, yo he tenido algunos segundos para poder pensar. Lo único que se me ocurre como prioritario es que la gente no se puede enterar de esto porque se monta aquí un zafarrancho de combate que no habría quien lo dominara. Y lo siguiente que se me ocurre es que les quitemos la ropa a los pilotos y nos la pongamos nosotros y sus cuerpos los escondamos en… -Me puse a mirar alrededor y a abrir compartimentos- Aquí, aquí les podemos poner a los tres. -Miré un poco mejor y vi que aún había más espacio.- Y las azafatas también caben aquí. ¿Se te ocurre algo mejor?

-No, tío, creo que es lo único que podemos hacer. Vamos a ello. ¡Menuda faena!

Fuimos a la cabina y con bastante trabajo les quitamos los trajes a los dos pilotos, nos los pusimos y, la verdad sea dicha, ni tan mal que nos quedaron. Yo me puse el del piloto y Ricardo el del copiloto y al otro le guardamos con su ropa puesta.

Luego fuimos donde las azafatas y Ricardo me comentó:

-Oye, necesitaremos que alguien haga de azafata para que la gente no se mosquee. ¿Qué hacemos?

-Pues podemos quitarles la ropa a éstas y dejarla aquí para que se la pongan Esther y Paloma. Yo creo que son las más adecuadas para ello. Si no, a quién se lo vamos a decir.

Dicho esto me fui hasta el comienzo de los asientos para intentar despertarlas y para que la gente no me viera cogí una bandeja de las de la comida, que era bastante larga, corrí el cortinaje de entrada para no ser visto y con dificultad conseguí llegar hasta la pierna de Paloma. Le di un par de golpecitos y corrí un trozo de cortina y pude ver su cara, asustada y despierta. Al verla le hice gestos bastante ostensibles para que se acercara a donde yo estaba. Al rebasar el cortinaje y verme vestido de aquella manera se extrañó tremendamente y nos costó un par de minutos hacerle entender lo que se nos había planteado. Paloma reaccionó bien, su tranquilidad natural nos fue muy beneficiosa en todo. Le encargamos que fuera a despertar a Esther para reclutarla también como azafata. Lo mismo nos ocurrió con ella y después de hacer entrar en razón a Esther las convencimos para que se pusieran un pañuelo en la cabeza para disimular y que al menos no las pudieran reconocer en la zona donde estaban los pasajeros.

Nos dimos cuenta de que había cinco azafatas, luego dos de ellas debían de estar en el fondo del avión, en circunstancias parecidas a las otras, y el primer encargo que les hicimos a ellas fue que se acercaran a esa parte del avión y si las encontraban que se encargaran de hacerlas desaparecer para que nadie se alarmara al encontrarlas.

Según salían en dirección al pasillo las nuevas azafatas, Ricardo y yo, por fin, caímos en la cuenta de lo que se nos había venido encima. Le dije:

-Oye, ¿te estás dando cuenta de lo que tenemos entre manos?

-¡Coño, claro! ¡Cómo no! Cada vez más, pues ¿quién coño se va a encargar de posar este avión en tierra? Perdón, de posarlo sano y salvo. ¿Eh? ¿Quién?

Evidentemente no supe qué responderle en ese momento, me reservé la respuesta para más adelante. Lo que si le dije fue:

-Tenemos que ir a la cabina e intentar hablar con alguien que nos diga qué es lo que pasa. ¿No te parece?

-Sí, pero lo que sí me parece es que lo que nos van a decir no nos va a gustar. Vamos a ver con qué nos encontramos.

Entramos en la cabina y perdidos entre tanto reloj, palanca, aparato y cable de todo tipo nos sentimos, yo por lo menos, como la vez que monté en un toro de aquellos de los de las salas de fiestas que según te subías alguien empezaba a manipularlo simulando el movimiento de un toro en un rodeo. Pues así me sentí al sentarme en aquel estrecho y recogido lugar y darme cuenta de que si a alguien se le ocurría dar al botón, iba a salir despedido por los aires, nunca mejor dicho.

Guiándonos por una salvaje intuición comenzamos a entender dos o tres de las cosas más importantes que teníamos a nuestro alcance y al colocarnos los cascos de los pilotos en la cabeza, se me ocurrió que hablando por el pequeño micrófono que quedaba delante de mi boca alguien podría contestar en algún otro lugar. El comienzo no fue precisamente muy gratificante pues comencé a hablar diciendo:

-Hola, hola. Somos miembros del pasaje de este avión. ¿Alguien nos oye?

Nada, ni una señal perdida en el horizonte de las ondas. Sentíamos que el mundo se nos venía encima. Estábamos incomunicados, al menos lo estuvimos hasta que al hábil de Ricardo se le ocurrió perseguir el cable del casco hasta su conexión y allí había una palanquita que, con temor por lo que pudiera ser en realidad, cambió de posición. Volví a repetir el mismo mensaje. En esta ocasión ya recibimos respuesta:

-Por favor, identifíquense. ¿Desde dónde me están hablando?

