¡¡Cielos!! – Capítulo Nueve –

NUEVE

 

La tarde no nos dio para más de sí pues con esa última palabra en mi boca fuimos interrumpidos por la eficiente enfermera que requería la desaparición de mi incordiante persona. Digo lo de incordiante por lo que suele ocurrir en los hospitales en donde, como decía Paloma, a veces molestamos más los acompañantes que los propios enfermos. Cosas de la enfermería y del celo profesional que son muy entendibles.

Como digo, tuve que salir del hospital con la gratificante sensación de que el día siguiente, san sábado, me permitiría dormir hasta cuando todas las células de mi cuerpo hubieran descansado lo suficiente como para obligarme a levantar de la cama; si una sola de ellas quedara por reposar no me incorporaría hasta que estuviera harta y satisfecha de la necesidad del reposo. ¡Qué ansia tenía! A veces me daba envidia Paloma, viéndola allí tumbadita y eso que, cuando le daban aquellos terribles dolores se me difuminaban todas las alegrías de verla recostada. ¡Qué pena, ver cómo se iba muriendo paulatinamente! Era algo que se veía del todo irreversible aunque con la alegría con la que se iba yendo, rompía todos los esquemas del sufrimiento humano. A veces era difícil entenderlo.

La mañana del sábado la dediqué a poner en orden todas las cintas que iba grabando de las conversaciones con Paloma. Pude ordenarlas e incluso me dio tiempo a ir preparando unos archivos en el ordenador para empezar a trabajar en la transcripción del mensaje de Paloma; a esa tarea estuve dedicado un par de horas, las que duró la corta mañana.

Después de comer y una vez cumplido el rito de tomar el café nos fuimos los tres al salón; ponían una película de ésas de aventuras, que son las mejores para asomarse al sueño de la primera tarde. A los pocos minutos de iniciarse la película, la escena era de lo más tierna: Esther acurrucada a mi derecha, con su cabeza encima de mi pierna, la mía sujeta y la de ella a pierna suelta y encima de mí, abrazada a mi cuello, Cristina. Es indescriptible la sensación de tener a un hijo de meses abrazado a ti, a lo más grande de su vida y viceversa. No tengo palabras para pintar mi interior al describir esta imagen. A los pocos minutos me había quedado dormido.

Media hora más tarde Esther me recordó mi obligación para con Paloma y lo hizo despertándome con una caricia sobre mi frente sudorosa. No hay persona en este mundo que despierte tan bien como mi mujer y… y espero ser yo el único en este mundo en saberlo.

Después de dejar el coche en el parking del hospital, con un poco de retraso, entré por la puerta de la habitación de Paloma y ella, como siempre, sonrisa en ristre exclamó al verme:

-¡Hombre! Ya pensé que no venías. ¡Qué sorpresa!

-Me he dormido, Paloma, me he dormido. Pero, aquí estoy. No tenía intención de abandonar el barco, más bien estaba llenando la sentina de provisiones para la navegación de nuestros cielos.

-Anda, ¡dame un beso! Me alegro tanto de verte… ¡Qué suerte tiene Esther con tenerte a su lado…!

-No creas, a veces ella no opina igual que tú, otras sí, pero hay posiciones discordantes al respecto…

Reímos y después Paloma retomó la conversación en el punto en que la habíamos dejado el día anterior:

-Si te parece, volvemos, de nuevo, a nuestro personaje. -Asentí y prosiguió-: Ayer nos quedamos en que era un ser muy importante para su pareja y…

-No sabes lo intrigado que me tienes.

-Bueno, pues a ver si adivinas de quién estoy hablando. Esta persona da seguridad a alguien con una misión de vida tremendamente importante. Es un espíritu muy evolucionado y que en este mundo tiene una labor importante que realizar: crear sueños, dirigir ilusiones, iluminar oscuridades, dar confianza a la duda, garantizar el espíritu de conquista de muchas otras personas, lanzar a los cuatro vientos los valores humanos y ensalzarlos y servir de ejemplo para muchas personas que se encuentran a su alrededor y para las que es realmente importante. Fíjate, este aspecto es de vital importancia, el de servir de ejemplo para muchas personas, pero ser digno de imitar sin, digamos, sin ir de nada por la vida. ¿Me entiendes?

-Claro. Hacer las cosas correctamente, sin ir pregonándolas, sólo hacerlas bien. Eso es digno de admirar.

