¡¡ CIELOS!! -Capítulo Tres –

TRES

 

Cuando llegamos a la casa nos encontramos un mensaje de Francisco, el director general de la agencia en la que trabajamos Esther y yo. El mensaje era muy claro:

-Esther, Pablo, soy Paco. Oye, que os toméis los días que necesitéis para descansar y desconectar de todo lo que ha pasado. No os preocupéis. Cuando podáis me dáis un toque para saber cómo os va y, por cierto, los días no correrán de vacaciones. ¿Vale? Lo dicho, descansad y decidme cómo os encontráis. Bienvenidos a tierra.

La mañana siguiente no era la de un lunes normal y corriente. Me desperté sobresaltado y con sudores fríos. El sueño que me debía haber estado merodeando no debió de ser muy agradable y nada más tomar consciencia de mí mismo, en la mente sólo se me representaba un nombre: Paloma. Teníamos que ir a verla cuanto antes. Juan Luis y Juan Angel, junto con Ana y Julia, habían acordado quedarse en un hotel en Madrid y habíamos quedado en vernos con ellos en la cafetería de La Paz.

Esther, Ricardo y yo nos compusimos como pudimos para estar listos a la hora convenida. El reencuentro, desde el día anterior, nos reconfortó y nos permitió saborear el recuerdo de los últimos instantes vividos.

Preguntamos por la habitación de Paloma Henares y con las indicaciones que nos dieron nos llegamos hasta allí. Ricardo y yo nos adelantamos hasta la puerta de la habitación pues no queríamos irrumpir todos de golpe en un espacio tan pequeño como es el de la habitación de un hospital. Asomé la cabeza por la puerta, al entreabrirla, y vi a un matrimonio de mediana edad y a una chica de mi edad, más o menos. Al no distinguir con claridad si era la habitación correcta o no, nos adentramos un poco más y entonces una voz me dijo:

-Pablo, ¡qué bueno! Entra, entra y… ¡Ricardo! ¡Qué alegría me da veros!

-Chica, no sabíamos si ésta era tu habitación o no -dije-. Oye, lo primero de todo, ¿qué tal estás?

-Bien, bien. La operación ha ido bien. Mirad, Pablo, Ricardo, éstos son mis padres y mi hermana, Pilar.

Saludamos a los padres y a Pilar, y le dije a Paloma:

-El resto de nuestro grupo está sentado en la sala de espera…

-Y ¿qué hacen allí? Por Dios, decidles que vengan.

-Es que no sabíamos si molestábamos o…

-Anda, anda. ¡Molestar! Ricardo, diles que vengan. ¿Has visto, mamá? ¡Qué de visitas tengo! ¿Eh?

Antes de que nos diéramos cuenta entraban por la puerta Ricardo y el resto de la gente. A Paloma le hizo un ilusión inmensa, sobre todo cuando les preguntó:

-Pero hoy, ¿qué día es? ¿No es lunes?

-Sí -dijimos varios-.

-Y entonces, ¿qué hacéis en Madrid?

-Pues, venir a verte -dijo Juan Luis-. ¿Te parece poco?

-Y ¿el trabajo? ¿Podéis dejarlo así como así?

-Sí, por ti, sí que podemos -continuó Juan Angel-. Y ahora que sabemos que estás bien ya podemos irnos tranquilos. Teníamos que vernos de nuevo las caras, ¿no crees? A una azafata tan guapa no puede uno perderla de vista, así por las buenas.

-Mirad a mis padres -decía Paloma-, la cara que ponen de extrañeza. Pensarán que su hija ha cambiado de profesión. Es que todavía no se lo he explicado. Luego se lo cuento. ¡Cómo me alegro de veros! Pero mañana… a trabajar ¿Eh? Por mí no perdáis más tiempo de trabajo. ¿De acuerdo?

Todos asentimos para dar conformidad al deseo de Paloma.

Por otro lado supimos que Pilar, su hermana, ejercía la medicina en un ambulatorio del centro de Madrid; celebré que así fuera pues la tranquilidad de Paloma sería mayor con la colaboración de su hermana.