Al decirnos esto temblábamos por no saber qué responder, hasta que vimos un pequeño cuaderno que rezaba “DC-10 / Dama del Caribe” y pensamos que ése debía de ser el nombre del avión y después de unos segundos de silencio, dije:

-Soy un miembro del pasaje del DC-10 Dama del Caribe y les hablamos nosotros porque los pilotos y las azafatas del avión están muertos.

Se hizo un vacío. Pareciera como que estuvieran comprobando que la emisión la estaban recibiendo desde un avión. Después se oyó:

-Dennos más detalles, por favor. ¿Cómo puede ser que la tripulación del avión esté muerta?

-Pues así es. Para quien me esté oyendo, así es. Por cierto, ¿con quién hablo?

-Están ustedes todavía bajo jurisdicción aérea dependiendo del aeropuerto de Cartagena de Indias y desde aquí les hablamos.

-Pues, mire usted. Hemos encontrado a las azafatas muertas en el pasillo interior y a los pilotos desfallecidos en sus asientos y no teniendo ni idea de qué hacer, nos hemos puesto sus ropas y nuestras dos mujeres -lo dije así para abreviar- se han vestido de azafatas para que nadie se entere de lo que está pasando. Por favor, dígannos algo de lo que podemos o tenemos que hacer pues estamos muy asustados.

-Un segundo, por favor. -El segundo se multiplicó por sesenta y a continuación nos dijeron-: Señor, ¿se llama usted…?

-Somos dos. Yo me llamo Pablo y mi amigo se llama Ricardo.

-Bien, señores. Hemos comprobado la veracidad de su posición y de dónde proviene su emisión y por extraño que nos parezca es cierto que están ustedes ahí. La primera pregunta que nos surge es si saben por qué les ha ocurrido esto a la tripulación…

-No sabemos nada. Nosotros estamos en primera fila y por eso ha coincidido todo lo que nos ha pasado pero… ¡Oiga! ¿Cómo van a hacer que aterrice este aparato?

El silencio volvió a renacer hasta que oímos:

-No lo sabemos. Pero alguien de ustedes tendrá que hacerlo. ¿Quién si no?

Ricardo y yo nos empezamos a poner nerviosos y mi mujer y Paloma, que nos acompañaban, también comenzaron a hablar y a desesperar en las palabras por lo que pudiera pasar y con voz seca y fuerte nos dijeron por los cascos:

-¡Serénense, por favor! Lo han hecho muy bien hasta ahora, no pierdan la calma. Por favor, ante todo, no pierdan la calma. Vamos a ver. ¿Saben si hay algún piloto entre el pasaje?

Ricardo contestó con   rapidez:

-No tenemos ni idea. No hemos podido, ni debido, preguntar a nadie. Pero, perdone que le pregunte, ¿cómo está volando y hacia dónde este avión?

-Mire. Usted está sentado en la posición del copiloto. ¿No es así?

-Sí, señor… ¿Se llama usted…?

-Me llamo Fabián. Desde donde usted se encuentra, si mira hacia arriba y a la izquierda, casi en el centro de la cabina, ¿qué ve?

-¿Una lucecita verde?

-Sí señor. Eso es el indicativo de que el piloto automático está conectado y sí que les puedo decir que ustedes se dirigen hacia el destino inicial, hacia Madrid. Les quedan seis horas y media de vuelo y ya hemos conectado con Madrid y hemos decidido que es mejor que continúen el rumbo por diferentes motivos…

Ahí intervine yo:

-¿Por qué motivos? ¿Para que si nos estrellamos tengan dónde enterrarnos?

Yo estaba muy nervioso. Más tarde tuve sangre fría suficiente, pero la tranquilidad aparente de nuestro interlocutor y el absurdo y el peligro de la situación con la que nos enfrentábamos desató la impaciencia por la impotencia.

-Tranquilo, señor Pablo. Las ventajas de Madrid son dos. Si ustedes tienen un aterrizaje no muy grato, habrán consumido casi todo el combustible y con seguridad no les pasará nada. Y en segundo lugar, disponen de la pista de aterrizaje más larga de Europa, la pista del aeropuerto militar de Torrejón, y les será mucho más fácil posar allí el avión.

Yo continué hablando un tanto desesperado:

-Pues no entiendo qué es lo que pretenden de nosotros. No entiendo por qué no pueden hacer otra cosa que no sea que alguien de nosotros tenga que hacer aterrizar este monstruo.