-Sobre todo porque hay muchos seres dubitativos, hay muchos espíritus con tan poca energía que cuando se pueden ver mínimamente identificados, aunque sólo se refleje su intención, en otra persona, eso les anima, les estimula a pensar, al menos, en cómo conseguir una actuación similar. Así, de este modo, la pareja de tu incógnita es alguien clave en esta vida para ese ser tan especial. Veo que no sabes a quién me refiero. Te diré algo más: es alguien que siente gran amor por sus semejantes, que valora y mide la fuerza de las personas que hay a su alrededor y que cuando se siente identificado arrasa con todo para conocer a esa persona…

La interrumpí diciendo:

-El otro día creo que lo hablábamos, cuando te decía que no hay cosa más esencialmente humana, para mí, que el conocer a otros seres humanos. No se por qué hablo de esto, pero el otro día con un creativo de la agencia y con un “copy”, tomando unas cervezas, comentábamos algo acerca de un premio Nobel de la Paz y recordé entonces cuando hace años estuve en al capital sueca, en Oslo. Iba en un viaje con más amigos recorriendo los fiordos noruegos y algo de Suecia. Al llegar a esta ciudad nos alojamos en un albergue juvenil en las afueras. Cuando ya estábamos acomodados eran casi las tres de la tarde y no me apeteció desplazarme hasta la ciudad, tendría tiempo de verla en los próximos días. Cuando mis amigos se hubieron marchado, miré a mi alrededor y vi una mesa vacía con unas cuantas sillas al lado y todo ello dentro de un gran césped de hierba humedecida. Me pedí una cerveza. Estaba tranquilo de alma y cansado el cuerpo. ¡Me encontraba tan a gusto! Es de esos ratos en los que te quedas ausente del mundo y la simple observación de ver a las “hormiguitas” de tus congéneres te produce satisfacción, es ver el mundo en movimiento y uno respira hondo y se dice: “¡Qué bien! No se ha detenido; habría jurado que sí…” En ese trance discurría mi ser cuando un chaval de mi quinta me pidió permiso, con gestos, para poder sentarse en una de las sillas que había vacantes a mi alrededor. La palma abierta de mi mano le cedió el asiento y la otra apartó un cenicero para que él pudiera posar encima de la mesa unas partituras de música que traía. Una guitarra esperaba su acomodación a piernas y manos. La guitarra, fresca, tenía una tersura exterior que anunciaba la belleza de las notas que se escondían tras su armazón de madera; madera y música, atadas por cuerdas de armonía. El conjunto era especial: música, Oslo, paz alredor… Por qué, por qué no podía pararse el mundo. El muchacho era alemán y tras su primera canción, una de los Beatles, un par de chicas holandesas se sentaron a nuestro lado; luego dos italianos, una española, dos inglesas, tres alemanas, dos portugueses y no sé cuántos más.

“Aquello parecía el palacio de las naciones, de todas las que te cito y alguna más que no recuerdo. Por lo menos había allí diez nacionalidades y curiosamente había un sólo idioma. Eso fue lo alucinante, el idioma de la música, de las canciones de Bob Dylan, de los Pretenders, de los Rolling, de Cat Stevens y de tantos otros como reprodujimos con nuestras gargantas y ayudados por las cuerdas del guitarrista alemán. Se nos echó la tarde encima, pasaron más de tres horas, y no nos enteramos hasta que regresaron todos mis amigos y ya se deshizo el hechizo multinacional que sin comerlo ni beberlo habíamos creado. Fueron instantes de gloria; no había idiomas, sólo música, canciones, sonrisas y alguna que otra expresión de admiración hacia el artista que glorificó aquel momento. Eso es todo.

-Me ha encantado, Pablo. ¡Cómo me habría gustado estar allí!

-Un momento como ése es tan irrepetible, que sólo la mente me lo permite revivir con la misma intensidad con la que lo gocé hace ya unos cuantos años. Cuando lo recuerdo pienso en la cantidad de gente que se mueve por el mundo pensando en nacionalidades, en nacionalismos baratos, en patrañas políticas creadas por los políticos y que al final la gente termina creyéndose.

-Me alegra que plantees ese tema, Pablo. No sé si te has dado cuenta de lo ridículo que resulta que todos en el mundo de hoy se dediquen a pensar en el sentido de patria, de nacionalidad, de regionalismo, pero no en un sentido de adscripción, de pertenencia o de solidaridad, sino en el limitativo de la exclusión. No se dice: “yo soy español” o “yo soy alemán” para determinar una procedencia, sino para advertir al que se le dice de que él no lo es, que no disfruta de la fortuna de pertenecer al grupo de los elegidos, como “yo”, que sí que estoy ahí y que además le cierro las puertas a su entrada. A veces pienso en los pobres trabajadores negros que sacaron de África hace siglos y que en su momento todo el mundo civilizado reclamaba para llenar las tierras de mano de obra barata y cuando luego, al cabo de los años, pintaron bastos y la situación económica no era tan favorable. Si te he visto no me acuerdo, y que no te vea más, no sea que me acuerde de ti y pagues mi memoria. Son ciertas la incomprensión y la falta de humanidad que generan estas actitudes, sobre todo en gente joven que está más desinformada y es más fácil de manipular por las opiniones, frustradas y egoístas, en muchos casos, de sus mayores. ¿Qué sentido tiene todo eso, cuando nuestro origen y procedencia espiritual es universal y trasciende la más mínima de las fronteras? Me parece tan arcaico el concepto de frontera, y más ahora cuando sabemos todo lo que te he contado… ¡Qué contra! ¡Y sin saberlo! Las barreras son excluyentes, no incluyentes, determinan quién pertenece y quién no, no de qué forma nos podemos aglutinar todos.

