¡¡Cielos!! – Capítulo 10 –

DIEZ

 

El sábado por la noche, como había terminado tan agotado, caí rendido. Amanecí por la mañana temprano el domingo, cosa rara en mí, pero sin conseguir hacer que mi cuerpo diera más rienda al mundo de los sueños. Desayuné con hambre de lobo, jugué con Cristina y la paseé un rato por la casa a caballitos, hasta que agotado el padre y agotada la hija, cada cual nos dedicamos a nuestros quehaceres: ella a sus juguetes y yo a dar más cuerpo a la recopilación escrita de las palabras de Paloma. Tenía la intención de llevarle esa tarde unos cuantos folios transcritos para que pudiera comprobar por sí misma, desde la tierra y no desde su cielo, el resultado del trabajo que estaba empezando a realizar.

Trabajé toda la mañana, mentiría si no dijera que gracias a la ayuda de un par de Martinis; ¡son tan sanos los domingos a media mañana! Y, por supuesto, gracias al trabajo que Esther tenía que realizar de forma extraordinaria, sin contar con mi colaboración en los quehaceres de la casa, para que yo pudiera dedicarme a plasmar en letras las palabras de Paloma.

Después de comer repetimos la escena del día anterior y Esther, de nuevo, quebró mis sueños con dulzura. La diferencia con el sábado fue que la ruptura onírica llegó en el momento preciso y tuve oportunidad de presentarme ante Paloma a la hora acostumbrada. Al entrar por la puerta, Paloma, sonriente y descansada, luego supe que le habían administrado unos cuantos calmantes para el dolor, me recibió con una afable exclamación:

-¡Hombre! ¡Hoy no te has dormido!

-Pues no, señorita, y además, mira lo que te traigo.

Le enseñé unos cuantos folios de lo que había conseguido recoger de un par de cintas a lo largo de la mañana. Paloma se emocionó y además encumbró mi labor y ¡de qué manera!

-¡Pablo de mi alma! -Había leído ya un par de folios en silencio.- Esto es mucho más de lo que yo me esperaba. ¡Qué bien redactado está! Eres un encanto de hombre.       ¿Qué habría hecho yo sin ti?

-Lo mismo que a la inversa, Paloma. El placer y la satisfacción han sido mutuos; no sólo lo has tenido tú.

-Gracias, Pablo. ¡Me voy a ir tan satisfecha de este mundo! Va a ser una muerte tan dulce y una paradoja tan grande… ¿Verdad?

-Bueno, mujer. Quizás, como en las grandes despedidas, sufre más quien se queda, no quien se marcha. El que se aleja bastante tiene en pensar con lo que le espera en su nuevo destino y en prepararse para la adaptación al nuevo mundo que le va a acoger.

-Chico, justo, justo así es como ocurre cuando uno se muere, como cuando alguien se va a hacer un largo viaje. Muy buen ejemplo. ¡Apúntate una!

-Apuntada. Por cierto, Paloma, volviendo a lo nuestro, cuéntame un poco cómo se van cumpliendo los objetivos de cada ser en la vida. ¿Cómo termina la vida?

-Con la muerte -dijo sonriente, y continuó-. Es una broma, hombre. No pongas esa cara. Pero es una broma muy cierta. Todo termina con la muerte. En el plano físico todo tiene un final, un límite que queda fuera de nuestro alcance. Como sabes, a lo largo de la vida unos seres van cumpliendo con su objetivo y a otros se les va quedando por el camino. Claro, no es posible, como esquema de vida, que quien falle o quien vaya incumpliendo su objetivo sea retirado de la opción de vivir. De la opción, incluso de, en un momento determinado, poder dar un giro a su vida y terminar encarrilando lo que llevaba de forma equivocada. Y como eso es posible y no se puede alterar, así como así, las interrelaciones que existen entre todos los que habitamos este mundo, pues aguantan hasta que su tiempo se consume.

