¡¡Cielo!! – Capítulo Seis –

SEIS

 

 

Esther y yo amanecimos hechos un ovillo en la cama. En situaciones así piensas que el amor realmente enreda a las personas y lía nuestros cuer

pos en los mejores sueños.

La mañana se presentaba alegre o por lo menos eso es lo que yo experimentaba. Después pude comprobar que mi intuición había sido positiva; a eso de las once y media nos comunicaron que habíamos ganado una nueva cuenta y además ésta era importante; se trataba de la cuenta de uno de los primeros bancos nacionales y a ello se sumaba el hecho de que se la habíamos quitado a la agencia de la amiga de Paloma, a la agencia de Ana. Eso todavía le daba más valor a la concesión.

Nada más lo supe, lo cortés no quita lo valiente, llamé a Ana para decirle que lamentaba que para ganar yo, hubiera tenido que perder ella, pero que así eran las reglas del juego y más en la publicidad en donde hay cuentas muy estables y otras que, por la desconfianza del cliente o por la mala calidad de algunas agencias, no paran de mudar de una agencia a otra. Si no fuera por lo millonario de sus presupuestos, nadie las querría. Todavía somos un país inexperto en publicidad y no estamos acostumbrados a pensar que una idea vale millones, pues no hay millones de buenas ideas; sólo hay unas poquitas y las buenas escasean. El mundo de las ideas es un gran desconocido, es un capítulo que la mayor parte de las personas vemos como simple charlatanería. Pero imagino que una buena idea en comunicación para hacer una marca como Cocacola o para ayudar a hacerla, o una buena idea para erradicar el SIDA del mundo, deben de valer un “poquito” de dinero. El mundo crece con ideas y ese crecimiento vale dinero, muchos miles de “dineros”.

Al hablar con Ana, ésta me preguntó:

-Oye, Pablo, ¿qué es lo que pasa con Paloma? Anoche hablé con Pilar, su hermana, para saber cuál era el motivo de que no pudiera ir nadie a visitarla por las tardes y me dijo que el motivo eras tú. -Yo empecé a hablar para intentar aclarar el tema pero Ana no me dejó-: Es una broma, lo último que te he dicho es una broma, ya sé que es ella la que quiere que sólo seas tú el que esté con ella. ¡Mira que eres exclusivista! ¿Eh?

-Ya ves, ya ves, las buenas amistades. Ya sé que te he quitado la cuenta del banco, pero tranquila: la amiga no te la quitaré, es mucho más tuya que mía.

-¡Vaya tontería! Lo único que en este mundo se mantiene al margen del mundo capitalista de la contraprestación es la amistad. Eso, afortunadamente, nunca será intercambiable. Lo que sí te voy a pedir es que le des un fuerte abrazo de mi parte y que le digas que tengo un montón de ganas de verla.

-Descuida, que literalmente haré lo que me has pedido. Bueno, Ana, te voy a tener que dejar, pues -lo dije en tono de broma- hoy tenemos más trabajo que ayer…

-¡Pero cómo eres! Ya te pillaré yo a ti en una como la que hemos perdido nosotros. ¡Te vas a enterar!

-Mujer, que era broma. Bueno, ahora sí, un besote y a ver cuándo nos vemos.

-Lo mismo, chavalote. ¡Cuídate y cuídala!

Nos despedimos. Estaba contento con lo de la agencia pero se me quedó el aliento encogido al pensar que Ana, con toda probabilidad, no iba a poder ver a su amiga del alma. ¡Qué puñeterada! Y yo sin poderle decir nada, ni tan siquiera advertirle del estado tan grave en el que se encontraba. Bueno, grave, no; que su intención era pasar a mejor vida. ¡Fíjate!, pensé, nunca me había percatado del significado o del sentido de eso de pasar a mejor vida, pero parece que puede llegar a tener bastante sentido.

Durante la comida con Esther, en el Vips de la esquina, no hice más que pensar en un par de ideas que Paloma me había dejado sólo entrever el día anterior. Me quedé con ellas en la mente y dejé un besito en la cara de Esther, un beso de despedida hasta la noche. Al verme marchar preocupado Esther me dijo:

-Ánimo, Pablo. Seguro que luego cuando estés con ella te alegrarás de poder ayudarla. Sólo serán unos días. ¡Venga, valiente!

-Gracias por tus ánimos, Esther. Dentro de poco entenderás a qué se debe mi desánimo; no es falta de voluntad, sabes que eso me sobra…

Como siempre, asomé la cabeza por la puerta y ¡Dios, con qué grandeza me estaba esperando Paloma! Es cierto que era como un ángel. Con qué devoción y cariño me recibía. Nada más entrar me dijo:

-Aquí llega mi caballero andante. Adelante, adelante, caballero; su dama le estaba esperando con la fe puesta en el aumento de la de usted.

-Bella doncella, no podría tener más fe que la que me infunden sus ojos ni más amor que el que rebosa de su alma y de su cuerpo atormentado -y le hice una reverencia muy al estilo medieval-.

-¡Qué bien te ha quedado! Si es que los publicistas…

-Por cierto, hablando de publicistas -me acerqué a ella y le di un buen abrazo de salutación-, este abrazo es de parte de un servidor, que es quien se lo ha dado, y de Ana que es quien me lo ha encargado para vos.

-¿Has hablado con Ana?

-Sí, esta mañana.

-Y ¿qué tal está?

-Muy preocupada por una cuenta que les hemos quitado y… por ti.

-¿No le habrás contado nada de…?

-No, tranquila. En esa posibilidad ni se te ocurra pensar. Por Dios, soy persona de palabra. Lo que sí quiero es que reflexiones: creo que sería oportuno que la avisaras, antes de viajar con billete de ida, para que pudiera verte, aunque sólo fuera unos minutos.

-Te agradezco tu recomendación y lo tendré en cuenta. Bueno, ¿qué tal? ¿Qué tal has pasado el día? ¿Has reflexionado sobre todo lo que vas sabiendo?

-Mucho, y te alegrará saber que has logrado convencerme de la verdad de tus palabras. No, eso no es así como lo quería decir -me había equivocado en la expresión y Paloma esperaba dulcemente a que mis palabras fueran las que yo deseaba que fueran-. Quiero decir que doy crédito a todo lo que te ha pasado, que no sé por qué extraño motivo me parece todo, cada vez, más verosímil. Y no es que al principio dudara de tus palabras, de lo que dudaba más era de mi entendimiento. De todas formas hay un par de cosas que me tienen intrigado y una de ellas es algo que dijiste ayer acerca de ver la vida de cerca… Esa es una, y la otra es de unos protegidos, o algo así, que al contactar con tu hermano descubriste que tenías. ¿Qué me puedes decir de todo eso? -Paloma puso su mente a trabajar y mientras lo hacía, introduje una nueva pregunta-: ¿O es que aún no puedo saber nada?

-Está bien, está bien. Creo que puede encajar en el contexto de hasta donde hemos llegado. Pero antes te voy a hacer una pregunta que nos abrirá las puertas para el resto de las cosas. Pablo, para ti, ¿qué es el cielo?