“Es cierto que en el mundo tienen que existir Etiopía y Estados Unidos. Es claro, por eso es un teatro de vida, porque tiene que haber de todo. Pero la esencia de nuestro común origen debería impedir cualquier repudio. Si todos los etíopes, por poner un ejemplo, vinieran a trabajar a España y estuvieran dispuestos a hacerlo por la mitad del salario que percibimos los españoles, desde luego que reprobaríamos tal actitud y mantendríamos nuestro derecho al trabajo digno y en condiciones y la garantía de nuestro futuro. Eso es claro. Pero, en España, sin ir más lejos, no seamos tan hipócritas de criticar a los que vienen de fuera buscando un trabajo si nuestros padres tuvieron que emigrar, en millones, a Francia y Alemania para reconstruir lo que ellos mismos arrasaron. No paguemos con monedas de igual calibre, no es justo. Nadie se merece discriminación, ni repudio, ni odio, ni incomprensión o falta de solidaridad y, sobre todo, nadie se merece la violencia que anula toda opción a la construcción, que rompe con el milagro de la vida, en muchas ocasiones, y siega la libertad de quien, en justicia, ha optado por diseñar un camino sin injerencias en su vida.

“La igualdad de condiciones, de derechos y de oportunidades siempre brindará la más sana de las competencias y nos hará crecer, no ya como países, sino como personas capaces y no anuladas por marcar fronteras que protejan nuestras debilidades.

Nos quedamos pensativos. La transmisión de su vivencia espiritual estaba dando fin, por lo que luego pude comprobar.

Pensando en lo apenados que nos sentimos por la siega de vidas, en hora impropia, producida por la segregación y la violencia, le pregunté a Paloma:

-Paloma, dime una cosa. ¿Por qué crece en los hombres la violencia? ¿Qué nos anima a ser drásticos en ejercitar la fuerza con otros que son como nosotros?

-La violencia. Sí, hemos hablado de ella. Hay una razón inicial para su pervivencia y es la existencia de los grandes negativos en nuestro mundo, que también existen Pablo, también existen.

-¿Quiénes son los grandes negativos?

-Son los seres que se rebelan contra el principio de la evolución espiritual; son los que tienen que sufrir varias experiencias de vida para poder llegar a convencerse de la necesidad de su evolución y de su hermanamiento con el resto de los seres. Un gran negativo es alguien que reacciona de la manera más primitiva relacionada con un ser humano. Si se siente agredido, aunque no lo esté, reacciona con violencia frente al mundo. La violencia es el arma de la cobardía y una pistola o un puñetazo son los mejores exponentes de la debilidad, mientras que la palabra y el convencimiento son armas que favorecen el entendimiento y que soportan la valentía de quien las dice y la razón que haya depositada en ellos. Es bien sencillo: un jabalí herido arremete contra todo lo que se le ponga por delante, pues se siente dañado y no es capaz de medir qué es lo que le está haciendo daño. La violencia dispara contra todo lo que pueda producir miedo, temor, o indefensión, y aprieta el gatillo de su furia ante el miedo de ser aplastada por otra más agresiva o vigorosa. La violencia no mide, agrede; no piensa, actúa; no siente, maldice; no acoge, elimina. Y, sobre todo, no entiende de palabras, sólo de hechos. Lo más triste de todo esto es que luego quien más paga sus consecuencias, con verdaderos esfuerzos de vidas y vidas arrastradas, son los que más violentamente han actuado. Es más que normal que alguien poseído de violencias arraigadas tenga que portar y soportar más de diez vidas de gran negativo hasta que pueda iniciar su camino de crecimiento y diez vidas son muchas vidas, muchas, puedes creerlo.