Nunca se me habría podido ocurrir lo que pasaba por la imaginación de Paloma, ni tampoco pude suponer de su entereza y de su capacidad para abstraerse de este mundo. Fue una auténtica sorpresa cuando pude saber de sus pensamientos. Bien, ¿qué es lo que   ocurrió? Cuando llegó la despedida y todos empezamos a desfilar hasta el pie de la cama de Paloma, al acercarme a darla un beso de “hasta pronto”, me dijo:

-Pablo, hazme un favor. Espera a que salga todo el mundo y quédate el último, quiero comentarte algo en privado. ¿Vale?

-Descuida, que no me voy hasta que tú me digas.

Efectivamente, cuando todos hubieron salido, también Esther, me quedé a la espera de sus instrucciones. Estaba intrigadísimo y más cuando les dijo a sus padres y a Pilar que la dejaran a solas conmigo. Me sentía intranquilo, no sé, supongo que la curiosidad inquietó mi ánimo por saber qué era lo que tenía un grado de reserva tan absoluto. Cuando las paredes eran nuestra única compañía, me pidió que acercara una silla al lado de la cama y que me sentara en ella. Mientras llevaba la silla le dije:

-¿Sabes que me tienes intrigadísimo? No quepo en mí de curiosidad. A ver, ¿qué es lo que me tienes que contar? Soy todo orejas…

-Huuumm, ¡qué bueno eres, Pablo!

-No creas, últimamente me estoy resabiando un poco…

Ahí me asusté bastante pues Paloma mostró un claro gesto de dolor; se llevó la mano al pecho y lanzó un suspiro que se quedó helado y clavado en el techo de la habitación. Dijo:

-¡Ay! ¡Qué dolor me ha venido! Perdona, Pablo, contigo me voy a poder quejar. Deja que me duela. ¡Bufff, qué fuerte duele!

-Paloma, me estás dejando helado. ¿No decías que te encontrabas bien? ¿Quieres que llame a un médico?

-No, no hace falta. Ya se me pasa, tranquilo -me regaló una sonrisa-. No pongas esa cara de pena, hombre. Ya te he dicho que eres el único con el que de momento me voy a poder quejar; déjame ese lujo al menos.

-No entiendo nada, Paloma; y cada nuevo haz de luz de información en vez de iluminarme, me ciega más los ojos.

-Entiendo, entiendo, y tranquilízate. No pienses que estoy ni loca, ni desesperada; lo único que ocurre es que lo que te tengo que transmitir es tan difícil de explicar, de creer y de entender, que no sé por dónde empezar. A ver… Déjame pensar… -Paloma se quedó unos segundos en silencio y concentrada; cerró los ojos, se frotó la cara con las manos dos o tres veces y por fin, empezó a hablar-. Tú, ¿tú notaste algo extraño en el momento del primer intento de aterrizaje?

-Mujer, pues sí, que las ruedas del tren de aterrizaje delantero no salieron, y por eso casi nos la pegamos todos.

-Ya, y ¿no notaste nada más? ¿No hubo algo que te llamara la atención? Piénsalo bien pues creo que sí que sentiste algo no normal, y si eres capaz de recordarlo, lo que a continuación te tengo que decir me será mucho más fácil de hacértelo entender. Piensa bien, Pablo, por favor. Piensa en esa milésima de segundo al intentar aterrizar… -el tono de la voz de Paloma envolvía mi corazón, mi cuerpo y toda la habitación. A la vez Paloma continuaba diciendo, muy despacio-: Piensa, piensa. Algo difere…

-Sí, ahora que recuerdo… Hubo algo… Es cierto, hubo como un chasquido en mi oído. Sí, sentí como… No sé… como un corte.

La cara de Paloma se iluminó; había acertado con lo que ella quería que dijera.

-Eso es, Pablo. Un corte. ¿Podría ser como si se hubieran injertado o pegado dos secuencias del tiempo? Una con otra y mal pegadas, ¿era algo así?

-Sí, efectivamente. Tal y como lo has dicho, pero no puedo entender por qué…

-Yo sí, y eso es lo que ahora te tengo que explicar.

-Hay mucho de extraño en todo esto, ¿no? Algo que no soy capaz de llegar a imaginar. ¿Qué es lo que pasó con el avión?