-Je, menuda preguntita. Me parece que este examen lo voy a suspender…

-No es necesario que saques matrícula de honor. Dime lo primero que se te venga a la cabeza.

-El cielo… Pues me imagino que sea una especie de paraíso, un lugar tranquilo de paz y de bondad infinitas. El cielo debe ser la solidaridad personificada, donde todos somos iguales ante todos.

-¿Esa es tu definición? -Afirmé con la cabeza y ella continuó-: El mismo cielo para todos, ¿no?

-Pues sí, más o menos… ¿No?

-Y de lo que te he dicho todos estos días no has entendido nada, por lo que veo.

-No te entiendo.

-Sí, hombre. Hemos hablado de que no hay un solo cielo, de que hay muchos cielos, y de que para cada uno de nosotros el concepto de cielo es distinto pues para cada persona, para cada ser individual el cielo significa una cosa distinta. Esa es la esencia de lo que quiero transmitirte, de lo que es. Por otro lado, en los cielos no somos todos iguales pues cada ser tiene unas cualidades diferenciales. Cada uno de nosotros tiene su propia balanza espiritual que es la que mide las principales características de cada cual.

-Vale; ahora sí queda claro. Paloma, no te enfades conmigo, si es que son tantas cosas…

-Qué tonto eres, si no me enfado contigo, intento enfatizar algo que es muy importante y estamos llegando a una de las partes más importantes de todo el esquema o resumen de lo que es la vida “celeste”.

La interrumpí:

-Ese es el color que más me gusta, el azul celeste.

-También es uno de mis favoritos. Como te iba diciendo, hay tantos cielos como desees imaginar. En otro momento retomaremos este tema, pues como pensaba, no había quedado suficientemente claro y ahora parece estarlo. Vayamos a lo que me preguntabas y si esperas a que se me pase este rato de dolor te lo contaré mejor.

Casi se desvaneció la pobre Paloma. Estuve a punto de llamar a una enfermera, de hecho lo intenté, pero ella no me dejó. Llevó unos segundos que regresara a su estado normal. Se dio tiempo para recuperar el aliento, me sonrió, como tranquilizándome y prosiguió:

-Te intriga lo de la vida de cerca ¿verdad? -Asentí con la cabeza.- De eso me percaté nada más me abrió la puerta de mi propio conocimiento mi hermano José. Vamos a por un ejemplo para ilustrarlo, ¿te parece?

-Vamos allá.

-Piensa en un lugar que ahora mismo podrías imaginarte cómo es, pero vamos, que lo podrías describir a la perfección. Espera; para esto, mejor cierra los ojos, así, bien cerrados. Vale, ¿estás pensando en algún lugar en especial?

-¿Te refieres a un sitio que conozca muy bien…?

-Sí, uno al que te pudieras transportar mentalmente, casi como si estuvieras allí. ¿Entiendes?

-Perfectamente, ahora sí. Pues por ejemplo, mi casa.

-Dime otro.

-Pues el trabajo.

-Dime cinco más.

-Pues… el hotel de Cartagena de Indias, la casa de mis primos, el parque del Retiro, la casa de Juanjo, mi amigo, y… el parking del hospital.

-Muy bien, Pablo. Ya puedes abrir los ojos. Has estado en siete u ocho lugares, geográficamente alejados; es así ¿no?

-Sí, sí, tal cual dices. He podido verlos perfectamente y con la mente me habría podido mover por cada uno de ellos, o espera, de hecho me he estado moviendo según los iba visualizando. ¡Qué curioso!

-Vale. Todas esas imágenes te han supuesto en tiempo unos diez segundos. Fíjate que en tan sólo diez segundos has conseguido desplazar tu imaginación a siete u ocho lugares diferentes. Por un momento piensa en las posibilidades de viajar que tendrías aplicando ese mismo sistema pero siendo espíritu, siendo energía que puede desplazarse de un lugar a otro del universo sin gastar un sólo átomo de energía: pues eso es lo que es uno mismo.

“Bueno, pues lo de ver la vida de cerca significa, ni más ni menos, la posibilidad que me di cuenta que tenía y que tenemos los seres en nuestro cielo, de viajar a cualquier lugar de la Tierra o de cualquier otro planeta y poder ver qué es lo que sucede en cada lugar en los diferentes trazos de tiempo que desees.

“En ese lapso de mi existencia espiritual yo me enfrentaba con un problema elemental, estaba estancada en el tiempo físico pues en el cielo no existe el tiempo y sé que eso es muy difícil de entender si no se recuerda que se ha estado allí. De lo del recuerdo hablaremos a su tiempo. Al enfrentarme a ese problema tenía que asumir que no podía ver el presente ni el futuro de ningún ser humano, o de otra especie cualquiera, habitara el planeta que habitara. Estaba limitada a ver las vidas que estaban bajo mi protección y tampoco podía intervenir en ellas, ni siquiera accidentalmente que es como lo solemos hacer. Con lo que contaba hice uso de ello para ver vidas como la mía, la que tenía interrumpida en la Tierra…

Entonces intervine yo, callando sus palabras:

-Pero, perdona que te diga, ¿de qué manera puedes ver la vida de una persona determinada?

-Muy sencillo: deseo estar en donde quiero estar y estoy. Ya entiendo tu inquietud: el cómo se hace y de qué modo, y si se llega a intervenir en las vidas de las personas normales como tú y como yo, que lo somos, en estos momentos. -Yo asentí con la cabeza.- Bien, pues aclaro tus dudas. Un espíritu, que en este caso lo podríamos llamar un ángel, se asoma a la vida de las personas, de determinadas personas, fundamentalmente de dos formas. Una de ellas para observar el comportamiento de su protegido, luego te digo qué significa eso, y la otra es cuando se producen situaciones especialmente críticas. Y ¿qué es una situación especialmente crítica?, te preguntarás. Pues es aquella en la que un ser físico, que evoluciona en la dirección correcta en la vida, por puro azar o por una pequeña debilidad de comportamiento, puede llegar a derivar en una situación completamente negativa o irremisible. Entonces en esa situación se pueden corregir esos pequeños defectos que podrían ser desastrosos y en bien, siempre, de un cambio en la dirección correcta. En realidad sólo se puede ayudar en situaciones extremas y además sin que nadie se pueda llegar a imaginar que se da esa situación. Y si se lo imagina, que no pueda comprobarlo nunca. No creas que no es complicado realizar esto en situaciones tan difíciles y en las que el azar se pone en tu contra, como lo que nos pasó con la precipitación, claramente imprevista, del avión y del envenenamiento masivo de toda la tripulación. Se crean auténticas complejidades y hay que ingeniárselas para poder resolverlas.

“Nosotros como seres espirituales, puedes crearte una imagen que puede definir perfectamente nuestra identidad y que en ocasiones hasta hacemos uso de ella, somos como una gran estrella de luz, de luz blanca, casi azul, en su refulgir.