“El sufrimiento que se acumula en tu espíritu cuando vuelves a tu estado inicial es tan doloroso que si oyéramos su llanto en el mundo, lloraríamos eternamente ante las expresiones de tan grande sufrimiento. En algún momento de nuestra evolución siempre hemos sido grandes negativos y la primera lección, por así decirlo, que debemos aprender es la de eliminar de nosotros la agresividad, la violencia. Como paso subsiguiente en la evolución espiritual puede quedar la ira, la ira contra uno mismo. Si se enfoca hacia el campo del mejoramiento personal puede ser hasta útil, pero es el segundo aspecto a eliminar y se tarda muchas vidas en superarlo. Si alguien, si un ser humano o de otro mundo, supiera la desgracia que le cae encima cuando sacude su vida con actos violentos, verdaderamente determinantes, te juro que no movería un dedo, aunque ello le costara una operación de úlcera cada año. Reprimiría sus más bajos instintos. Sí, ¡por algo les llaman bajos! Y que ahí sigan, que no crezcan.

“Nos hemos ido de nuestro guión de trabajo, Pablo. No somos capaces de centrarnos, ¿eh? Vamos a intentarlo de nuevo. Antes de que nos entretuviéramos con estas disertaciones, antes de eso, creo que te propuse ampliar alguna referencia más para que pudieras llegar a reconocer a la persona de tus intrigas. Perdóname por el misterio. Sólo es un pequeño juego, ¿eh?

-No pasa nada. Vamos, prosigue…

-Cuando supe que estaba en mi cielo particular pude mirar por el ojo de la cerradura de mi pensamiento y ver, a posteriori, cuál había sido mi vida hasta ese preciso instante en que se detuvo. Creo que lo hemos hablado; lo que no te relaté fue la posibilidad que tuve de ver qué espíritus sostenían a las personas que había tenido a mi alrededor. Por decirlo de alguna manera, era como poder llevar al radiólogo de almas a todos mis familiares, amigos y compañeros de trabajo y pasarlos uno por uno por los rayos x. Con razón -Paloma sonrió-, a las películas en las que se desnuda la gente, las llaman películas x. Pues pasé a todos y cada uno de mis seres queridos y a los no tan queridos por el detector de almas escondidas. Cuando tienes la oportunidad de hacer eso, entonces entiendes el porqué de todos los comportamientos. Te lo voy a explicar según los objetivos de vida de cada uno: el mío y el de mi hermano los conoces. Pero, por ejemplo, el de mi hermana Pilar es muy similar al mío con la diferencia de que mi hermana tendrá que dar servicio a la sociedad en su conjunto y para bien o para mal de ella, tendrá que hacerlo con las fuerzas que a ella la asisten; hasta muy avanzada su vida no contará con el apoyo emocional de una persona, un ser que la querrá mucho, tanto como ella se merece. Mi madre es alguien que tiene que sufrir lo suyo en la vida; por cierto, cuando me vaya, cuenta con ella muy especialmente para animarla, te conozco bien y con unas cuantas palabras tuyas podrás darle ánimo para mucho tiempo. No dejes de hacerlo, ¿eh?

-Descuida, dalo por hecho.

-Gracias, Pablo. Bueno; mi padre es un ser vital que tiene el patrón o el estigma de ser bueno por naturaleza y su misión está relacionada en gran parte con el apoyo que siempre ha significado para mucha gente, y tendrá que seguir haciéndolo a lo largo de su vida. Lo mejor es que un tío segundo mío, un primo de mi padre, es el espíritu de su abuelo, de mi bisabuelo, vamos. Tengo dos primas que son dos auténticos bichos de mujeres, son dos grandes negativos y se dedican incordiar a todo el que se interponga en su camino y junto con otro primo mío, Enrique, son capaces de derrotar al más voluntarioso ser vivo. Los tres tendrán que nacer y morir muchas veces para lograr superar su propia existencia. Cuando ves sus espíritus a través de la radiografía mental, es como ver tres pequeños diablillos dedicados al más puro incordio, por puro placer.

“Luego me fui hacia Ana, nuestra común amiga. Esa chica sufre mucho y hay que inculcar en ella la esperanza. Delante de la gente, y más con el puesto de trabajo que tiene, se crece. Pero por dentro se desfonda la mayor parte del tiempo. Es buena, y tiene una gran misión que realizar. Ayúdala; tu mejor colaboración para con ella es la amistad. Antes de irme de este mundo hablaré con ella y le diré que busque apoyo en ti. No te importa, ¿verdad?

-En absoluto. Hazlo con toda tranquilidad.