“De algún modo cuando Jesucristo decía que sólo los niños podrían entrar en el reino de los cielos, lo que venía a decir es que sólo los que son como niños, los que han sido capaces de colmar su vida llegando a viejos, gastando todo el crédito que da una vida, llegarán a entrar en el reino de su propio Cielo, en el de saber que han rebasado una importante prueba en su vida interior. Antes te decía que la hora de morir está también relacionada con el resto de personas que viven pendientes de cada uno. Por ejemplo, cuando un chico de dieciocho años muere en un accidente de tráfico, no sólo muere él; también supone un duro golpe para sus padres y familiares más directos a los que, puedes estar convencido, de esa forma les habrá quitado un pedazo de vida, un trozo muy grande. Esas muertes tienen que estar muy bien justificadas, aunque para nosotros, mortales de aquí, nos resulte incomprensible el sólo hecho de justificarlas. Pero tienen que tener un sentido, por ejemplo un objetivo de ejemplarización, o la necesidad, como es mi caso, de tener que realizar una labor especial en otro mundo en el que seamos requeridos, que todo puede ser. Lo normal, lo más habitual, es que cumplamos nuestro objetivo de vida en relación con el ambiente que preside la existencia humana. Así, en el caso de haber vivido en época de guerras y sin caer en la aberración de las palabras de Napoleón, de haber nacido para ser carne de cañón, sí es seguro que cumplimos un objetivo de aunar, cada uno como mejor sabe, esfuerzos en pos de defender aquello en lo que creemos o la función que nos haya tocado vivir. Todo eso, cómo nacemos, cómo morimos y en qué momento, entra dentro de un complejo esquema de vida que se desencadena de una manera y que nadie, te lo he dicho en otra ocasión, nadie sabe cómo va a terminar. A todo lo que te acabo de decir sólo se puede añadir la excepción de los grandes superiores, de los que desconozco sus conocimientos e influencias y que, seguro, saben mucho más que tú o que yo, aquí o en nuestro cielo.

-Sí, pero dime una cosa. -Había algo que venía rondándome por la cabeza desde hacía tiempo.- ¿Qué es la muerte? ¿Por qué morimos?

-La muerte es el paso previo a nuestra existencia espiritual. La muerte es el inicio de la vida que habíamos dejado para vivir corporalmente. Muere el cuerpo, y en su momento te lo demostraré. -Se me helaron las venas cuando me dijo aquello, no sé por qué.- Morimos para regenerarnos, al igual que las hojas de un árbol mueren para que al año siguiente puedan nacer otras. Igual que a un prado se le prende fuego para que el año siguiente las hierbas o los frutos de la tierra nazcan con más fuerza, así hemos de morir para que otros puedan continuar con el ciclo de crecimiento interior, para que otros espíritus puedan probar sus fuerzas en esta vida y den cumplimiento a sus objetivos. Es un ciclo, Pablo, un ciclo de vida y muerte terrenal y dentro de él, en éste y en otros mundos, tenemos que poder probar y crecer muchos, muchos espíritus.

-Sí, mira, eso lo he entendido bien. Simplificando mucho es como decir que en el espacio físico en donde nace una lechuga, para que pueda nacer otra, antes hay que arrancar la primera.

-Correcto. Eso mismo, traducido a seres en cuerpo y alma, es el ciclo de vida.

-Antes de que sigas. Cuando hablabas, hace unos minutos, del ejemplo del accidente de coche, se me vino a la memoria algo que te quería contar, un accidente que tuvimos hace muchos años en la carretera que va a Santander.

-Cuenta, cuéntame.

-Sí; habíamos ido cuatro amigos un fin de semana a Santander, a casa de unas chicas que conocimos en Madrid y a la vuelta, pasado Reinosa, más exactamente, si no recuerdo mal, entre Reinosa y Mataporquera, había una carretera, que hoy afortunadamente ya han cambiado, llena, llenita de badenes. ¡Pero una cosa exagerada! Además, como era una gran recta repleta de toboganes que subían y bajaban, se daban los accidentes como las coliflores en las huertas que había alrededor.