“Hay muchos hombres y mujeres en la vida que, sin saberlo, han estado en lo cierto cuando han pensado que una estrella determinada era como una especie de ser vigilante por su vida. Me explico, que por la cara que pones veo que no has cogido ni la cola del lobo. -Yo seguía expectante, escuchando las palabras de su boca. Necesitaba entender…-

“Piensa en una noche, una persona conduciendo por una carretera; el cielo estrellado; la persona pasa por una fase muy complicada de su vida, una de ésas decisivas, claves en la vida de cualquier ser humano. Continúa imaginándote a esa persona pasando por un trance de dificultades especiales, de las que sólo te las puedes resolver tú mismo y que sólo tú eres capaz de superar, y que por muchos ánimos y condolencias que recibas de los demás, tienes claro que sólo tú puedes afrontar esa realidad. Bien, pues en ese contexto hay personas que en la contemplación de una estrella, o en el simple hecho de pensar en la grandeza del universo, de Dios, piensan, y no están equivocados, que no están solos en la batalla y que tienen que seguir, que hay alguien que les apoya y que confía en ellos.

“Mira, Pablo, esta vida que nos ha tocado y que hemos deseado vivir es muy dura y la solución fácil es la de tirar por el sendero equivocado, el del mal: actuar en provecho propio a cuenta del mal ajeno o considerar la posibilidad de tirar todo por la borda. Aunque no lo creas, estamos protegidos, estamos vigilados, en el sentido de cuidados, y somos animados a proseguir en la dirección correcta.

“Hay… No sé si decírtelo… Hay… -Paloma dudó mucho sobre si decirme lo que era un verdadero bombazo. No sé si por mi insistencia, mi curiosidad persistente, o por qué, pero el caso es que acabó contándomelo. Comenzó así-: Hay otra posibilidad de influir en el comportamiento de las personas, pero que insisto, sólo se utiliza en situaciones muy especiales y de verdadera urgencia y en muchos casos a vida o muerte, nunca mejor dicho. Todos tenemos una conciencia, una reflexión interior que nos advierte y nos avisa sobre un determinado comportamiento, una posibilidad de actuación o un atractivo cebo que la vida nos haya puesto por delante. Eso que llamamos conciencia hay ocasiones en que nos apunta el camino correcto y decimos: “No sé por qué, pero actué de tal o cual manera y mira luego lo bien que me vino”, o incluso: “Actué por pura intuición y mira lo genial que me fue”.

“Es complicado que comprendas la bondad de estas intervenciones porque piensas que tu vida puede llegar a estar manipulada en un tramo especial de ella. Deseo que interpretes estas palabras con cuidado pues cuando somos ángeles, cuando somos cuidadores de vidas especiales, nuestro celo nunca nos lleva a rebasar la propia autonomía de cada persona, de cada ser encarnado en un cuerpo y que lo ha hecho con una misión específica que cumplir y que nosotros conocemos. Insisto que la vida es muy dura, que existen el azar y el libre albedrío, y que una vida o el objetivo a conseguir en ella no se puede truncar por un error del azar.

-Y, ¿hay muchas intervenciones de ese tipo?

-Sólo las justas y necesarias. De hecho hay personas que nunca han requerido en su vida la colaboración de ningún ángel, nunca ha habido que sacarlas de un atolladero. Insisto, Pablo, que la vida es muy dura de vivir. La vida es el verdadero infierno que tenemos que pasar en repetidas ocasiones para conseguir superar todas nuestras debilidades, para que con cada vida seamos más y más superiores y beneficiemos al equilibrio positivo del cosmos que nos mueve y nos da vida. Y aunque creas que dejo muchos temas para más adelante, puedes estar tranquilo pues para todos tendrás respuesta. No te preocupes.

-Y, ¿nunca te llegas a dar cuenta de si se ha producido esa colaboración?

-No, y por varios motivos. En primer lugar por el miedo que eso produciría; sería terror o pánico lo que generaría y eso es todo lo contrario de lo que se pretende. Pues si transmites esa presencia, la sensación que como humanos íbamos a experimentar sería la de la impotencia, la de no poder manejar nuestro propio destino. Pensaríamos que todo está definido, que hay fuerzas superiores que controlan nuestras vidas y que nada se puede hacer contra ellas y que lo mejor es dejarse llevar: hagas lo que hagas todo tiene un destino marcado. Todo eso es falso, es absolutamente falso, pues lo mismo que cada ser tenemos nuestro propio cielo, también tenemos nuestro propio destino y ése sólo lo podemos escribir cada uno de nosotros; un ángel, como mucho, lo que hace es dar un pequeño golpecito en el tintero, sin que nadie sienta el movimiento, para que no se caiga al suelo y se destroce todo el esfuerzo puesto en marcha anteriormente.

-Además, si se cae un tintero puede manchar a todos los que están alrededor. ¿No?

-¡Bravo! Sí, señor. Ese es otro de los aspectos fundamentales de por qué hay que intentar evitar desastres de esa naturaleza, pues provocaríamos una reacción en cadena, totalmente azarosa e incontrolada, y en la que las consecuencias serían de imprevisible resultado.

-Y las otras razones por las que no llegas a enterarte de esas intervenciones “in extremis”, ¿cuáles son?

-Cuál, cuál es. Es una que puede tener infinitas formas y que cuando la ves desde otra perspectiva, desde fuera del mundo físico, no es divertida pues requiere un gasto energético, como tu has dicho antes, “in extremis”. Pero que si se ven desde una perspectiva humana son muy divertidas. Si yo te contara…

-Anda, pues cuéntame alguna. Si son divertidas desde un punto de vista humano seguro que me gustan. Venga, no te eches atrás ahora -rogué yo, que tenía verdadera curiosidad por conocer algún ejemplo al respecto-.

-¡Ay, mira que eres persistente! Me vas a hacer tener que pensar. Déjame un segundo a ver… ¡Hombre! Recuerdo una de la que me sentí orgullosa. Es una tontería, pero comprenderás cuando lo oigas lo trascendente que puede ser una tontería. Durante la Segunda Guerra Mundial, en las cercanías de París, muy cerca de los jardines de Versalles, en la zona oeste, estaba uno de mis protegidos. Un hombre que aún hoy vive y que ha colaborado con la ciencia con aportaciones importantes en el campo de la genética, creo que se llama Marten. Bueno, pues cuando la conflagración a él le tocó ser suboficial en la guerra contra los alemanes y al principio de la invasión de Hitler intentaron resistir, en lo posible. Marten se encontraba apostado en uno de los puntos de la retaguardia y entre sus manos tenía una ametralladora y a su lado un fiel perro que se le había pegado durante los diez o quince días que llevaba apostado en el mismo lugar.           “Marten, como tenía que estar allí día y noche, tenía muchos accesos de sueño: lo más normal, por otra parte. Durante aquellos días yo estaba muy pendiente de la evolución de los acontecimientos que cayeran cerca de él para intentar protegerle si llegara el caso y como te he dicho antes, actuando en caso límite y sin ser percibida. Una noche el bueno de Marten se me durmió, medio durmió, con las manos posadas a lo largo del arma y con los sueños disparándose hacia donde se encontrara su amada, que hoy en día es su mujer. Como estaba atenta a la jugada me apercibí de que una patrulla alemana estaba penetrando por donde él se encontraba y si le encontraban o daban con él su muerte era inminente. ¡Qué podía hacer! No tenía ni idea…