-También pude ver a mis amigos Roberto, Carlos, Diana, Juan Pablo, María y a tantos otros… Cada uno cuadraba a la perfección con la idea que de ellos tenía. Sólo Carlos me había engañado en la apreciación que yo tenía de él, pues uno de sus objetivos, no de vida, sino de forma consciente por él, era intentar machacarme ya que en cierta ocasión se sintió interesado por mí y yo no le hice mucho caso, la verdad. Desde entonces, enconadamente, intentó aplastar todas mis iniciativas en el hospital. Carlos era y es un compañero de trabajo y hasta que no le vi por mi escáner particular no pude descifrar el oscuro objeto de sus intenciones. De hecho descubrí que aún le seguía gustando y eso echaba más leña aún a sus torpedos inteligentemente disparados.

“Ah, hubo algo que me maravilló. Sí… -Paloma se enternecía, transmitiendo con palabras lo que pasaba por su mente y por su corazón-. De repente se me representó la imagen de una de las viejecitas que más tiempo estuve atendiendo en mis visitas fuera del hospital. Pones cara de no entender mucho lo que trato de decirte.

-Sí, es que no entiendo eso de salir del hospital. ¿A dónde ibas?

-Sí, verás. En mi trabajo, cada tres años tienes que salir a la calle e ir por las casas, visitando a una serie de enfermos que requieren cuidados pero no tan dependientes como para tener que trasladarlos al hospital. Y ya sabes lo de Mahoma y la montaña; por eso nosotros íbamos a ver a todos nuestros enfermos ancianos en sus casas. Pues ésta era una viejecita encantadora, con su bata siempre limpia y aseada; el pelo cuidado, las manos pulcrísimas y una sonrisa que descongelaba la mantequilla con la radiación de sus buenas vibraciones. Pues esta mujer se me pasó por la mente y pude ver que era un espíritu muy superior, de los que hay muy de cuando en cuando. Es curioso, si supieras que los más grandes seres de este mundo en que vivimos, los más grandes espiritualmente hablando, son los que más humilde vida llevan… Todos, casi sin excepción, viven sin demasiados parapetos en su vida, pues no necesitan nada más que de sí mismos y del amor de los seres con los que conviven. Esta mujer era uno de ellos. Estuve con ella, se representó delante de mí en mi cielo. ¡Qué encanto de ser, qué luz tan fuerte y que calor irradiaba de su espíritu! Con la sencillez que caracteriza a estos seres me dió… como un beso, tierno de calor y de esperanza y me dió las gracias por lo bien que la había tratado en la Tierra. Un beso de amor como ése nunca me lo habían dado; jamás, Pablo. Es como si a ti o a mí, corporeizados como estamos, nos besara un ángel. Sentiríamos lo mismo.

Bromeé y dije:

-Desde luego hay mujeres que besan como verdaderos ángeles.

Y ella siguió la broma:

-Y hombres, Pablo, también los hombres, aunque tú no lo entiendas, espero…

-No seas mala, Paloma…

-Tú bromeas y yo te sigo la corriente. -Paloma retomó de nuevo el hilo de la conversación diciendo-: No sabes cómo me alegré de poder volver a ver a mi paciente, la viejecita de Azuqueca de Henares. Di un repaso completo a la mayor parte de personas que había conocido en la vida que he tenido, y aparte de lo que te he comentado no hubo más así, de interés. Pero también hice otra cosa, ésa te la contaré después. Bueno, Pablo, ¿ha conseguido usted adivinar la persona oculta?

-No tengo ni idea, Paloma. Ni idea.

-Te daré una pista, sólo una, ¿eh? “Te quiere más de lo que tú quieres a esa persona”.

Me quedé un rato pensativo y creí tener la respuesta. Según iban saliendo por mi boca los sonidos de su nombre, y eso que es corto, me cercionaba de que estaba en la línea correcta. Dije:

-¿Esther?

-¡Bien! La misma. Esther es tu refugio, es tu consuelo, es la persona encargada de capearte los temporales, cuando los hay. Esther es más buena contigo que lo que tú lo eres con ella, y eso que no te portas del todo mal. Te quiere mucho, Pablo.

-No imaginaba yo que fuera ella la que…

-Sí. ¿Quién si no mejor?

-No, ya, eso. Claro… O sea que cuando ella y yo nos conocimos, los dos estábamos de acuerdo o teníamos previsto que eso iba a suceder.

-Tal cual.

-Y eso, ¿pasa con más personas?

-¿Te refieres a si hay muchas personas con las que sientes algo especial al conocerlas? ¿Algo que no eres capaz de explicar pero te sientes atraído por la personalidad de quien tienes delante por vez primera? ¿Lo que quieres decir es algo así?

-Humm. A eso me refería.