“El coche lo conducía un buen amigo, Alberto, y en él íbamos, además, yo en el asiento del copiloto, y su hermano Jaime y un amigo de Jaime, Carlos, en la parte de atrás. Alberto, aunque ya hacía años que había sacado el carnet, tenía el coche recién estrenado y la experiencia, también. Recuerdo que le encantaba conducir y la pasión que ponía en la vida la llevaba también a su forma de hacerlo. Le encantaba adelantar a otros coches y como cualquier conductor recién estrenado confiaba en sus fuerzas y en la falsa seguridad de sus manos, que no eran malas, pero la experiencia es un grado y ese grado nos faltaba. El coche cargado de maletas y de gente y Alberto al volante. Nada más comenzar a surcar los badenes, Alberto vio la oportunidad de adelantar a uno de ésos que piensan que la carretera es sólo para ellos, y al realizar la maniobra de adelantamiento se fíó de sus ojos, pero éstos le engañaron. Vimos aparecer, en el peor de los trances posibles, a un coche en sentido contrario al nuestro. Lo que vino a continuación fue de rapidez increíble en el mundo físico pero en nuestras mentes ocurrió con relativa lentitud: Alberto frenó de golpe y tuvo que pegar un volantazo en dirección a un arcén que más que eso era una pequeña montaña; al ir contra él una mala piedra se puso en medio de nuestro camino. Y fíjate qué curioso: al chocar contra la roca el golpe fue tremendo, tanto que el coche salió despedido por los aires y en ellos dio una vuelta de campana, con la fortuna de que cayó sobre las cuatro ruedas que lo sustentaban. Bueno, a lo que iba, el golpe fue en seco y en ese instante sentí que la vida se me iba, que hasta ahí había llegado y lo pensé con mucha tranquilidad de ánimo. Es curioso la cantidad de cosas que puedes pensar en un segundo, lo que da de sí…

Paloma me interrumpió:

-El tiempo en nuestro espíritu no existe y cuando llegamos hasta lo más hondo de él, casi tocando nuestra propia existencia, nuestro verdadero cielo, la cantidad de cosas que podemos llegar a pensar es impresionante. Y perdona, que te he interrumpido; prosigue.

-Sí, pues eso, que pensé que me llegaba la hora y como además el coche dio la vuelta de campana, algo que sólo he experimentado en una ocasión, y que siga así, pues me dije a mí mismo: “ya está, ahora salgo del cuerpo dando vueltas, a ver qué es lo que me encuentro”.

-¿Y qué pasó entonces?

-Ah, nada. Bueno, sí, sí… Nos llevamos un buen susto. Cuando fuimos conscientes de lo que nos había ocurrido, yo fui el primero en salir del coche y entonces me di cuenta de que me faltaba un zapato. Dicen que cuando faltan los dos, no te levantas del sitio. Intenté buscar el zapato mientras Alberto hacía lo propio con sus gafas. Es extraño; ni siquiera miramos detrás para ver cómo estaban Jaime y Carlos, hasta que no hubimos encontrado nuestras cosas. Al salir del coche y ver el estado en que estaba éste, me asusté un montón y entonces vi a Alberto preguntando a su hermano cómo se encontraba. Eso fue lo peor: nos asustamos mucho pues Jaime se había quedado totalmente inmovilizado de cintura para abajo. Por magia o yo qué sé por qué, Jaime estaba en lado contrario de donde se encontraba antes del accidente y Carlos, claro, igual. Nada oprimía las piernas a Jaime y en apariencia estaba bien. Ninguno nos habíamos hecho ninguna herida, ni un solo rasguño, pero Jaime no podía mover las piernas. Y ¡de repente!, y ahora que sé más de la vida y sus misterios, no sé si “alguien” le ayudó, pero se levantó del asiento y dijo: “Ahora sí, las puedo mover. No sé por qué, pero puedo”. La posibilidad de que se hubiera quedado inmóvil nos había dejado helados. Eso fue lo que más nos aterró.