-Vamos a ver. Insisto en que deben tranquilizarse. Por lo que he podido observar hasta el momento lo han hecho ustedes todo como auténticos profesionales. Han usado muy bien el sentido común, no lo pierdan ahora. El avión en el que están ustedes es de una tecnología muy avanzada y si encuentran un simple piloto de avioneta entre la tripulación, el aterrizar el avión les resultará de lo más sencillo.

-¿Y si no lo encontramos?

-Si se diera esa situación hablaríamos de otras alternativas. Existen muchas posibilidades, pero la mejor garantía de éxito es que sigan actuando como hasta ahora y que en todo lo que sea estrictamente necesario sigan nuestras instrucciones. ¿De         acuerdo? -Nadie dijo nada y por eso volvió a insistir.- ¿De acuerdo?

-De acuerdo -dije-. Pero ¿cómo vamos a conseguir un piloto?

-Dígame una cosa. Mire por la ventanilla. ¿Está amaneciendo?

-Eso parece.

-Bien. Se nos ocurre una solución. Escuchen bien. Cuando haya amanecido casi por completo, usted, Pablo, se va a dirigir al pasaje y va a proponer que si hay algún piloto civil o militar que se dirija a una de las azafatas. La propuesta que harán es que el cielo presenta un fenómeno atmosférico digno de ver por un profesional de la navegación aérea. Han de cuidarse muy bien de que cuando se presente alguien, que no sea un curioso de los que siempre les gusta ver la cabina de un avión. Debe de presentar su identificación como piloto civil o militar. ¿Han entendido bien?

-Perfectamente, señor Fabián.

-Bueno, pues si es así, descansen un poquito y estén tranquilos. Como les he dicho ya hemos comunicado a Madrid su situación y están preparando el mejor de los recibimientos. Por cierto, ¿notaron algo extraño en las azafatas mientras les sirvieron la comida o en algún otro momento?

Los cuatro nos quedamos pensativos y no supimos dar respuesta, hasta que Ricardo dijo:

-Hay algo que… ahora que lo pienso… Pablo, ¿te acuerdas que nos reímos de lo del pastel de cumpleaños de las azafatas?

-Sí. ¿Y qué tiene que ver eso en todo esto?

-Pues que no sé si el pastel o el café pudieran estar envenenados o algo así…

-Sr. Ricardo, ¿puede continuar con su explicación? -Ricardo prosiguió contando lo que habíamos visto y Fabián dijo-: Vamos a indagar en esa posibilidad pues, para su conocimiento, viaja con ustedes, de incógnito, un alto dignatario de Colombia y es posible que la noticia de ese viaje se llegara a filtrar en algún grupo terrorista o algo por el estilo. Déjennos que trabajemos en ello. Les tendremos informados de todo lo que vayamos sabiendo, pero les tengo que dejar para poder trabajar en su asunto. Ya saben, cuando amanezca intenten localizar a un piloto. Hasta entonces, buen viaje.

-Hasta luego.

Estábamos muy asustados. No teníamos realmente conocimiento de la historia con la que nos enfrentábamos. Esther me miraba preocupada y hasta con una lágrima a punto de escapar de sus preciosos ojos. Al verla, me levanté de mi asiento y traté de consolarla, diciéndole:

-Venga, mujer. Si tú eres muy valiente para todo.

-Sí, pero de boquilla. No sé cómo enfrentarme a esto.

-Ni yo. Pero te aseguro que vamos a poner, todos, nuestro mejor esfuerzo para llegar sanos y salvos a casa y ver a nuestra hija que nos estará esperando en el aeropuerto. Seguro. Ven a mí, anda, abrázame y muéstrame tu cara más fuerte. ¡Esther!

Entre sollozos me contestó:

-¿Qué pasa? -Después me sonrió, me dio una palmadita en el trasero y eso me tranquilizó pues cuando lo hace es que quiere que me entregue en lo que esté haciendo y que ella me apoyará.

-Bueno -dije yo-. Pues habrá que esperar a que amanezca del todo.

Durante ese tiempo las dos mujeres tuvieron que hacer unos cuantos servicios a los pasajeros que pedían un vaso de agua, una Cocacola o una aspirina porque le dolía la cabeza a alguien, y en todos los casos, afortunadamente, nadie las reconoció. Sobra decir que a los Juanes, a Julia y a Ana les advirtieron de que no preguntaran, vieran lo que vieran. Las explicaciones vendrían al final. Lo cierto es que no es extraño que con gente tan maravillosa se puedan hacer las cosas bien, o al menos intentarlas.

