Creencias estimulantes

Días atrás escribí aquí sobre las creencias limitantes y no por pesimismo, del que carezco, sino porque es una expresión muy habitual en estos tiempos. La manera de superarlas es reconocerlas.

Hoy prefiero referirme a las estimulantes; las que, si lo tenemos a bien, nos pueden ayudar a conseguir objetivos tan altos o tan grandes como nuestras capacidades nos permitan.

Un estimulante es un incentivo que nos anima a conseguir un objetivo o un logro que estando a nuestro alcance, aún no hemos obtenido. Es el beneficio que podemos conseguir si tratamos de lograrlo. Y la creencia es la base que sustenta nuestro comportamiento; como dijera Henry Ford: “Tanto si crees que puedes como si crees que no puedes estás en lo cierto”.

No hay creencia más estimulante, que más montañas haya movido, que la Fe de la que nos hablan las religiones: el convencimiento de que algo existe, aunque trascienda a nosotros y no seamos capaces de verlo, salvo con el deseo de creer en ello. Por tanto una creencia estimulante es aquella que refuerza nuestro convencimiento de que vamos a poder conseguir la empresa que nos propongamos. Siguiendo el ejemplo religioso, uno puede estar convencido de que su cielo existe y está al alcance de su dicha, o estar convencido de que el infierno es su destino y que por tanto nada de lo que haga le va a permitir conseguir algo mejor. Estimulante o limitante.

Las creencias estimulantes nos animan a emprender o a conquistar: tierras como Colón, empresas como Ford o Apple, corazones como Lord Byron o nuevas ideas como Newton o Einstein. Desde luego prefiero creer que puedo, que creer lo contrario. Si creo que puedo, me pertrecharé de útiles y herramientas para conseguir lo que persigo y deseo, sin importar el tiempo que eso me lleve. Más aún teniendo en cuenta que casi todos los objetivos pasan por relaciones personales y que con las personas hay que derrochar paciencia, que es la base de la ciencia: la persistencia. Lamentablemente en el mundo hay mucha mediocridad, dicho sin acritud. Hay muchas personas que desde sus propias miserias acechan por los recodos de nuestros caminos hacia el éxito. Son personas limitadas y limitantes, envidiosas, tóxicas o pesimistas por su propia naturaleza (real o forzada). Siempre encontrarán los posibles baches o fallos a nuestros proyectos. Nosotros sabemos que los baches existen, pero ellos pretenden decirnos que son socavones o barrancos que imposibilitan que consigamos lo que tanto deseamos. No digo que no haya que escuchar todas las opiniones que surjan en ese camino; lo que sugiero es que si tomamos la determinación de emprender un objetivo, que no nos limiten las gafas de pesimismo con las que otros ven una realidad que nosotros debemos ver con entusiasmo y con ganas.

Finalmente, otra pequeña reflexión. Podemos tener maravillosas ideas, genuinas, geniales; pero si no las ponemos en práctica, o al menos no lo intentamos, nunca podremos llevarlas a la práctica. Se quedarán en el tintero de nuestra conciencia y en muchas ocasiones a lo largo de la vida irán golpeando la campana de nuestras insatisfacciones por no haber sido capaces de haberlo intentado. El peor arrepentimiento que uno puede tener es el de la omisión de aquello que quiso hacer y nunca intentó. Es preferible ser consciente de que el objetivo era inalcanzable que quedarnos con la triste idea de “y si lo hubiera intentado…” No hay peor sabor de boca que cuando sigue estando vacía por no habernos llevado un buen bocado de aquello que estaba al alcance de nuestras manos. Más aún puede amargar cuando el bocado es otra boca distinta la que consigue disfrutarlo. Si está a pedir de boca, sé tú el que lo pidas.

 

lamadriddiario@gmail.com

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