“Y todavía lo mejor nos pasó por la noche. Nos llevaron hasta Reinosa en donde cenamos en un mesón. Había hambre de comida que saciara la ansiedad que nos había procurado el accidente. El coche lo habíamos dejado en un taller de Reinosa para que lo repararan y, por cierto, recuerdo que hubo otro detalle que también me heló las venas. Sí; cuando el chófer de la grúa que lo llevaba, ya de noche, paró delante de Alberto para recoger papeles y las maletas que había dentro, una señora que pasaba por delante, con su marido del brazo, dijo: “¡Dios mío, menudo accidente! ¡No debe de haber quedado uno vivo!” Me entró un acongoje que no te puedes ni hacer idea. En fin, como te decía, lo cómico vino por la noche. Después de cenar fuimos a la estación de tren para poder venirnos a Madrid. Al llegar a la ventanilla para sacar el billete, vimos que había una cola tremenda y que el expendedor de billetes, aunque al principio no podíamos creerlo, tenía una borrachera tal que no atinaba a hacer el trabajo de marcar en la máquina el destino y el importe de los billetes. ¡Y el tren esperando en la vía para seguir su camino! Bueno; pues nosotros estábamos los últimos y de entre nosotros Carlos se quedó para el final. Le dijimos que íbamos hacia el vagón correspondiente y que le esperábamos asomados a la puerta. Después de un buen rato llegó Carlos y nos dijo: “¡Que el tío no me quería dar la vuelta! ¡Como lo oís! Le di un billete de cinco mil y no quería darme la vuelta. Y ya se marchaba hacia dentro y, ¡joder!, me cabreé y le pegué un puñetazo a la ventanilla. ¡La he roto!”. Después Carlos nos contó que vino un responsable de la estación, le pidió disculpas y le entregó su dinero.

-¡Vaya aventura…!

-No, no, espera, que ahí no quedó la cosa. Como desde una estación intermedia, por problemas de ordenadores, no se puede reservar litera, ésta tenía que dárnosla el revisor del vagón de literas y al subir al tren buscamos al revisor y ¡cuál fue nuestra sorpresa! Tú, Paloma, ¿qué crees que podía ocurrirnos?

-No tengo ni idea.

-Pues que el revisor también estaba beodo.

-¡No!

-Sí, como lo oyes. Pegaba un pestazo a vino que no había quién aguantara a su lado y también, como el otro, la tomó con nosotros. Que no quería darnos las literas, y estaba el vagón medio vacío. Alberto, que es abogado, se mosqueó, le sacó el carnet de colegiado y le dijo que viniera un superior, después de mucho bregar con el hombre. El se puso hasta faltón en ciertos momentos, y Carlos le decía: “Mire, buen hombre, por dos mil quinientas pelas he roto la ventanilla de la estación y si no nos deja dormir, por eso le puedo romper a usted la cara. Ande, ande, vaya a buscar al responsable de este tren”. Al final conseguimos que viniera el encargado del tren, que nos pidió disculpas por el comportamiento del revisor, y él mismo nos extendió los billetes para las literas. Lo curioso del caso es que el borrachito, después de ver el comportamiento de su superior, nos quería hacer hasta las camas, con las sábanas y las mantas que nos trajo. Te aseguro que jamás me ha pasado algo similar en un tren, y he tenido ocasión de usarlo con mucha asiduidad, sobre todo cuando montamos la sucursal de la agencia en Barcelona. ¿Qué te ha parecido la historia?

-Pues, como tú mismo has dicho, bastante tragicómica. Lo que estaba claro es que el destino se rió un poco de vosotros, pero no estaba dispuesto a prescindir de vuestra aportación vital.

-Todo lo que te he contado deriva en otra cosa que deseaba preguntarte. ¿Dónde está escrita la muerte? ¿Por qué hay ciertas personas que saben cuándo van a morir?

-La muerte no está escrita en ningún lugar; en la mayor parte de los casos la decidimos nosotros mismos antes de nacer, en el instante en que planeamos cómo cumplir nuestro objetivo de vida. Es probable que ése sea, además, el motivo por el cual muchas personas llegadas ya a la vejez saben pronosticar que pronto estará por cumplirse su final. Las personas en la vida corporal continuamos viviendo mientras sentimos que somos parte importante en la vida; si a nuestro alrededor vemos situaciones o personas que nos necesitan somos capaces de vivir en ayuda de esa necesidad. Mira si no, por ejemplo, un matrimonio de personas ya mayores, ¡tantos he conocido! que al morirse uno de ellos, al otro le falta tiempo para irse tambén. Ese es el único motivo por el que alguien que ya ve que su existencia carece de sentido decide abandonar la vida corporal y al decidirlo asume, con entereza, su ausencia de la vida, sin más complicaciones.

-Es curioso -intervine yo-. Esther tiene una tía abuela, se llama María, que ha sufrido lo indecible en su cuerpo, ha trabajado como una leona, ha bregado en la vida por ella y por cinco más. Ha sufrido ataques cardíacos, fatales caídas y daños en sus huesos, el aire se lleva su cuerpo, pero no su mente ni su espíritu; piensa con la lucidez de un científico y sintiéndose útil en medio de las dejadeces de sus familiares, vive y disfruta de su existencia como del primer día en que vino al mundo.