“Estudié todo el terreno intentando pensar en las posibilidades que éste me ofrecía y no podía distinguir ninguna que fuera efectiva, hasta que di con la solución. Tuve que aplicarla con mucha sangre fría, sangre que, por cierto, no tenía: en el momento adecuado generé una corriente eléctrica. Cuando eres sólo energía resulta bastante fácil, sirviéndote, si llega el caso, incluso sólo del mismo aire y de las diferencias térmicas que contiene. Generé la corriente justo en la cola del perro; luego otra en un lateral de su lomo y así, de lado a lado, hasta que el perro empezó a ladrar. Marten se despertó y giró en la dirección oportuna, de la que vino un disparo que falló en el intento de matar al pobre animal. Por dónde vino la pólvora Marten pudo distinguir a la patrulla alemana y con un par de ráfagas de su mortal arma eliminó lo que habría sido un fatal desenlace pues el destino de aquellos pobres soldados no era otro que el que tuvieron aquella noche. ¿Te das cuenta lo que puede suponer el ladrido de un perro en el destino de una persona y en el de tantos que se han beneficiado con los trabajos del científico Marten?

-Sí, es muy fuerte. Y es cierto, según lo ibas narrando me lo iba imaginando y es muy divertido.

-¿No te lo había dicho? Ahora, que esto no es nada comparado con lo de Juanita, una chica mejicana, a comienzos de los años cincuenta en los extrarradios de Puebla, una de las poblaciones mejicanas de más importancia. Humm… Eso sí que te parecerá divertido. ¡Me estoy acordando y me río yo sola! Verás, Juanita era una chica que también vive en la actualidad pues todo esto que te estoy contando ahora ocurrió justo antes de que me materializara en Paloma, en la que te está hablando. Bueno, que me enrollo; Juanita estaba profundamente enamorada de su novio, del cual no recuerdo el nombre. El sí que ya murió. Era tan ciego el amor y de una naturaleza tan febril que cuando pasaba un solo día sin poder ver a su amado se quedaba apática, sin ganas de comer y encima con una depresión de órdago. Pero para aderezar la enfermedad el amor, a ello se sumaba el virus de su padre. ¡Menudo padre que tenía Juanita! Vamos, de esos que de lejos parecen todos iguales pero que de cerca, ¡menudas diferencias!

“El padre de Juanita le había prohibido cualquier tipo de relación con un “cuasi hombre como el que te quieres para ti, no más”, pues decía que era un vago y un maleante. En cierta ocasión el padre les había visto juntos y desde su caballo había sacado la escopeta y por la fuerza del arma obligó al muchacho a alejarse de Juanita. Pero Juanita estaba perdidamente enamorada y, desde luego, hay que tener mucho espíritu para tener tanto amor y el mozo en cuestión debía tener mucha valentía cuando se seguía viendo con Juanita, a pesar de que el padre en aquella ocasión le había advertido de que la próxima vez no habría aviso, directamente dispararía a matarle. El padre le dijo que debía evaluar si esa advertencia era suficiente para dejar bien claro que no quería que se acercase a su hija, por nada del mundo.

“Una tarde que el padre había marchado a la ciudad a hacer unas compras, Juanita avisó a su querido y le dijo que no había moros en la costa, que fuera a buscarla. El chaval, qué más quería oír para ponerse en marcha. El plan que tenían trazado era encontrarse en el pajar de la finca, entrando por la puerta de atrás, a las cinco de la tarde. Juanita había convenido con él que le esperaría dentro del pajar y que una vez que llegase se marcharían a otro lugar más alejado de la casa. El amante de Juanita, las pocas veces que había tenido la oportunidad de ir hasta la casa de su amada lo había hecho en una moto que dejaba al otro lado de la ladera que bordeaba la finca. Esta vez hizo lo mismo y a las cinco, como un clavo, estaba en el pajar de la casa de ella. Y si bien la intención era otra, el deseo les abocó, desde ahí, desde la boca, hasta uno de los montículos de paja en donde el ardor casi quemaba a la propia hierba.

“Un par de kilómetros más allá sentí la presencia de un vehículo que se acercaba. Yo me encontraba vigilante, igual que en el caso del soldado francés, y al viajar mentalmente pude comprobar que el que venía no era otro que el padre. Se le había quedado el coche sin aceite antes de culminar la mitad del recorrido y había decidido regresar a la casa para poder cambiarlo, evitando la posibilidad de que el motor se le estropeara. Y yo ¿qué podía hacer? Si el padre de Juanita les encontraba, el trauma y el odio visceral que iba a provocar en la pobre chica iban a ser muy perjudiciales para todo el proceso de su vida, que de hecho, al mozo y al amor que por él sentía los dejó abandonados en la mesa de un restaurante por mejor “plato” que el que tenía. Bueno, pues allí estaba yo pensando y cavilando. El taller estaba al lado del pajar y el ruido en el pajar era evidente, no de lo que allí se hacía pero sí de que allí se hacía algo. Y ante la escena que discurría ante mis ojos lo único que se me ocurrió fue generar un pequeño campo eléctrico en el culete del acelerado amante. Este al sentir el pescozón dijo:

“-¡Ay! ¿Quién… quién me ha picado?

“-Ay, pues ¿qué te pasa?

“-Que algo o alguien me ha pellizcado en el culo. Por cierto, ¿no oyes como un coche o una camioneta?

“Juanita se levantó y por una rendija de las castigadas puertas del pajar vio a lo lejos el coche de su padre, dio un grito y le dijo:

“-¡Mi vida, es mi padre! ¡Corre! ¡Sal lo antes que puedas de acá! ¡Por la puerta de atrás, mi hermano, marcha por la puerta de atrás y pierde en la carrera lo que antes te han picado! ¡Dame un beso, dame un beso! -El se lo dio y ella de nuevo le alentó-: Y ahora, ¡a correr!

“Nada más salió por la puerta el mozo, Juanita le siguió por la misma puerta en dirección a la casa en donde por la parte trasera accedió a la cocina, que fue el lugar en donde la encontró su padre fregando los cacharros de la comida. Al salir el padre, después de haber explicado su avería, Juanita respiró y se le quitó una pesada losa… mortuoria que se había posado sobre su cabeza, más bien sobre la de su mozo.

-Pues también es divertida -dije yo, que me había reído mucho con la humorística interpretación que le había dado Paloma. Miré mi reloj y le dije-: Tenemos tiempo, anda, cuéntame otra -Paloma iba a rechistar por mi propuesta, pero no la dejé hablar-: Anda, la última… Prometo no pedir nada más. ¡Venga!