Por fin Ricardo y yo estábamos de acuerdo en que el amanecer era inminente. Previamente a nuestra llamada a un posible candidato a piloto pudimos dar, con ayuda de tierra, con las cintas de vídeo. Llegamos a poner hasta tres seguidas durante todo el viaje, y todas ellas un poco subiditas de tono. Nos funcionó muy bien y poca gente nos incomodó. Pues eso, que llegado el momento lancé el anzuelo a los pasajeros:

-Señoras y señores, les habla el comandante. Tenemos previsto llegar a Madrid hacia las diez de la mañana, hora de España. La temperatura prevista en Madrid a esa hora será de dieciséis grados y en estos momentos, desde cabina podemos disfrutar de un fenómeno atmosférico de suma rareza y muy preciado para cualquier piloto. Por este motivo y si entre la tripulación hubiera alguno, civil o militar, le invitamos a contemplar este amanecer especial. Esperamos que disfruten de un feliz vuelo. -Una vez cerrado el micrófono, las dos chicas salieron a esperar posibles candidatos y entonces le dije a Ricardo-: ¿Qué tal lo he hecho?

-A la perfección, mi comandante.

-Me estás vacilando.

-Que no hombre, es en serio, lo has hecho muy bien. Ahora lo importante para nuestra salud y la de nuestros descendientes actuales y potenciales es que aparezca un piloto que tome los mandos de este monstruo y nos libere de la responsabilidad que tontamente hemos asumido.

Pasaron los minutos y nadie hacía acto de presencia. Empezábamos a preocuparnos cuando entró Paloma en la cabina y nos dijo:

-Estamos cansadas de esperar y no aparece nadie. Bueno, ha venido un chavalito y en cuanto le hemos pedido la identificación se ha sincerado de que lo único que quería era curiosear. Aparte de eso, nada de nada, chicos. Me temo -entre sonriente y preocupada- que vais a tener que ser los que coloquéis este bicho en el suelo. Por cierto, quiero que sepáis que estoy con vosotros y que creo en vuestra destreza. ¡Ánimo!

-Chico -le dije a Ricardo-. Esto se pone complicado. No sé qué vamos a hacer…

-Atención. ¿Me escuchan? ¿Señores Pablo y Ricardo?

-Sí, sí, aquí estamos. ¿Con quién hablamos?

-Les llamamos desde el aeropuerto de Torrejón en Madrid. Estamos al tanto de su situación y lo que más nos interesa saber es si han localizado algún piloto entre el pasaje.

-Negativo, señor…

-Alfonso, Alfonso González. Pues vaya faena. Bueno. No pasa nada. Todo va a salir bien.

-Sí, y sobre todo con su ánimos disimulados.

-Bien, perdonen si les he quitado fuerza. No hay por qué temer nada, tienen entre sus manos un aparato moderno, sin demasiadas complicaciones y, lo más importante, van a contar con el favor del tiempo, que no les va a dar ninguna complicación. Verán; todos los instrumentos del avión van a permanecer activos de manera automática casi casi hasta que vean la pista de aterrizaje. También pueden estar tranquilos porque cuando ustedes estén aterrizando el tráfico aéreo va a estar totalmente paralizado. En el aire sólo estarán ustedes…

-Esperemos que sea en el aire y no en el cielo -intervine yo-. Perdone, perdone, continúe.

-No hay problema, y es muy importante que conserven el sentido del humor hasta el final del vuelo. Se lo digo en serio y si lo desean pueden reír hasta de lo que ahora les estoy diciendo. -La verdad es que todos nos echamos a reír y nos vino bien.- Si les parece, voy a irles explicando las cuatro cosas que van a tener que utilizar de manera manual durante el aterrizaje. Son: los flaps, el timón de cola, el tren de aterrizaje, los motores, los frenos de ruedas y los aéreos. Vamos a ver uno por uno todos ellos, dónde se encuentran ubicados, y cuál es el funcionamiento, y haremos ejercicios de su funcionamiento teórico. Ah, por si se me olvidaba, cuando estén llegando a la pista de aterrizaje han de pensar que yo estoy detrás de ustedes diciéndoles cómo se maneja tal o cual cosa y me refiero, con ello, a que mis indicaciones van a ser precisas y cuando diga izquierda será izquierda y cuando diga derecha, será derecha. ¿Entendido?

-Recibido.

Recibimos ése y un montón más de mensajes acerca de la utilización de todos los elementos de navegación y de aterrizaje del avión. Fue una clase práctica pero sin simulador, en escenario real. Es curioso porque yo siempre había deseado pilotar una avioneta o un avioncito pequeño y en mi casa siempre he tenido programas de simuladores de vuelo para ordenador y he aterrizado y estrellado, de esa manera, un montón de aviones. La diferencia con los simuladores es que aquí no vale un resultado u otro, aquí sólo podía existir una posibilidad: aterrizar el avión.