-Sí, sí, hay muchas ocasiones en las que sientes algo muy especial al ver a alguien por vez primera. Hay personas que al verlas sabes que nunca tendrás problemas con ellas, ¿verdad? -Asentí.- Es cierto, esas personas son tan compatibles contigo, aunque no tengan causa común en tu vida, son tan iguales, aunque no lo sepas, que experimentas un influjo especial. Qué duda cabe que nuestras reminiscencias a veces afloran de una manera distinta a como se podría esperar, y lo hacen en forma de intuición, premonición, o presentimiento. Mañana te contaré algo al respecto de todo esto. En resumen, eso que llamamos vibraciones, positivas o negativas, existe, y se pone de manifiesto en nuestras relaciones. Y algo de nuestro ser profundo, del que no conocemos pero del que yo ahora sí sé, nos orienta en la sensación correcta que difícilmente, a no ser que se produzca un cambio brusco en los acontecimientos que rodeen a esa persona, difícilmente cambiará a lo largo de la vida.

“Es una constante y, como te decía, también en lo malo; hay personas que nada más verlas sabemos perfectamente que debemos tener los ojos bien abiertos con ellas y que cualquier aproximación puede ser fatal. ¿Qué es lo que ocurre en ambas situaciones? Nosotros al presentarnos con un cuerpo en el mundo en que nos toque vivir, cada uno, somos un conjunto de virtudes, de objetivos de vida ya conseguidos, y de defectos que no son sino objetivos de vida pendientes de lograr. Lo que sucede es que cuando nos cruzamos con una persona con una buena parte de objetivos cumplidos, igual que los nuestros, vemos que cojeamos de la misma pierna y no nos parece extraña la cojera. Lo asumimos, entendemos que lo mismo que nos ocurre a nosotros, igual les pasa a ellos. Pero cuando el equilibrio entre lo logrado y lo pendiente de lograr no existe, es cuando vemos a una determinada persona carente de todo valor para nosotros; vemos a alguien que es capaz de cometer con nosotros cualquier tipo de tropelía pues lo que para nosotros es algo dado, para la otra persona está por cumplirse. Digamos que somos capaces de distinguir más los fallos de los demás pues yerran en lo que nosotros ya tenemos experiencia de vidas anteriores.

“Tengo un amigo que expresa muy bien esto, sin saberlo. El dice que tiene siete u ocho pilares en su vida que son básicos, que son inmutables, que siempre se mantendrán ahí. Podrá haber otros nuevos, pero ésos que son su personalidad permanecen en el tiempo y son imborrables. Eso que él dice y que muchas personas piensan…

La interrumpí:

-Entre las que me incluyo. Es curioso, eso lo he pensado muchas veces.

-Ya me imagino. Pues esos pilares son los objetivos de vida cumplidos, ése es el currículum con el que nacemos al mundo físico y de eso depende buena parte de nuestro éxito en el objetivo de la vida presente, de que esos pilares sean inamovibles. Se supone que son buenos pilares, porque si definen cosas como la de estafar, robar, matar o abusar de los demás, es mejor que se muden por otros de mármoles de mejores calidades. Por cierto, ¿recuerdas que antes te dije que cuando veía a mis familiares y amigos también hice otra cosa?

-Sí. Además lo tenía aquí apuntado para que no se me olvidara. Cuenta. Soy todo orejas.

-¡Orejón! -Reímos y prosiguió-: Pues lo que hice fue indagar en ti, en tus objetivos de vida, en lo que te rodea. Por eso pude descubrir la enorme personalidad de Esther. Voy a definirte a Esther, pues me encanta cómo es: es tierna, soñadora, trabajadora, amante de lo suyo y de su gente, es cálida en amor y te ama, como te decía, más de lo que tú imaginas. Es bondadosa e inteligente, pero también es cabezota, un tanto independiente y mandona. ¿Verdad?

-Y que lo digas. Sobre todo de forma que parece que no lo es.

-Y también es un poco desorganizada en el trabajo y en ocasiones un poco histérica, sobre todo cuando se siente asustada, muchas de las veces de forma totalmente irracional.

-Acabas de pintar un cuadro hiperrealista de mi mujer, Paloma. Ni más ni menos.

-Pero también podemos hablar de ti. ¿O no?

-Tienes la palabra.

-Podemos hablar de… -Paloma clavó su mirada en mis ojos y era como si tuviera una balanza en las manos, la de la justicia interior-. De un hombre colmado de experiencias en la vida, concentradas en un corto período; de alguien capaz de organizar en provecho de todos la vida de muchas personas; de un ser cabezota y tozudo cuando cree en algo; de alguien portador, en ocasiones, de excesos pasionales en su cuerpo; de alguien capaz de comunicar al mundo su verdad con la fuerza de un huracán y con la frescura de un torrente de agua; de un hombre capaz de amar, hasta el final de sus días, a la mujer de su vida; de un niño cuando juega y de un anciano cuando piensa detenidamente una cosa; de un ángel si se le trata con justicia y de un demonio si se siente ultrajado. Hablamos, en definitiva, de quien es capaz de entender, comprender y creer en mis palabras y en la esencia que encierran. Gracias por ser tú, Pablo. Dame un beso, por favor, dame un beso que me siento fría por dentro, dame calidez.