-¡Qué persistente eres! Bueno, pues yo también lo voy a ser. Te voy a relatar la última, pero la última, que, más o menos, describe un amor imposible pero que terminó siendo realidad. -Yo me reí y Paloma captó mi intención-: ¡Qué quieres! Yo soy muy romántica, no lo puedo evitar. El amor y todas sus viandas contienen las historias más épicas de nuestra existencia en todos los lugares del Universo. Bueno, a lo que te iba. Un par de años antes de que yo me convirtiera en Paloma, y en una de mis últimas tutelas, me enfrentaba a una situación difícil. Te hablo del año cincuenta y ocho o cincuenta y nueve, no recuerdo muy bien, en Moscú. Mi protegido se llamaba y se sigue llamado Janush. Era un miembro del ballet del teatro Bolshói de Moscú.

“Janush era poseedor de una formación humanística y profesional digna de toda admiración y dentro de la propia compañía estaba muy bien considerado. En aquellas fechas Janush llevaba saliendo cerca de ocho meses con Martia, una chica alemana, del lado occidental, que estaba en Moscú preparando su tesis doctoral y era licenciada en filología rusa. Entre ellos surgió un amor acelerado, explosivo y tremendamente emocional. Estaban hechos el uno para el otro y además, realmente lo estaban. No era el caso de un mismo espíritu en dos personas a la vez, pero casi, casi.

“Bueno, pues la pareja cada día que transcurría estaba más enamorada, por un lado, y cada día que corría el calendario también estaban más tristes pues ella, inevitablemente, tenía que abandonar Moscú en algo más de un mes, justo cuando finalizara su tesis. El tiempo iba pasando y los dos amantes sentían el peso de su impotencia que se iba cargando sobre sus espaldas. Un día Janush y Martia estaban juntos, después de hecho el amor. Janush le dijo a su amada:

“-He tomado una decisión, Martia. Voy a buscar la forma de poder irme contigo. Tiraré de amigos, de los buenos, a ver si entre los conocidos suyos alguien puede solucionarme un pasaporte, un visado y un billete en el mismo avión en el que tú tienes el vuelo cerrado. -Martia le respondió con un beso apasionado y él prosiguió-: Voy a necesitar que me dejes algún marco o dólares para poder pagar la huida. ¿Tienes alguno?

“-Te daré todos los que tengo.

“Y así es como comenzó todo un periplo de contactos, citas y falsas posibilidades. Era todo un calvario, no había forma de encontrar a nadie que le pudiera poner en contacto con un posible solucionador de todo lo que él necesitaba.

“En esta vida, en la de Janush, me tuve que emplear por dos veces. La primera fue porque al no saber dar Janush con el tipo que le pusiera con un contacto útil, empecé a hurgar en las vidas de todas las personas que se relacionaban con él y descubrí que uno de los tramoyistas del teatro era uno de los principales organizadores de fugas de la ciudad, pero ni Janush lo sabía ni él sabía lo que necesitaba Janush. ¿Qué podía hacer?

“Pues una noche, cuando estaban recogiendo todos los elementos de la representación que acababa de finalizar, Janush se dio cuenta de que había olvidado una capa en el escenario y subió a buscarla. Al llegar hasta el escenario alguien le dijo que la había retirado el tramoyista de nuestra historia, que él se la daría. Yo estaba al tanto de toda la jugada, como era mi obligación y mi devoción, y al estar juntos el tramoyista y Janush decidí meterme en los pensamientos del primero y le pasé por su mente las palabras “viaje a Bonn”; al pensarlo, cometió el error acertado de creer que Janush le había pedido algún tipo de información al respecto y le dijo:

“-Tú querías saber algo referente a Bonn, ¿no?

“A Janush se le iluminó la cara y también cayó en el error de creer que el que le estaba hablando había sido informado de su necesidad y contestó con rapidez y silencio:

“-Sí, soy yo. ¿Tienes algo?

“-¿Para qué día?

“-Para el domingo veinticuatro del próximo mes.

“El tramoyista sacó una pequeña libreta de su uniforme de trabajo y página a página, llena de signos extraños por cierto, fue a dar con una en la que se paró y dijo:

“-Tienes suerte, muchacho, eso si tienes dos mil dólares o tres mil marcos, lo que mejor puedas.

“-¿Cuándo necesitas el dinero?

“-Tal día como hoy, la semana que viene, al terminar la representación nos vemos en mi casa. Toma, ésta es mi dirección y hasta entonces ni digas ni hagas nada con referencia a este tema. ¿De acuerdo?

“El tramoyista le entregó el papel con su dirección y Janush le devolvió la conformidad con todo lo que le había propuesto. Janush no cabía dentro de sí por la alegría y el placer de saber que iba a poder hacer realidad su sueño. Cuando se lo contó a Martia los dos celebraron la noticia, con lo único que estaba a su alcance, con sus cuerpos.

“Pero no creas, que me tuve que emplear de nuevo en la misma historia. Todo les iba saliendo al dedillo, aunque tenían el miedo, más que el miedo, el pánico, de ser descubiertos. Y si no llega a ser por mí, desde luego que les pillan.

“En todas estas huidas que se producían en Rusia hacia los países de occidente siempre había alguna que tras un chivateo, por un control de pura rutina los pretendidos fugados eran detenidos. Pero en el caso de Janush no podía permitir que le cogieran, era demasiado importante para el destino de muchas personas en Alemania y luego en Estados Unidos, en donde han terminado viviendo los dos. Y en el caso de Janush se produjo el chivatazo de algún celoso comunista de los que pensaba que si se padecía en su país tenían que padecer todos de igual manera; ése era el mejor comunismo, todos tenían que sufrir lo mismo. Pues nada, llegó el momento de la partida y los guardianes de la seguridad del aeropuerto, militares, claro, fueron alertados de la huida.

“El pasaje ya estaba embarcado y las puertas del avión a punto de cerrarse. Si se cerraban las puertas el avión, al ser alemán, era inexpugnable, pues era territorio alemán. Yo estaba vigilando todo el proceso y al ver que los de seguridad del aeropuerto se dirigían al avión tenía que impedirlo y ¿qué mejor que un par de buenos agujeros en las cubiertas de las ruedas delanteras del coche perseguidor? El caucho se recalienta con mucha facilidad y no fue difícil. Los soldados rusos empezaron a despotricar de su suerte y cuando quisieron darse cuenta el avión se estaba moviendo ya y encaminándose hacia la pista de despegue.

“Nada más despegar el avión Janush y Martia se miraron, se besaron y respiraron tranquilos, bastante más que si hubieran sabido lo que había estado a punto de ocurrir. Y de todo esto me quedó un solo pensamiento, y es que lo sentía mucho por los rusos y su vehículo, pero eran más importantes, mucho más, dos vidas que dos ruedas. Sin ninguna duda. Y, ésa es la historia.