 

LAS HORAS FUERON PASANDO Y los nervios quedándose con nosotros. Cuando ya teníamos todas las referencias de lo que teníamos y lo que no teníamos que hacer y además lo teníamos experimentado, nos dimos cuenta de que, sin querer, nos habíamos comido casi todo el tiempo y que sólo faltaba una hora para el aterrizaje. Justo en esos instantes el avión, de manera automática, daba comienzo el descenso. Ricardo decía:

-Ya podía hacerlo todo él solito. Les tienen mal educados; siempre vuelven a casa pero aún no les han enseñado a entrar por la puerta.

Yo no hacía otra cosa que tocar uno tras otro, con delicadeza, cada una de las palancas y botones. Era un intento desesperado de transmitirles la necesidad de una respuesta mejor que la habitual. Todos los aparatos debían de esmerarse con nosotros.

Por otro lado la tensión se mascaba en nuestros rostros y en los poros de la piel. De vez en cuando Paloma nos traía unas toallas, una humedecida y calentita para que la pasáramos por la frente y otra seca para las manos. ¡Qué encanto de mujer! Nos decía:

-Si yo pudiera hacer lo que estáis haciendo vosotros, ahora mismo me ponía en vuestro lugar para que no lo pasarais tan mal. Pero no sabría qué hacer ahí. Vosotros lo hacéis muy bien. Venga, venga, sin desfallecer, ¿eh? ¡Que no os vea yo!

Ricardo aceptó sus palabras, diciendo:

-A sus órdenes, mi capitán. Sin novedad en el frente, mi capitán. Sus deseos, no es que sean órdenes, es que ya han sido cumplidos antes que ordenados, mi capitán.

-Así me gusta, soldado, así me gusta.

Pero lo que venía a continuación no nos iba a gustar demasiado. Ya empezábamos a ver la tierra demasiado cerca y yo no hacía más que acordarme del chiste del avión. Sí, ése que está todo el pasaje de un avión en vuelo y de repente se oye por megafonía: “Señoras y señores, si miran por la ventanilla de la derecha verán el motor del avión incendiado y si miran por la de la izquierda verán lo mismo y si se fijan un poco antes, en el ala y ven cinco bultitos, somos el capitán, el copiloto y las azafatas, que nos tiramos en paracaídas del avión. Lo sentimos mucho y que tengan un feliz aterrizaje”. Hay uno un poco sordete en la parte de atrás y le dice al compañero: “¿Qué? ¿Que vamos a tomar tierra?” Y el otro le dice: “¿Que si vamos a tomar tierra? Nos vamos a hartar de ella”. Bueno, pues no hacía otra cosa que acordarme del chistecito de marras y el momento de máxima tensión estaba a punto de llegar. Paloma se había colocado en la parte de atrás del avión por si había que socorrer a alguien, o algo por el estilo y Esther en la parte de delante del avión cubriendo cualquier posible entrada en la puerta. Encendimos los indicadores de abrocharse el cinturón de seguridad y, como yo pensaba, el del alma también, por si acaso.

El avión zozobraba de un lado a otro, ajustando él automáticamente las alas por las pequeñas turbulencias que se producen en los aterrizajes. Por fin Alfonso nos dijo por los cascos:

-¡Señores!

-¿Sí?

-Ha llegado el momento de la verdad. Si miráis al fondo, fondo, veréis la pista. ¿La veis?

-Sí, sí, ahora sí -dijimos a dúo-.

-Bien. Tenéis que desconectar el piloto automático y sujetar los mandos del avión. ¿Dispuestos?

-Ya está hecho -dije yo-.

-Como verás, no pasa nada especial. Bien, lo llevas muy bien, Pablo. Fenómeno. Aguántalo así. Y ahora los flaps. ¡Fuera!

-¡Hecho! -dijo Ricardo-.

-Os daréis cuenta de que el avión ahora tiene más sustentación. ¿Lo veis?

-Lo sentimos.

-Bueno. Vosotros no habléis, todo lo tengo que decir yo. Ya os estoy viendo. ¡Fenómeno, tíos! ¡Sí señor! Seguid así. Ahora llega la hora de extender el tren de aterrizaje. ¡Adelante!

-Tren extendido.

-Bien… ¡Venga, que esto va a salir genial!

En ese instante las ráfagas de aire me empezaron a incordiar y el avión se cimbreaba como una espiga al viento. Era dificilísimo sujetarlo para que mantuviera su posición horizontal. Hubo una vez, yo creo que fue la peor, en que el avión se balanceó exageradamente hacia un lado. Percibí el hecho, sobre todo, por el griterío del pasaje. Alfonso me seguía animando.

-Eso no ha sido nada; se habrá quejado un poco la gente pero nada, así no se aburren. Vas muy bien Pablo, tienes la pista a metros, sólo a metros. ¡Espera! ¡Dios mío! No aterrices. Hacia arriba. Pablo, mete motores ¡ya!