-¿Qué es lo que iba a haber pasado con el avión? Pablo, ésa es la verdadera pregunta: ¿qué destino le esperaba a ese avión y a la tripulación que en él iba? Voy a hacerte una pregunta muy sencilla…

-Sí. Pónmelo fácil porque cada vez lo estoy viendo peor, ahora sí que no entiendo nada. Dime.

-La pregunta es la siguiente: ¿tú crees en el destino? Me explico, ¿tú crees que cada persona tenemos marcado un destino o algo por el estilo? ¿Crees en algo así?

-¡Hombre! Puestos a creer, ni creo, ni dejo de creer; me parece una posibilidad más a incorporar al marasmo de alternativas que todos nos planteamos como causas existenciales en el día a día de nuestras vidas. Ni creo ni dejo de creer, ésa es un poco mi posición…

-Vale, pero si yo te dijera que creo que sí , que todos tenemos un destino más o menos marcado, que de alguna forma está definido o predeterminado, lo considerarías como una opinión más, ¿no? Ni más ni menos descabellada, ¿es así?

-Sí, creo que sí. Pero ¿a dónde quieres llegar?

-A que si ese destino está marcado para uno, también lo puede estar para muchos, para un gran colectivo. Parece lógico, ¿verdad?

-Nunca me lo había planteado pero sí, está en la misma línea.

-Vale. Y tú ¿puedes creer que nuestro avión estaba destinado a estrellarse? ¿Puedes creer que hubo un ser muy especial que hizo que el destino siguiera su curso normal y que impidió que ocurriera el desastre? ¿Puedes considerar la posibilidad de que el hecho de que el avión se estrellara habría sido un grave error y que ese error no estaba, al menos inicialmente, medido o sopesado?

-Me estás liando. No entiendo a dónde quieres llegar a parar…

-Tú déjame a mí, que mi obligación es hacer que lo entiendas lo mejor posible. Recuerda lo que te he dicho. ¿Les das alguna validez a esas posibilidades?

-Desde el punto de vista de que Ricardo y yo conseguimos hacer aterrizar el avión, sí; desde otra alternativa, ni las niego ni las acepto con plenitud; es un terreno tan sutil… Es como hablar de que existe el más allá o algo por el estilo.

-No vas mal encaminado.

-Anda, anda. No fastidies, Paloma. ¡Qué cosas tienes!

-Espera, no te lances; por otro lado tienes razón en una cosa. A la pregunta que te he hecho sobre si alguien tuvo un importante golpe de efecto para que eso no ocurriera, has acertado de pleno, pues fuiste tú.

-¿Qué me estás diciendo? No entiendo nada.

-Sí, que fuiste tú quien obligó, digamos al destino, a rectificar y a permitir que todo siguiera como estaba, excepto yo, que decidí por mí misma… -La expresión de mi rostro debía de ser todo un poema. Paloma, que comprendía que aquello era un proceso lento y laborioso, me sacó de mis pensamientos y me dijo-: Pablo, Pablo, dile a esa gente que se vaya, y que se quede Esther con mis padres y con mi hermana. Es mejor, esto ya lo he empezado y tengo que terminarlo como sea y nos va a llevar un poco más de tiempo de lo que pensaba. -Como seguía un tanto inerte, me pellizcó ligeramente en el brazo y me espoleó de nuevo.- ¡Venga! ¡Díselo!

-Ah, sí. Sí, sí. Voy a decirles que me tengo que tomar mucho tiempo porque si entiendo lo que creo entender, entonces, no lo entiendo. ¿Entiendes?

-Claro, hombre, pero tenemos que tener paciencia los dos: yo explicando y tú entendiendo.

Avisé a todos para que se fueran marchando, y tampoco entendieron qué era lo que pasaba, pero admitieron que aquello iba para largo. Eso sí que era fácil de entender por todos, excepto por Esther, que se estaba medio mosqueando. Al notarlo le advertí que tuviera paciencia, que era muy importante y que sentía que tuviera que esperar. Aproveché para decirlo alto para que lo oyera también la familia de Paloma. Dado el comunicado me adentré en el laberinto y en la habitación diciendo:

-Ya estoy aquí de nuevo. Voy a intentar comprender lo que me digas pero hazme el favor de ser más explícita, por favor -puse mis manos en posición de rogar y casi de rezar para que me hiciera caso en mi sugerencia-.

