Las creencias limitantes

Días atrás me preguntaron: ¿Cuáles son tus creencias limitantes? Ninguna, fue la respuesta que mi mente dio; no las quiero ni en pintura. Ojo, no soy ningún superhéroe como para creerme inexpugnable a las toxicidades propias y ajenas, claro que no. Pero sí que me mantengo alerta ante los pensamientos que lo único que tratan es de debilitarnos y casi siempre atacan con la comparación con otras personas.

¿Qué son las creencias limitantes? Mejor dicho, ¿qué son las creencias? Una creencia es un pensamiento, un sentimiento, una idea de nosotros mismos que necesariamente no tiene por qué ser cierta, pero nosotros le damos el crédito de la validez. La creencia nace de nuestros diálogos interiores y también de lo que otros, referentes nuestros o no, dicen de nosotros mismos. (Por ejemplo, padres, hijos o hermanos que desde siempre nos dijeron “tú eres así, eres tal o cual, siempre haces esto o lo otro”). Al final la creencia se instala en nuestra mente y anula o refuerza lo que, de por sí, nosotros somos. Si esa creencia que tenemos de nosotros mismos es potenciadora, será capaz de reforzar lo que ya somos pues animará nuestras acciones para que se sientan plenamente capaces de lo que pensamos que podemos llegar a ser, aunque aún no lo seamos. De hecho cuando una creencia potenciadora actúa, es tal su fuerza transformadora que acabamos por lograr la metamorfosis: de diamantes nos convertimos en brillantes. Esa creencia nos ayuda a pulir todas las aristas hasta dar con la figura que se asemeja bastante a lo que creíamos que podíamos llegar a ser. Pero cuando la creencia es limitante actúa justo con el efecto contrario; somos diamantes pero nos creemos carbón del más negro y tiznante color. Nos estaremos autolimitando con efectos exponenciales sobre nuestras capacidades; nos veremos apagados, faltos de luz, carentes de todo lo que en otros vemos y desearíamos ser o tener (fuera de todo sentido material). Esas creencias depositadas en nuestro cerebro, muchas de ellas desde tiempos inmemoriales, nos empequeñecen además de entristecernos, y condicionan el modo en que nos autopercibimos.

Las creencias limitantes tienen unos mantras tan poderosos como peligrosos: yo no soy capaz de…, no puedo conseguirlo…, no se me da bien…, siempre he sido torpe en eso…, Dios no me ha llamado por ese camino…, la vida me ha hecho ser de esta manera…, tú sí que vales mientras que yo…

No hay que sentirse mejor que nadie, pero tampoco peor que ningún otro pues no hay dos seres iguales. No podemos comparar o compararnos con otra persona única y exclusivamente en un solo aspecto de la personalidad. Siempre habrá alguien más competente o capaz que nosotros en ese ámbito concreto, pero nunca en el valor global de nuestra personalidad. Cada uno de nosotros es un mundo, un mosaico de piedrecillas que conforman nuestra personalidad. Habrá piedrecillas mejores y peores, pero el mundo, tu mundo, es diferente del mío. No son comparables. No podemos dejarnos caer en esa trampa. Olvidemos para siempre el hecho de compararnos unos a otros. Sintámonos plenos en lo que somos, grandes, inmensos, completos, fuertes, dignos y valiosos, pues lo somos y nada ni nadie nos puede hacer sentir menos de todo lo que somos.

¿Cuál es mi creencia? Pues que yo, en principio, soy capaz de todo lo que me proponga y a lo que dedique esfuerzo, ganas, ilusión y deseo. Siendo consciente de que todo requiere un tiempo de preparación o capacitación (sobre todo en el ámbito de las destrezas o conocimientos técnicos) y sintiendo que los únicos límites son los que yo me quiera imponer para una labor determinada. Si no me los pongo, sencillamente no los tengo.

 

lamadriddiario@gmail.com

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