Así lo hice, moví las tres palancas hacia delante, a tope y tiré del timón hacia atrás para elevar el avión. ¿Qué había pasado? Que o se nos había atascado o se nos había olvidado sacar el tren delantero de aterrizaje y en aquellos pocos segundos ocurrieron varias cosas simultáneas, de entre las que sólo pude percibir, de manera no consciente, una de ellas. Por un lado, con el movimiento del avión, Paloma, que estaba en la parte de atrás, tuvo un accidente, un terrible accidente. Se le vino encima uno de esos muebles de la comida y se empotró encima de ella. Lo supe al remontar el vuelo y varios pasajeros la atendieron y la extendieron en un asiento. Además Ana se fue hacia atrás y cuidó de ella el resto del vuelo. Fue un hecho lamentable y lamentado.

El otro fue el griterío y el pánico que se desató entre el pasaje. Mis amigos se encargaron de calmar al personal para que a nadie le dieran ataques de histerismo o cosas parecidas. Y la tercera de las cosas, sólo percibida a nivel no consciente, fue, con el tiempo, la más importante y el origen de todo lo que tengo la obligación, y el placer también, de narrar. Al estar a punto de aterrizar sin el tren delantero, sólo Dios sabe qué es lo que hubiera pasado en ese caso, se produjo como un chasquido en mis oídos, un chasquido eléctrico. Casi… casi lo mismo que cuando en un cómic se ve el casco de una bombilla rota en dos partes, de forma que se dibuja un corte irregular que casa a la perfección con el otro pero les separa el aire y el corte queda dibujado con picos que suben y que bajan. Bueno, pues esta eterna descripción sirve para ilustrar lo que luego fui capaz de entender y que fue como si todo se hubiera partido en dos partes y de repente, sin que se llegara a percibir, tras el chasquido, todo volvía a su estado primitivo.

Desde ese estado es desde el que conseguí remontar el vuelo sin que nada trascendente, excepto lo de Paloma, ocurriera y, afortunadamente, ninguna parte del avión se vio afectada.

Por otro lado me encantó sentir la fuerza de los motores en mis manos. Una fuerza física grandiosa que era capaz de mover aquella mole y elevarla de nuevo a las alturas. Su fuerza unida al ruido que producía me hacía sentir los mandos con una especial sensación de poder, y está mal que lo diga, de dominio, no sobre las personas, sino sobre el aparato. Tiramos para arriba y de nuevo Alfonso guió nuestras alas:

-¡Menudo susto que me he llevado! Tranquilos, que no ha pasado nada. Vamos a repetir la operación y ahora casi mejor, porque ya tenéis la experiencia de antes para saber aterrizar. Vamos allá. Meted de nuevo el tren de aterrizaje. Tenemos que girar, con el suficiente ángulo, el avión, hasta colocarlo en la misma posición de entrada que antes. Para ello vais a sobrevolar la zona dando un giro abierto. De momento seguid recto y yo os indicaré cuándo tenemos que girar. Va a ser en un par de minutos.

-¿Qué hacemos con los flaps, Alfonso?

-Nada, podéis seguir con ellos tal cual están. No impiden nada y aunque la maniobravilidad es un poco más compleja, nos dan mayor estabilidad en vuelo y eso os transmitirá más confianza.

-Sí señor. Vamos a ver si esta vez tenemos suerte.

-La tendremos. Creo que ya debemos girar. Pablo, el timón hacia tu derecha, poco a poco, hasta que yo te diga. Muy bien. Sigue así. Perfecto. Vamos muy bien. Aguanta esa posición y ahora, ahora cambia y ponlo recto. Eso es, despacio, despacio. Bien. Ya lo tienes dominado.

Esperamos un par de minutos y de nuevo hicimos otra vez la maniobra hacia la derecha, hasta que volví a tener la pista del aeropuerto delante de nosotros, como antes, y desde ahí volví a seguir las instrucciones de Alfonso. Estábamos ya queriendo besar el suelo y Alfonso no cesaba de animarnos:

-Pablo, lo tienes hecho. Lo tienes en la mano. Ahora sí que todo nos va a salir de puta madre. Venga. Te faltan metros escasos. Lo tienes, estás casi casi en el suelo. Aguanta, aguanta. -Por fin, tocamos tierra, y lo hice bien. ¡Dios mío, lo hice bien! Alfonso seguía transmitiéndonos instrucciones.- Ahora, desde ahí, mete la retro a los motores y toca un poco el freno de ruedas. Aunque parezca que los motores van a reventar, aguántalo ahí, sin miedo. Bien, bien. Ya está. ¡Qué tíos! Ya puedes quitarles fuerza a los motores. Ya está. Frénale con las ruedas. Despacio. Eso, así. Hasta que se detenga por completo. Ahí. -El avión se detuvo completamente.- ¡Enhorabuena! ¡Qué cojonudos habéis sido! Nunca hubiera imaginado que alguien tuviera lo que hay que tener para hacer lo que habéis hecho. ¡Fantástico, simplemente fantástico! Bueno, os dejo que me voy a acercar con…

-Alfonso, espera, espera. Me dicen que hay una persona herida. Es una amiga mía y le ha caído encima un mueble de los de la comida. Es urgente, traed una ambulancia ¡por favor!