-Voy a intentarlo. Creo que lo más difícil lo tenemos superado. Espera que supere yo otro arrechucho que me ha dado según salías por la puerta, bufff. -De nuevo se quejó dolorosamente y prosiguió-: Creo que lo mejor será aplicar una política de shock, allá voy.

Me eché a temblar pues sus palabras plenas de contenido sonaron como una losa en mi mente. Dijo:

-Pablo, me voy a morir. En cuanto te diga todo lo que te tengo que decir, me moriré.

-¿Qué? ¿Qué estás diciendo? Te vas a poner bien. No digas eso ni en bromas.

Era obvio que en esos momentos yo no podía entender nada. Paloma continuó enseñándome el camino para el entendimiento.

-No, Pablo, soy yo la que quiere morirse y yo soy la única persona que pude y quise elegir el morir en esta vida. Bueno, pero ésa es harina de otro costal…

-Ya, y ¿cuántos quintales de harina tenemos? Porque podemos moler harina, pero también se me puede moler el cerebro. Chica, no me considero especialmente corto pero, no me da para más.

-Tranquilo, ya te he dicho que vamos bien.

-Irás bien tú y eso que… que con lo que me has dicho, muy contenta no debes de ir.

-Estoy feliz, Pablo. Créeme que estoy dichosa y que lo único que me apena es tener que abandonar a mis padres. Pero mi vida, mi espíritu, necesitan recorrer otros caminos, entre ellos el de mi hermano que me necesita libre de ocupaciones.

-¿Qué hermano?

-El hermano que se me murió hace unos meses. Más adelante te hablaré de él. No pongas esa cara, ¡anda! ¿Por dónde íbamos…?

-Tú sabrás. Yo ya no sé si vivo, o muero, si estoy aquí o si no estoy; si sueño o si estoy despierto y, por favor, acláramelo pronto.

-Voy, voy. Sí, iba por lo del avión. Lo que en definitiva estoy intentando hacerte entender, en todo momento, es que ese chasquido que tú percibiste y que era la clave para que pudiéramos mantener esta conversación, no fue casual. El tiempo se paró, Pablo. Se detuvo el tiempo y entre chasquido y chasquido, entre ambas partes de esa especie de corte energético transcurrieron muchas cosas. ¡Qué difícil es explicarlo, Dios mío! Tienes que creer en lo que estoy diciendo. Mira a mis ojos, Pablo, mis ojos son la verdad de lo que digo.

-Te quiero creer, aunque no sé qué es lo que estaría creyendo en tal caso y por otro lado ¡me cuesta tanto creerlo!

-Tendré que darte una pista. No queda más remedio y, afortunadamente, estaba preparada para ello. Verás, que yo sepa, tú nunca me has contado nada verdaderamente íntimo de tu vida, de tu infancia, por ejemplo, ¿no?

-No -me reí-. ¿Qué querías que te hubiera contado?

-Pues, por ejemplo, que siendo niño, creo que tenías tres o cuatro años, casi quemaste una cama al prender fuego a un periódico con unas cerillas. Era la hora de la siesta y pudieron apagar el periódico antes de que te quemaras tú y la casa y tu familia contigo.

Yo estaba alucinado, no entendía cómo Paloma, a quien conocía hacía nueve días, podía saber eso de mí. Exclamé:

-¿Quién te ha dicho eso?

-¡Tú!

-Yo no te lo he dicho nunca.

-Sí, en medio del chasquido al que tú mismo has aludido. Tú en unas coordenadas que nunca, hasta que mueras, podrás recordar.

-Y tú ¿cómo es que eres capaz de recordarlo?