-Preciosa. ¡Coño! Que me he emocionado… ¡Qué maravilla el poder ayudar así a dos seres humanos en el camino de su felicidad! Tiene que ser tan hermoso poder hacer eso… Bueno, no te voy a pedir que me cuentes más, pero te puedo asegurar que me estaría todo el día oyendo historias de éstas, claro, de las que terminan bien; me imagino que habrá habido otras muchas que habrán terminado mal. ¿No?

-Imaginas bien; lamentablemente, imaginas bien, Pablo. Así es la vida para todo y para todos.

-Por cierto, Paloma, antes has dicho algo acerca de dos espíritus que pueden estar en la misma persona. ¿Qué hay de eso?

-¡Chico! ¡Que nada, que no se te pasa una! Lo que pretendía decirte antes es que… Vamos a ver, quiero advertirte que no es fácil de entender, ¿eh?

-Venga, dispara. Si ya estoy curado de espanto… Además, creo que me lo estoy imaginando.

-Ah, ¿sí? ¡Mira el listillo de Pablo! A ver, ¿a qué es a lo que me estoy refiriendo?

-Pues… creo que… creo que es la posibilidad de que un mismo espíritu pueda estar habitando dos cuerpos o dos vidas al mismo tiempo. Algo así, vamos.

-No, si ya decía yo que con gente tan lista es fácil cualquier tarea. Me has sorprendido pues sí, eso, tal cual, era lo que te iba a comentar. Efectivamente, existe la posibilidad de que necesites vivir dos vidas en dos momentos del desarrollo físico que coincidan en el mismo tiempo. Eso genera una paradoja de pensamientos y reflexiones a nivel de conciencia o del yo interior que en muchos casos, si la personificación no se ha hecho correctamente, puede generar grandes conflictos de personalidad. Además también puede ocurrir que tengas dos o más vidas paralelas al mismo tiempo no en el mismo planeta, sino en varios diferentes. Y como la energía de tu espíritu está al mismo tiempo en todos los lugares, desde un punto de vista espiritual eso no supone ningún problema.

-Humm, una pregunta. Tú, ¿alguna vez has vivido más de una vida al mismo tiempo?

-Je…, je… Sí. La última que recuerdo fue bastante paradójica.

-Y eso, ¿por qué?

-Pues porque por un lado era un general de Napoleón luchando contra los alemanes en el centro de Europa y por otro era una esclava en una plantación de algodón en Estados Unidos. No creas, que fue una existencia bastante compleja. Por supuesto que yo, desde mi posición de general, desconocía que también era una mujer esclava recogiendo algodón. Si lo piensas desde un punto de vista cómico, ¿te imaginas el cachondeo que se montaría entre los compañeros del ejército, si lo hubieran sabido? ¿O la refriega que me habrían dado los hombres y las mujeres que compartían conmigo la espalda al sol todos los días? Cuando luego vuelves a ser tú misma, como me ocurrió a mí cuando José me dio la pista de mi vida, en ese trance, o cuando llegas después de una misión física y ves qué es lo que has hecho y de qué manera, genera unas reflexiones fuertes, muy fuertes, no creas.

-Ya me supongo. Pero dime una cosa: ¿se puede ser la misma persona, seas un general o seas una esclava? Espera un poco, porque creo que no me he explicado del todo… -Paloma, que sí que me había entendido, me miraba sonriente, sin interrumpirme, por el simple hecho de verme esforzarme por intentar expresarme correctamente.- Me refiero a que si es posible que con el mismo espíritu quepan dos comportamientos tan dispares como son el del oprimido y el del opresor. ¿Es eso posible?

-Lo es todos los días de la existencia. Te he contado mi caso. Para que te hagas una idea, como general pude salvar la vida de cientos, si lo calculara bien sería de miles, de personas, mientras que como esclava solo intenté salvar la mía pues a duras penas podía hacer algún esfuerzo añadido más. Mira, Napoleón era un espíritu atormentado por la miseria que sentía a su alrededor y que no era otra que la suya propia, como ha ocurrido con todos los visionarios y conquistadores de tierras y dilapidadores de vidas de los últimos siglos, tanto franceses, como españoles, ingleses o alemanes. Todos eran iguales. Bien, pues en el caso de Napoleón y yo como general de él, tenía que cumplir con mi obligación pero también tenía mis grados de libertad para actuar según como yo creía más conveniente. Lo que no puedes tratar de imaginarte, que te lo noto en la cara, es que yo, Paloma, como general me comporte igual que como enfermera. -Yo me reía pues me la imaginaba con gorra de plato, galones y botas y se me representaba un esperpento de lo más gracioso.- O que en tiempos tan distintos los conceptos sobre la guerra o sobre la salud pública sean los mismos. ¡No, hombre, no!

-Me supongo lo que dices, pero sigo sin entenderlo demasiado.

-Bien, voy a ser más explícita. Como esclava tenía que vivir esa vida pues debía fomentar en mí el espíritu de superación y admitir el sufrimiento físico. Unido a ello tenía la obligación de traer al mundo cuatro hijos, uno de los cuales iba a romper definitivamente con los restos de varias épocas de esclavitud y miseria por el simple color de la piel. Mi papel era sencillo, asumir la vida como si fuera una gran losa frente a la cual no podía tomar otra actitud que la de aguantarla encima de mí; no podía, ni debía, intentar zafarme de ella, o romperla, o eliminarla. No, simplemente tenía que soportarla con el mayor estoicismo posible. Esa era mi misión y creo que la cumplí dignamente.

“En el caso de mi papel militar y claramente beligerante, mi misión era completamente distinta. Tenía que llevar a cabo no una vida pasiva, sino que tenía que mediar en el curso de los acontecimientos para conseguir el objetivo de reducir en lo más posible el sufrimiento y la eliminación de vidas humanas. Puedo contarte que en cierta ocasión recibí la orden de adentrarme en unos bosques para intentar acorralar a una guarnición alemana y tuve que llegar a convencer al propio Napoleón de lo conveniente de no entrar en aquella dirección y sí hacerlo unos kilómetros más adelante en donde pudimos apresar a los alemanes. Murieron cuatro o cinco soldados, nada más, y a los alemanes les apresamos y seguro que muchos llegaron a vivir el final de la contienda. Esa fue una de mis más importantes mediaciones y gracias a ella se pudieron salvar muchas vidas, que como todas, eran inocentes.

-¡Si todo eso lo entiendo muy bien! Lo que no me entra en la cabeza es verte como eres. Con la bondad de tus sentimientos, y a la vez imaginarte con galones y un sable al lado de tu piel. No soy capaz de entenderlo.