-Lo siento, Pablo. Ambulancia, ya hay una pegada al avión y ahora mismo estarán intentando entrar en él. Id y ayudadles para que puedan entrar y recoger a vuestra amiga. Ahora mismo estoy con vosotros.

Salimos a la puerta delantera del avión y allí estaba la ambulancia. Pedí que subieran una camilla, lo primero de todo, para recoger a Paloma. ¡Pobre mujer! Con lo que ella nos animó para conseguir la hazaña que habíamos logrado, y malogrado para ella…

Con rapidez subieron los enfermeros; todo el mundo estaba es sus asientos, así se lo habíamos pedido. Cogieron a Paloma y con rapidez de profesionales, se la llevaron hacia la ambulancia. Al salir Paloma, que permanecía consciente, ordenó a los camilleros que se detuvieran cuando pasaron por delante de mí, a la puerta del avión, y me dijo:

-Pablo, dame la mano. Sí, qué hombre tan imponente eres. ¿Sabes? Tienes más energía que una central nuclear. -Miró hacia Esther y le dijo-: Esther, ¡cuídale! No sabes lo bueno que tienes a tu lado. -Luego volvió su cabeza de nuevo hacia mí.- Pablo, has estado maravilloso. Gracias por haberlo hecho tan bien.

Fui a hablar para decirle que de bien, nada. Que su accidente no me lo podría perdonar; pero no me dejó hacerlo y ella prosiguió:

-Mi accidente debía pasar; tenía que ser y es un grano de arena en comparación con todas estas vidas que habéis salvado. No te preocupes por mí, Pablo. Enhorabuena, de verdad.

-Eres un encanto, Paloma. Perdona. -Me dirigí a los camilleros y les pregunté-: ¿A qué hospital la llevan?

-A la Paz, señor.

-Pues mañana por la mañana iremos todos a verte, y esta tarde llamaremos por teléfono para saber cómo estás. Cuídate. Anda, dame un beso.

Me dio un beso, se despidió del resto de la gente, y se la llevaron. Al salir por la puerta del avión un hombre entró en él y nos dijo, a Ricardo y a mí:

-¿Pablo y Ricardo?

-Sí señor.

-¡Enhorabuena, muchachos! Soy Alfonso. Dadme un abrazo, que he sufrido por vosotros lo que no he sufrido por nadie en la vida. -Nos abrazamos y acto seguido pidió por favor que todo el mundo permaneciera en su asiento y se puso a hablar-: Señoras y señores, mi nombre es Alfonso González y soy el responsable de Control del Aeropuerto de Madrid, Barajas. Muchos de ustedes no entenderán el motivo de que nos encontremos aquí en esta pista vacía del aeropuerto de Torrejón. Han sufrido un atentado en pleno vuelo y dicho atentado implicó la muerte de toda la tripulación de este avión. Estos dos hombres que tengo aquí, a mi derecha, se percataron de la situación y han actuado heroicamente al conseguir traerles a todos ustedes sanos y salvos a España. La mujer que han visto salir en la camilla tampoco era azafata, como tampoco lo es esta señora que se encuentra a mi lado y que es la mujer de Pablo. Los cuatro se las ingeniaron para, con nuestra ayuda desde tierra, poder aterrizar el avión. También he de decirles que el pilotaje que han realizado estos hombres ha dejado maravillado a todo el aeropuerto pues muy a pesar de nuestros ánimos, es casi imposible que alguien que nunca haya volado, como era su caso, pueda aterrizar un aparato de estas características. Se necesitan años de prácticas para hacer lo que ellos han hecho disponiendo sólo de unas cuantas horas.

Una mujer de la tercera fila, que estaba emocionada llorando, y otros cuantos más en diferentes lugares del avión, empezaron a aplaudir como desesperados y se empezaron a amontonar alrededor de nosotros y desconozco cómo lo consiguieron pero a los pocos segundos noté que salía en volandas por la puerta del avión. Hicieron lo mismo con Ricardo y con Esther y un poco más tarde estábamos los tres sujetados por todo el pasaje en la pista del aeropuerto. Fue emocionante, emocionante; las ovaciones de todas las personas con sus ¡Bravo! ¡Valientes! y otras expresiones nos produjeron una sensación nunca vivida hasta entonces. La gente, al saber todo lo ocurrido, cambió su deseo de dar una pitada a los pilotos nada más llegaran a tierra, e incluso a alguno se le habría pasado por la cabeza la idea de poner una denuncia, por malos tratos aéreos, y sin embargo pasamos a ser unos héroes absolutamente indiscutibles.