-Porque yo soy la única persona que va a morir de todos los que estábamos en el avión, y además porque así lo decidimos todos: que fuera yo quien contara lo que nos sucedió en realidad. Y tu parte va a ser transmitirlo al resto del mundo, y si la gente quiere entender esta verdad, esta ineludible verdad, podrá comprender muchas cosas. Podremos ser almas más superiores y hombres y mujeres más comprensibles con la vida y con nuestro propio destino, el que nosotros mismos hemos elegido, en unos casos, y el que no nos ha quedado más remedio en otros. Si yo soy capaz de transmitírtelo a ti y tú lo extiendes al resto de la humanidad, habrá muchos seres a los que les daremos un punto de luz, una pequeña referencia en la que asirse en las durezas de la vida. ¿Quieres creer o necesitas que te dé otra referencia más de ti mismo? No, no sonrías con vergüenza, no tienes nada de lo que avergonzarte, nada importante al menos. ¿Quieres otro dato?

-Venga, sí. Es posible que en este momento ya esté más en la onda de tus palabras, pero déjame que tome esto un poco como juego y que te rete a que me des otra demostración más de la veracidad de tus palabras.

-Allá voy. Esther, tu mujer, es familia tuya. Tenéis un grado de parentesco cercano, algo así como primos terceros o cuartos; el grado ni siquiera lo sabéis con certeza vosotros mismos y cuando pensábais tener la niña fue necesario realizar las consultas pertinentes por la posibilidad de algún tipo de malformación, lo que os exigió un control día a día del embarazo de Esther. -No podía salir de mi asombro, lo que me estaba contando Paloma eran secretos de alcoba que nadie, de forma natural, habría podido llegar a conocer. Paloma me dijo entonces-: ¿Me he equivocado en algo?

Permanecí en silencio por unos instantes y le contesté con duda y poca convicción:

-No, no, has dicho lo cierto y a no ser que me hayas hipnotizado en algún momento, que no creo, no entiendo cómo has podido saber esas cosas de mí y de mi vida.

-Creo que te he convencido de que lo que te he contado es rigurosamente cierto y como sabía de la dificultad de hacértelo creer, antes de regresar de ese viaje relámpago, hecho en tu compañía y en la de todos los demás, sabiendo que mi obligación iba a ser la de transmitir, indagué en tu pasado y supe algunas cosillas, de ésas que solamente sabe uno mismo… Tenía que tener algún arma para poder convencerte, ya te lo dije antes.

-Te aseguro, Paloma, que se me ha creado una nube mental. No sé qué es lo que tengo que pensar o en qué tengo que creer…

Estaba muy confundido; Paloma dejó de presionar mi credulidad y me interrumpió, diciendo:

-Pablo, escúchame. Déjalo, por el momento, déjalo. Vamos a hacer una cosa. Los dos estamos cansados y yo, además, dolorida. Y fuera te esperan, supongo que con impaciencia. Necesito que vengas mañana por la tarde. Lo siento, pero tienes que buscarte una excusa en el trabajo; me pones a mí por medio, que quiero que estés conmigo o lo que desees decir, la cuestión es que tengo que contarte todo lo que nos ocurrió. Imagino que como publicitario tendrás una grabadora, de esas pequeñas. ¿La tienes?

-Sí, claro. Tengo una en la oficina.

-Bien, pues compra pilas y unas cuantas cintas y te espero mañana aquí a las cinco. Yo estaré sola, nadie nos interrumpirá. Pablo, debemos hacer este trabajo y debemos hacerlo bien. Quiero que sepas otra cosa, la última por hoy. Yo no me podré morir hasta que no te haya contado todo lo sucedido. Cuando llegue ese día dejaré de vivir, pero he de repetirte de nuevo que por mí no debes de preocuparte pues es lo que yo deseo que ocurra. Pocas personas en este mundo habrán tenido la oportunidad de saber qué hay más allá de la vida, cómo es la vida que tenemos cuando morimos. Por eso estoy feliz. Tú marcarás el tiempo que me reste de estar aquí. Te cuento esto por otro motivo importante, y es que le puedas justificar a Esther el que tengas que venir todas las tardes a verme. Si te vale como idea puedes decirle que me estoy muriendo y que quiero dejarte encargadas unas cuantas cosas que es preferible que tú tramites antes de hacer pasar ese mal momento a mi familia. ¿Te puede valer como un buen motivo?