-Mira, Pablo, los cuerpos y las almas han de acomodarse a las circunstancias de cada tiempo. Siendo el general Mireau intentaba ser ecuánime, lo más justo de lo que era capaz de ser dentro de un mundo tan incomprensible como el militar. Lo que ocurre es que cualquier espíritu no se puede limitar a ser lo que le apetezca en cada momento, sino que debe ser lo que necesite de su ayuda o de su propia necesidad de formación o de crecimiento espiritual. Si la historia hubiera hablado del general Mireau lo habría hecho con desapasionamiento, con desinterés, pues no hizo nada perceptiblemente destacable. El general no quería ganar batallas sino perder el menor número posible de vidas. Y con esto que te voy a decir ahora lo entenderás mejor: la sociedad en su conjunto es la que marca nuestra representación vital. Es decir, que si en un tiempo de la historia toca hacer guerras, o cultivar campos, o hacer ciencia, o disfrutar de placeres terrenales, o ser lamas tibetanos, aquello en lo que te corresponda vivir tendrás que hacerlo de acuerdo con tus valores espirituales y no de otro modo. Si eres un espíritu evolucionado o uno superior harás tu papel con mayor ecuanimidad y sentido de lo justo que si lo hace un ser primitivo y falto de experiencia vital. Lo mismo que existen diferentes épocas en la historia y en las que ha predominado un determinado estilo de vida, igual de diferentes son los espíritus, y por tanto las personas, que viven y se desenvuelven en esos tiempos. Cada persona es un mundo, Pablo, y si a ese mundo le unimos otros tantos en los que poder vivir, las combinaciones son impensables e ilimitadas.

“Lo sustancial de lo que te estoy contando no es si fui soldado, general, esclava o señor feudal. Lo esencial es cómo fui en cada uno de los papeles que me asignaron o que yo elegí, y la manera en la que conseguí dignificar cada uno de ellos. -Paloma se mantuvo pensativa un momento y después de delimitar con claridad lo que iba a decir pronunció estas palabras-: Por ejemplo, cuando fui esclava, en las postrimerías de lo que se podía llamar esclavitud, padecí los horrores del sufrimiento humano, la sed de la garganta desgastada de pasar saliva en tantas circunstancias, el dolor, la ira y el llanto que provocan los atropellos de otros seres, generalmente muy inferiores a lo que es una misma. Recuerdo que en una ocasión el hijo del terrateniente para el que trabajábamos se empeñó en montar un caballo de los que había en las cuadras; mi marido no quería dejarle montar pues el caballo que había elegido estaba poco maduro y el jinete no se le distanciaba en experiencia y edad. Mi marido se opuso con rotundidad pero el niñito de la casa se impuso diciendo que si no le dejaba le contaría a su padre cualquier mentira que le supondría un fuerte castigo. Era una situación de esas en las que dices “tú mismo, chaval” y te ves sometido a conceder algo en lo que no crees.

“Pues el hijito en cuestión sacó al nervioso caballo de su cuadra para montarlo en presencia de su amiguita del momento, a la que quería impresionar con su hazaña de dominio equino. Nada más montar el caballo éste se encabritó ante una intención que no deseaba y empezó a trotar y a levantarse de patas alrededor de todo el patio de la entrada a las caballerizas y que daban a la parte de atrás de la casa, del palacio más bien. El caballo desbocado, y yo sin darme cuenta de que el pequeño de mis hijos estaba deambulando por la misma zona. Me dio una corazonada de peligro por mi hijo. Empecé a buscarle con la mirada y vi, al mismo tiempo, al inexperto jinete en el bravo caballo y al lado, a unos diez metros, a mi niño. Eché a correr asustada en dirección a mi hijo. En la carrera y en la desesperación comencé a gritar a los dos, al jinete y a mi hijo, y a los dos asusté con las estridencias de mi garganta.

“Mi hijo, que en ese momento estaba jugando con unos palos y con las piedrecillas del suelo, se asustó y sobre sus tres años se puso de pie, girando su cabeza hacia el caballo que se le venía encima. La tensión se acumulaba en los músculos de mis piernas, no sabía qué iba a hacer cuando llegara hasta mi hijo, pero el instinto me sacó de dudas: con la velocidad e inercia que llevaba me abalancé sobre mi hijo, le tiré al suelo y en el abatimiento me coloqué por encima de él sujetando con una mano su cuerpo y con la otra tapando mi cabeza. Como podrás imaginar, los cascos del caballo retumbaban en mi cerebro y pensé que si me aplastaba con ellos, al menos mi hijo viviría. Fue horrible; el caballo, al detectar la presencia de un cuerpo delante de él, se detuvo en seco, delante de nosotros, y proyectó su pezuñas delanteras por encima de mi cuerpo. La inexperiencia del osado jinete le hizo subir y bajar en repetidas ocasiones golpeando con sus cascos mi espalda, curtida de calores y esfuerzos, pero nunca antes de tantos golpes.

“Entre cada subida y bajada, el vestido se iba deshaciendo y la piel en carne viva era la única que mediaba entre mis costillas y el hierro de las patas del asustado animal. Después de repetidos golpes el niñato del señor tiró tanto de la brida que el caballo se fue atrás y cayó encima de su jinete. Con rapidez se incorporó de nuevo y se alejó por entre los jardines de la mansión. Cuando la fiera con patas se hubo ido, mi marido se acercó para recogerme del suelo, ya desmayada, y el niño detrás de él, acompañándole hasta el barracón que hacía las veces de nuestra casa.

“El niño del señor sólo recibió algún que otro rasguño del roce con alguna parte del caballo y de las piedras del suelo. Pero ahí no acabó todo; cuando regresaron los señores por la noche y al enterarse de que su niño se había caído del caballo, el señor ordenó que mi marido fuera encerrado en el pozo del castigo un mes a pan y agua. El pozo del castigo era un viejo pozo de agua, sin agua, en donde mandaban bajar a alguien cuando era castigado y en donde se tenía que estar el tiempo marcado por la condena, sin poder ni siquiera tumbarse por la noche para dormir y en donde las ratas comían mejor que el reo castigado. En aquella ocasión, además, se ordenó que no taparan la entrada al pozo y que no le dieran a mi marido manta o elemento de abrigo alguno y en público dijeron que esa pena era para que mi marido experimentara la misma tristeza que ellos padecían por su hijo, que al día siguiente ya correteaba para hacer de las suyas a lo largo y ancho de sus dominios. Mientras yo estaba en la cama, lamentandome por mis dolores y los de mi marido, y él penando por lo recíproco.

-Oye, ¿y los señores no supieron de lo tuyo?

-Sí, claro. Por la noche se lo comunicaron, ya que otra tendría que hacer mi trabajo durante el tiempo en que estuve convaleciente.

-Y ¿no tuvieron clemencia con tu marido a cuenta de tus heridas?

-Hummm… Al médico que me atendía a mí le dijeron al día siguiente, ante una pregunta parecida a la tuya: “si su marido no hubiera cometido el grave delito de dejar a mi hijo el caballo, nada de eso habría ocurrido”. ¿Qué te parece? -Yo iba a hablar, pero me interrumpió.- No, no me digas nada. Está claro que es una aberración, pero esos eran los mismos tiempos para todos y nadie, en las mismas condiciones, lo pasaba mejor. Pasado un tiempo también los señores recibieron su merecido, con creces. Ya sabes que en esta vida, quien a hierro mata, a hierro muere.

-¡No me dejes así! Cuéntame qué les pasó a ellos.