A pocos metros de nosotros pude reconocer la imagen de los padres de Esther que estaban con nuestra hija, Cristina. Mi hija estaba en brazos de su abuela, supongo que mirando todo el gentío que se había acercado hasta nosotros. Pude conseguir que nos pusieran en el suelo y nada más posar los pies le dije a Esther:

-Creo que ahí tenemos a nuestra hija. Vamos a verles. Ven.

Nos llegamos hasta donde estaban mis suegros y la niña. Las cámaras de televisión con la antena bien puesta siguieron nuestros pasos y por la noche pudimos ver las imágenes que recogían el momento en que mi mujer y yo abrazamos a nuestra hija y a los padres de Esther. Fue un instante emocionante. Cada vez que lo recuerdo se me aguan los ojos. Abracé a mi hija con la necesidad de tenerla a mi lado, de sentir que no me había ido de ella, que no la habíamos abandonado; eran tantos sentimientos unidos en un solo instante…

En la tele también vimos cómo quedaron las entrevistas que nos hicieron. En una de ellas le preguntaron a Ricardo quién había llevado el peso de la operación y yo me adelanté a contestar:

-Entre los dos. Todo lo hemos hecho entre los dos.

-Sí, pero el avión lo has pilotado tú. Has tenido la sangre fría suficiente como para hacerlo.

-Uno de los dos tenía que hacerlo, ¿no? Si lo hubieras hecho tú, habría sido igual.

Todo ha sido una labor de equipo en la que los dos hemos peleado codo con codo y gracias también a la ayuda de Esther, mi mujer -que estaba a mi lado durante la entrevista- y de una excelente amiga que ha tenido que ser internada en la Paz por culpa nuestra. Por un movimiento brusco que tuvimos que hacer con el avión… Pido desde aquí a esta cadena de televisión que emitan un reportaje de todo esto mañana para que ella lo pueda ver. Si así fuera quiero decir públicamente que su ayuda ha sido inestimable y que dignifica a toda la profesión de enfermería por la estupenda labor que realizó. Gracias Paloma.

Ricardo le indicó al cámara que fuera en dirección a él y dijo:

-Paloma, cuando veas esta entrevista queremos que sepas que Pablo y yo dedicamos este afortunado aterrizaje a tí, a Paloma Henares, y que lo sepa toda España. ¿Vale? Un beso muy fuerte y cuídate. Mañana te veremos.

La cadena de televisión así lo hizo y al día siguiente pasaron un reportaje íntegro de todo el aterrizaje.

Entre griteríos y aplausos conseguimos salir del aeropuerto de Torrejón. Antes de irnos nos despedimos de los Juanes, de Julia y de Ana, pues Ricardo se vino con nosotros a dormir a casa.

Mi suegra me había traído el coche y ella misma nos animó a que volviéramos los tres juntos a casa; ellos nos seguirían en su coche. Cristina venía con nosotros en la parte de atrás del coche, dormida junto a su madre.

Mientras conducía, Ricardo estaba pensativo; miraba a un lado y a otro de la carretera y por fin, me dijo:

-¡Puff, tío! ¿Te das cuenta de la que se podía haber armado si no lo conseguimos?

-Claro. Cómo no. Pero estoy convencido de que era de no ser.

-¿Qué quieres decir?

-Que si tenía que haber ocurrido un desastre, pues eso, que nos habríamos estrellado. Sólo Dios sabe qué es lo que tiene que ocurrir en cada momento. Por lo que se ve nuestro destino sigue siendo vivir esta vida. Lo que sí es cierto es que el esfuerzo lo hemos tenido que hacer nosotros y que por suerte lo hemos conseguido.

-Oye, ¿no estás cansado?

-No, por ahora no. Seguro que cuando llegue a casa me desplomaré, pero ahora estoy bien. Sin problemas. Gracias.

-Nada, nada. Una cosa más. ¿Qué sentiste cuando tuviste que meter toda la potencia a los motores del avión? Tuvo que ser alucinante, ¿no?

Me quedé un poco callado y a los pocos segundos le contesté:

-Pues mira, contra todo pronóstico o lo que siempre hubiera imaginado, no pasó.

-¿A qué te refieres?

-Pues que siempre pensé que poner en el aire un avión y más un monstruo como ése tenía que ser una gozada, una sensación de poder, de dominio sobre una máquina tan inmensa y, ¿sabes qué?

-No, ni idea. Me tienes perdido

-Pues que no fue así.

-Entonces, ¿qué fue lo que se te pasó por la cabeza?

-Muy sencillo, una sóla idea, que por narices tenía que levantar el avión por el aire. Que no cabía opción al desastre y que si no lo conseguía era culpa mía.

 

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