Me acerqué hasta sus mejillas, frías por cierto, y al besarla cambió el rictus de su cara; de nuevo sonrió, a mí y a la vida. Fue entonces cuando me dijo algo que no olvidaré jamás, que no olvidaré en los tiempos que viva en este mundo. Me mantuvo a su lado, muy próximo, y me dijo, así como al oído:

-Pablo, lo acabo de decidir y sé que lo podré hacer: con la energía que he dejado aquí en el ambiente, y sobre todo con la que has tomado de mí en tu rostro, la que se ha quedado para siempre de mí en ti, en el aura que rodea tu vida. Pablo, cuando me muera, que ya poco a poco lo estoy haciendo pues ya estamos terminando nuestro trabajo, cuando falte de la realidad tangible, quiero que sepas que siempre que pienses en mí podrás dialogar conmigo tal cual como si estuviera contigo, aquí a tu lado. Podrás contar con mis palabras, con mi consejo, si he de dártelo, y con el abrigo de la confianza que tendrás conmigo. Recuérdalo y no te extrañe que cuando yo muera y pienses en mí y te preguntes algo, yo te conteste y te dé mi respuesta y el calor de mi compañía en vida, en la que tú vivas.

-Y ¿por qué haces eso? Y ¿cómo lo podrás hacer, Paloma?

-Lo hago como regalo a la forma y manera en que has creído en mí, es mi correspondencia a la fidelidad de tus pensamientos y de tus creencias. Es mi mejor forma de decirte: “gracias, Pablo”. ¿Que cómo lo voy a hacer? Ya lo he hecho. Se te ha olvidado… Recuerda que te he dicho que con mi beso he dejado en ti una buena parte de mi energía, de la que va en mí y que conmigo se irá cuando muera. He desdoblado mi alma para que tú te quedes con un trocito de mi existencia y… ¡Uffff! ¡Qué dolor! Ahora sí, Pablo. Llama… llama a una enfermera. ¡Qué dolor tan fuerte…!

Aquella expresión de Paloma me pilló en fuera de juego pero reaccioné con la mayor rapidez de la que fui capaz y salí a buscar una enfermera. Cuando encontré una, prácticamente la cogí de la mano y me la llevé conmigo, mientras le iba diciendo:

-¡Que es Paloma! ¡Dios mío! ¡Venga corriendo, que está muy mal! ¡Le ha sobrevenido un dolor muy fuerte y se me muere!

No me di cuenta de que los padres de Paloma estaban, como todas las tardes, esperando en la sala de visitas a que yo me fuera. No me di cuenta de que me estaban oyendo, y salieron corriendo al oír mis lastimeras palabras, también en dirección a su habitación. Aquello era un peregrinar de gente en busca de la solución del dolor y de la vida de Paloma. Por más veces que me había repetido a lo largo de ocho o diez días que se moría, que iba a morirse, no quería creer en sus palabras y rechazaba de plano la sola idea de su desaparición de este mundo, de esta Tierra que iba a perder a una gran mujer, ayudante y vigilante de que nuestra especie iba a ser mejor e iba a avanzar en la dirección correcta.

Corrí con mi enfermera de la mano hasta la puerta, en donde me pidió que esperara a que ella saliera. Al entrar en la habitación ya estaban allí los padres de Paloma y Pilar, a los que también hizo abandonar la habitación.

Al salir de ella Pilar me preguntó entre sollozos:

-¡Pablo, Pablo! ¿Qué es lo que le pasa a mi hermana? ¿Se está muriendo de verdad?

Ese momento lo recuerdo y se me pone la carne de gallina. A Pilar le dio un ataque de histeria en la misma puerta de la habitación, se empezó a tirar de los pelos y de pronto me miró a la cara y se puso a insultarme y a declararme el causante de la muerte de su hermana. Tal era el escándalo que tuve que cogerla entre mis brazos, a la vez que detenía sus manos, que no cejaban en su intento por pegarme, por gastar su rabia conmigo. La madre intentó también detener su violenta reacción y Pilar, de un golpe, casi la tiró al suelo. Entonces no me quedó más remedio que tomarla violentamente y arrastrándola hacia la sala de visitas me la llevé de allí mientras iba gritando:

-¡Me la estás matando! ¡Asesino, asesino de mi hermana! ¡Se me está muriendo y ahora…! ¿Ahora qué hago yo sin ella? ¡Asesino…! ¡Por favor, que no se muera, que no se muera! ¡Me muero yo si ella se va! ¡Me muero! ¡Dios mío…!