-¿A los señores? -Hice un gesto afirmativo.- Pues que a los cinco años les incendiaron la casa y las plantaciones y les sumieron en la más absoluta de las pobrezas; es más, el marido de una de mis compañeras en la finca a uno de los hijos de los señores le propinó una paliza que le dejó desgraciadito para el resto de su vida.

-¿Así, por las buenas…?

-No; por haber intentado, en repetidas ocasiones, propasarse con su mujer.

-¡Dios mío! ¡Qué tiempos!

Paloma miró el reloj y dijo:

-Y qué tarde se nos ha hecho. Creo que tenía que contarte algo más y no sé qué… ¡Ah, sí! Casi se me olvida. Como creo que has entendido esa posibilidad de dualidad del espíritu… Es así, ¿no?

-Sí, sí, con lo último que me contaste me quedó claro.

-Vale. Quería decirte, pues creo que es interesante que lo sepas, que durante el tiempo en que coincidí en ambos espíritus, siendo mayor como mujer, y joven como hombre, en este último caso tenía, a veces, percepciones de mujer y me extrañaba mucho; en ocasiones hasta temí por mis propias tendencias naturales como hombre. Soñaba cosas, para mí, rarísimas. Y como mujer, tres cuartos de lo mismo, sobre todo con mi marido cuando tenía que plantarme y tomar una actitud de mando o de dominio; en ocasiones yo pensaba que cuando me enfadaba, al estilo del hombre, que se me daba demasiado bien. Era una sensación muy extraña y que sólo comprendí cuando abandoné ambos cuerpos y supe que era yo misma la que había estado en ambos casos.

“Con esto también quería decirte lo ridículo que es cuando en nuestra sociedad actual, y sobre todo hasta hace quince o veinte años, un hombre presume de ser muy macho o una mujer exagera su femineidad, y más triste aún cuando alguien critica a quien asume posiciones de sexo que no le corresponden. Cualquier tendencia en ese sentido ha de ser respetada pues, como vas dándote cuenta, están influenciadas por más cosas de las que conocemos y la esencia es que su sentido se pierde en nuestro espíritu. Y ello porque, insisto, un hombre puede ser y de hecho lo es, diferente de una mujer como consecuencia de la biología y de la propia evolución natural como especie, y también se pueden diferenciar determinado tipo de comportamientos. Pero como espíritus, somos totalmente ajenos al sexo, que nos determina un cuerpo, pero no un alma. Las diferencias provienen de la “categoría” espiritual que poseamos, no de si somos mujeres u hombres, homo o heterosexuales. Lo que anima nuestro cuerpo, lo que le da la vida, es ajeno a todo eso y cuanto más ataviados estemos de reminiscencias corporales más nos costará llegar a saber cómo somos en realidad, qué espíritu es el que soporta nuestra vida, y más difícil encontraremos el entender comportamientos que se abstraigan de lo puramente físico o mecanicista.

Terminó su explicación con una sonrisa, como siempre, y nada más acabó, le dije:

-Muy bien. ¡Pero cómo hablas! Voy a tener que ascenderte y concederte el título de mi enfermera espiritual. -Vi su rostro contraído, pues por un momento llegó a pensar que no había entendido nada de sus explicaciones y le aclaré, con rapidez-: Paloma, no pongas esa cara, mujer, que era una broma.

-Entendido. Cuando me pongo seria, muy seria, me da rabia de mí misma, pues pierdo el sentido del humor.

-Eso nunca hay que perderlo, Paloma, ni en las peores circunstancias.

-Tendrás que enseñarme tú algo de eso. Tengo, aunque no lo creas, que aprender muchas cosas que tú ya tienes sabidas y superadas. Si te vieras a ti mismo tal y como yo te vi, en tu cielo… Te sorprendería tanto…

La que sí que nos sorprendió y nos interrumpió fue la enfermera de cada tarde, invitándome a dejar a Paloma tranquila para que de este modo pudiera descansar. Antes de irme Paloma me advirtió:

-Mañana ven bien despierto. Será un día clave. Los próximos dos días. Tendrás que venir con la mente muy abierta para descifrar lo indescifrable. Duerme bien y descansa. ¡Y dame un beso! Anda, que eres más poco expresivo… El beso da paz al corazón y sella con determinación el cariño.

La besé y con dulzura le recoloqué un par de mechones de su cabello que la molestaban. Los pasé por detrás de su cabeza y ella me ayudó, incorporándose y agradeciendo el detalle. Le di otro beso, para que no se quejara de mi “indolencia”, y me despedí desde la puerta.

Durante el trayecto desde el hospital hasta mi casa estuve dándole vueltas a todo lo que habíamos hablado esa tarde. He de reconocer que en ese día aún no había alumbrado en mí la luz de la comprensión, la de la suave inteligencia que te acerca al entendimiento de las cosas, al conocimiento de ti mismo.

Dichosa Esther. Estaba esperándome con la inquietud de saber de mí, de cómo me iba con Paloma. Esther era el regazo al que acudía a sofocar mis pensamientos aturdidos y además era mi mujer, era la mujer de mis sueños y se comportaba como tal. Al verla podía oír la tranquilidad de su espíritu, la serenidad de su forma de afrontar la vida. Me maravillaba la forma en que quería a nuestra hija y, aún más, el equilibrio en la distribución de su cariño hacia Cristina y hacia mí.

No he dicho como es Esther ¿verdad? ¡Qué fallo por mi parte! Deseo hacerlo y decir al viento y al resto de las palabras de esta increíble historia que Esther es la mujer que más amor me ha dado y la que con más rapidez captó la raíz de mi ser. Como mujer es inquieta y como ser rebosa amor por los cuatro costados y me deja ser a mí mismo como soy, tal cual, sin interferencias y es capaz de abandonar su orgullo para no dañar la buena salud de mi personalidad. Es muy inteligente de reflejos y rápida en sentimientos. Esther es la mujer que todo hombre medianamente maduro, y desconozco si me puedo o no incluir, desearía tener a su lado y está, ocupa ese lado, con la magia de no molestar, sino de acompañar. Su cabello voltea sus pensamientos en forma de melena, pendiente de que las ideas broten y circulen, pero sin que se escapen. Unas gafas redondas a lo John Lennon pueblan su cara y moldean la riqueza de su rostro. Es independiente y no vive otra cosa, otra circunstancia que no sea la que ella desea vivir. Ama, calienta el ánimo, juega, quiere con pasión y luego, se desapasiona, raspa la superficie del espíritu para buscar el conocimiento sin que se sepa que lo está buscando. Asume sus propias limitaciones con cuidado, sabiendo que cada ocasión tiene su tiempo y sintiendo que su existencia cabalga entre ella, nuestra hija y yo y todos, los tres, galopamos en la parte delantera del caballo, de uno que nunca, nunca, se desbocará.

La noche nos sobrevino; el cansancio del día, las esperanzas de mañana, el amor y el deseo; a todos les pusimos el pijama y con ellos nos fuimos a la cama.

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