-Nunca antes la he engañado, pero creo que en este caso, al menos al principio, no me va a quedar más remedio y esa idea no es mala. Probaré a ver qué pasa…

-Y, Pablo, estate tranquilo, por favor. Hemos de hacer esto con serenidad. Piensa en todo lo que te he dicho y mañana te contaré el inicio, cómo se desencadenó todo. Ah, por si acaso, tráete unos cuantos papeles y un bolígrafo, por si lo necesitamos. Anda, dame un beso y vete.

Me despedí de ella y atropelladamente, con un par de tropezones en la cama y en la puerta, salí de la estancia y me encontré a todos con la pregunta en las caras pero mi respuesta fueron las prisas y unos cuantos hasta luegos. Al salir del hospital, camino del coche, Esther, que ya no podía aguantar más, me increpó:

-¿Por qué has tardado tanto? ¿Qué es lo que estabais haciendo en la habitación? La miré con expresión distraída mientras buscaba el coche en el aparcamiento.

-¿Haciendo? No, no estábamos haciendo nada. Estábamos hablando y, por cierto, que vengo asustado. Espera que encuentre el coche y te cuento. -Cuando nuestros hombros estaban uno al lado del otro, dentro del coche, me quedé parado, como ausente, y le dije-: ¿Sabes lo que me ha dicho Paloma?

-No. ¿Qué?

-Que los médicos le han dicho que se va a morir, que va a ser cuestión de días.

-Pero, ¿no decía que estaba bien?

-Sí, mujer, pero eso era para que sus padres y su hermana no se preocuparan. Además, su hermano murió también hace seis meses y están todos muy consternados. Me ha estado contando una buena parte de su vida y me ha pedido por favor que la ayude con un montón de papeles, encargos, herencias e historias que tiene pendientes, tanto de ella como de su hermano. Que confía plenamente en mí y que necesita que vaya unas cuantas tardes al hospital para intentar arreglar todos los entuertos que tiene.

Lo dije, me costó, pero lo dije y encajó muy bien. Esther tiene un corazón de oro para esas cosas.

-¿Y qué le has dicho? La vas a ayudar, ¿no?

-Claro, qué podía decir si no. El problema es que en la agencia ahora estamos tan liados que…

-Bueno, ya hablaré con Oscar y con Merche y que te vayan sacando parte de tu trabajo, no te preocupes. Tenemos que ayudarla, es muy buena chica y… mira que morirse…

-Calla, calla, que estoy… estoy muy afectado. Me ha empezado a dar algún que otro detalle de su vida y cuando me contó que se iba a morir, me eché a llorar ¡coño! Me salían las lágrimas por la cara sin poder controlarlo y ella, delante de mí, con una entereza aplastante… Ah, y no veas los dolores que le vienen, así de repente, y que cuando estábamos todos tenía que aguantar y poner buena cara, como si no pasara nada.        Miré a Esther, como pidiendo socorro emocional. Ella me entendió, me pasó su mano por el cuello y me acariciaba la cara y el pelo a la vez que me decía:

-Perdona por haberme puesto tan exasperante, exigiéndote una respuesta por el retraso. Perdóname, no sé qué se me habría pasado por la cabeza; estaba nerviosa. Descuida, que no va a pasar nada en el trabajo y ¡ánimo, hombre!

-Caramba, es que han pasado tantas cosas en un espacio de tiempo tan pequeño que no sabe uno ya ni por dónde tira la vida. ¿Me entiendes? -Esther asintió y yo resoplé y continué diciendo-: Por cierto, mañana por la mañana recuérdame que tengo que coger la grabadora del despacho, creo que me vendrá bien para no tener que estar continuamente apuntando lo que me vaya diciendo Paloma. Pobre Paloma.

Por la puerta de casa entramos arrullados el uno en el otro. Nos recibieron mis suegros con la sorpresa por nuestra tardanza; eran más de las tres de la tarde y la niña ya había comido y estaba durmiendo su siesta.