La escena fue patética, de ésas que te dejan agotado, pues pasaron unos cuantos minutos hasta que se pudo tranquilizar. Durante todo el tiempo la tuve sentada a mi lado y la sujeté fuertemente por la cintura y por las manos, como pude. Por fin se tranquilizó, y acarició mi cara. Reaccionó de manera natural, me dio un beso en la mejilla, me pidió perdón, no sabía qué le había pasado, y me rogó que la acompañara de nuevo hasta la puerta de la habitación de Paloma. Los dos de la mano, nos fuimos hasta el mismo lugar en el que ella había parecido enloquecer y a los pocos segundos salió por la puerta la enfermera diciendo que Paloma nos deseaba ver a todos a la vez.

-Sólo podrán estar unos minutos, todos con ella, pues en su estado no es conveniente que se esfuerce por atenderles a todos. ¿De acuerdo?

-Perdone, señorita -preguntó el padre-. ¿Cómo se encuentra mi hija?

-Mal, señor. Bastante mal. Por eso mismo ella desea hablar con todos ustedes. Tengan consideración con ella en lo que dicen o cómo se comportan, sobre todo usted, señorita.

Eso lo dijo dirigiéndose a una Pilar que había ido enrojeciendo desde que fue intuyendo hacia quién iban dirigidas las palabras de advertencia.

-Descuide, descuide…

Entramos a ver a Paloma. Esta, ya más reconfortada, seguro que por algún buen calmante, nos dijo:

-Pero ¿qué os pasa? Pilar, estaba oyendo lo que le decías al pobre Pablo. ¡Si él lo único que ha hecho ha sido ayudarme a vivir mejor y a morir, también mejor! Papá, mamá. No tendré tiempo de deciros, ni aunque viviese doscientos años, lo mucho que os quiero y por qué; por eso Pablo os contará con todo lujo de detalles por qué tengo que dejar este mundo. Y que sepáis que no os abandono, que siempre estaré a vuestro lado. De todas formas, aún no me voy, todavía tengo que tener una o dos largas charlas con el bueno de Pablo. Y por favor, no sintáis que él o que nadie me lleva. Soy yo la que se va y antes de hacerlo tenía que dejar arregladas unas cuantas cosas que Pablo me está solucionando. No me pidáis que os lo explique porque me resultaría harto complicado y difícil. Pilar, ¡no te pongas así, mujer! Tienes tantas cosas que hacer, tienes que cuidar a tanta gente… Y sobre todo, sobre todo, a papá y a mamá. ¡Venga, Pilar, quiero que sonrías! ¡Venga! -Pilar esbozó una sonrisa, sin mediar palabra, y a la de Pilar siguieron las nuestras. Paloma inició mi despedida de ese día, diciendo-: Pablo, creo que ya has tenido bastante por hoy. Recoge tus bártulos, como tú dices, y vete a casa, que Esther te estará esperando. Anda. Dame otro beso. -Al acercarme a ella notó que las lágrimas corrían por mi cara y me riñó por ello.- ¡Pero bueno! ¿Quieres dejar de ponerte así? ¿También a ti te voy a tener que pedir que sonrías? Pablo, ¿también a ti?

-No, no, Paloma. Creo que es inevitable. Piensa que es mi lado corporal el que está llorando…

Entonces sí que esbocé una sonrisa de oreja a oreja y ella me dio un beso y se despidió de mí hasta el día siguiente, hasta el domingo.

Llegué a casa triste, alegre… Desde luego, confundido. Al entrar por la puerta me abracé a Esther con una fuerza inmensa. Me eché a llorar entre sus brazos y dejé de hacerlo justo en el momento en que oí los pasitos de la pequeña Cristina, que venía tras la voz de su padre al que acababa de oír.

Luego Esther le sacó unos cuantos juguetes a Cristina para que ella y yo pudiéramos charlar acerca de lo que me traía tan triste. Le expliqué a Esther todo lo sucedido y entonces comprendió mis sollozos.

Estuvimos largo tiempo abrazados el uno al otro y, no recuerdo a partir de cuándo, empecé a pensar en las palabras de Paloma acerca de lo maravillosa que Esther era y allí, en su regazo, comprendí que todo, todo, era más cierto aún de lo que me había contado Paloma. Entendí que era un hombre dichoso y feliz al tener una mujer así. Después de un rato eterno en sus brazos, nos incorporamos los dos para hablarnos y besarnos. Me miró tiernamente a los ojos y dijo:

-Pablo, si tú te me fueses de este mundo, no sé qué sería de mi vida. No lo hagas nunca, por favor, no lo hagas nunca.

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