Comí con pocas ganas y después me senté en el salón. Conecté el equipo de música. “Al alba” de Luis Eduardo Aute me transportó a las palabras de Paloma. La canción provenía de la radio, necesitaba una música más armónica y quizá por la coincidencia me fui hacia el disco de Alan Parsons, “Historias de misterio e       imaginación”. “Y tanto que misterio”, pensé mientras colocaba el disco compacto en su nido de voces, a donde todas llegaban y de donde todas partían por los aires de la habitación.

Las sensaciones que experimentaban las neuronas de mi cerebro eran extrañas, sentía que mi mente traspasaba las paredes del salón, que las dimensiones, como las de una vida, se rompían en pedazos. Todo era gris o todo era de color, nada era neutro. El sentido de la vida, de la mía.

Los pensamientos se repetían y llegaban a mi mente como las olas del mar, uno tras otro y tras otro, uno más, y las intensidades variaban pero el oleaje era siempre el mismo; tanto mar terminó por marearme, desde luego que sí.

Intenté razonar las palabras y los contenidos que me había transmitido Paloma. ¡Qué difícil! Las preguntas se centraron y se dispararon como misiles hacia una gran diana de la interrogación. ¿Qué es lo que pasó en el avión? ¿Por qué nadie se pudo enterar de nada, excepto ella? ¿Qué misterios encierra la muerte? ¿En dónde estuvimos? ¿Qué lugar existe para poder albergarnos? ¿Cómo pudo saber Paloma lo del incendio y lo del parentesco con Esther? ¿Sería todo un puro montaje? No, no podía ser pues ¿cuál sería el objetivo de un montaje? Aparentemente ninguno. Y se iba a morir, esa sensación sí que la veía con claridad. ¿Por qué veía su muerte con tanta nitidez? ¿Qué es lo que nos rodea para ser así o para sentir eso?

Concluí que si seguía pensando me iba a volver loco o a terminar con aquello de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos. Decidí conectar de nuevo la radio y sumergirme en el sueño en el que navegué, naufragué, buceé o lo que fuera. El sueño me debió resultar trabajoso después de más de hora y media de ronquidos en el desierto. Es curioso, pues me desperté con la sensación de estar cansado, de un cansancio mayor que el que me sumió en el sueño; era como si hubiera estado trabajando los conceptos, las palabras, los sentimientos y las sensaciones que había experimentado con Paloma y de hecho cuando me desperté me paré de nuevo a reflexionar en el tema y lo vi con más claridad. Decidí que al día siguiente Paloma me iría dando más pistas y, algo más importante, opté por creer a pies juntillas todo lo que ella me contara. ¿Qué me costaba? Era la opción más sensata frente a la posibilidad de estar continuamente a la defensiva, con lo cansado que es eso. Nada, el día siguiente traería las buenas nuevas de conocer lo que nunca antes se había podido conocer.

Tuve claro que, al parecer, se me iban a desvelar los secretos de la muerte. Tenía la misma sensación que debe de tener un hombre en el desierto, después de cinco días sin probar una gota de agua, subiendo la última duna y sabiendo, o creyendo saber, que detrás de la duna hay una fuente de agua fresca esperando a ser bebida. Si al final tenía que subir la duna, de una forma u otra, qué más daba subirla con ilusión o con incredulidad. No, no, no daba igual, la duna se sube mejor con ilusión de creer que la fuente está al otro lado; si después no está, dispondré de todo el tiempo del mundo para desilusionarme, pero si realmente está, ¡qué bien hice ilusionándome!

El resto del día transcurrió con una normalidad deseada y la mañana del siguiente, como en las grandes óperas, fue el preludio distendido de un canto sonoro, armónico y con fuerza en los pulmones. El canto no era el del cisne, más bien el del avestruz pues cada vez que los minutos y las horas se iban acercando al momento de entrar por la puerta de la habitación quinientos cinco, la tensión, el miedo, el pánico más irreflexivo se iban apoderando de mí. Sentía que un dalle mortal me portaba tras el destino más irreal. Era como si el fin del mundo estuviera tras la puerta de la habitación de Paloma. Era el umbral de mi vida y el de la de los demás; no sabía muy bien si era la puerta del tormento o la de la felicidad. Sólo quedaba un modo de averiguarlo…

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