-Y su espíritu -me ayudó Paloma- seguro que fuerza a su cuerpo a que resista, a que aguante el temporal de la vida mientras haya algo que ella pueda hacer por los demás, ¿verdad? -Asentí y continuó-: Creo con toda seguridad, sin conocer a esa señora María, que su cielo la está esperando pues se lo ha ganado, se ha comprometido con su mundo y ha dado respuesta a lo que ella misma se había demandado. Seguro. Luego, además, hay personas tan perceptivas, con una sensibilidad tan a flor de piel, que son capaces de ir más allá de lo que el tiempo va, de ver entre los días que separan los acontecimientos y ver su propio destino dibujado en el futuro. Cuando todo lo que te sucede a ti mismo depende solo de ti, cualquier indagación en el futuro de los acontecimientos es más que probable. Ahora que hablamos de esto me doy cuenta de que se me había pasado comentarte algo terrenal, algo que enlaza nuestra mente con nuestro espíritu, sin más ni más. Tanto hablar de los cielos nos olvidamos de las tierras.

-¿A qué te refieres? Me tienes en ascuas…

-A la capacidad que tenemos los humanos para poder ponernos unos a otros al corriente de las cosas que suceden a nuestro alrededor. Tú que eres un profesional de la comunicación debieras saber que hay muchas formas de comunicarse entre las personas…

-Sí, existen el fax, las señales de humo, la televisión, el teléfono…

-¡Quieto ahí!

-Si no me he movido…

-Me refiero a la expresión, tonto. El teléfono, por ejemplo, medio de comunicación donde los haya, ¿no?

-¿Quién lo duda?

-Y cuando tú hablas a través del teléfono móvil que llevas en la chaqueta, ¿cómo crees que llega tu voz a otra persona?

-Pues… A través de las ondas que se transmiten por el aire, con unos repetidores y cosas así. No estoy muy puesto en el tema pero…

-No, si me vale. O sea que las palabras se transmiten a través de las ondas y por el aire. Y a través de ese mismo aire, ¿no crees que una posible fuente de energía, del tipo que sea, podría llegar a transmitirse en forma de ondas?

-Imagino que sí.

-Bueno, pues dejemos las adivinanzas y con el mismo razonamiento que has hecho para explicarme lo del teléfono piensa que los seres humanos poseemos la cualidad de emitir ondas electromagnéticas que salen de nuestro cerebro y que llegan a otros seres humanos, estén donde estén.

-Ya… Ahora te entiendo. ¿Tú sabes que yo siempre he creído en eso? -Ante la cara de sorpresa que puso Paloma, insistí-: En serio. Te refieres a la comunicación de pensamientos o de ideas entre personas, sin mediar palabras, y a distancia, ¿no?

-Sí; dicho de otro modo, es la telepatía, la comunicación de ideas o pensamientos entre personas y fuera de los campos sensoriales habituales.

-¡Hija mía! -me salió del alma-. ¡Qué técnicamente me lo has dicho! Pues sí, yo en eso siempre he creído y además siempre he creído que funciona cuando intentas transmitir algo que no redunde en tu propio beneficio. Lo del beneficio siempre pensé que era como un muro insalvable. Si quería obtener beneficio de la transmisión de una idea, el muro aparecía y se interponía en el camino y si era algo que a quien beneficiaba era al receptor, ¡contra!, eso casi estaba seguro de que llegaba.

-Pero ¿a qué te refieres, Pablo?

-Pues a cuando creyendo en esa posibilidad de la comunicación telepática me concentraba en mi cuarto, cuando era un chaval, con quince o diecisiete años, cerraba los ojos y pensaba en alguna chica que había conocido e intentaba transmitirle lo bueno e idóneo de mi compañía. O cuando quería saber las preguntas de algún examen y me representaba al profesor de la asignatura correspondiente e intentaba saber de él las preguntas. Incluso en alguna ocasión mandé unas cartas para un concurso de televisión y trataba de transmitir el deseo de que eligieran la mía para salir agraciado con un premio. ¡Qué sé yo! En todos esos casos la cosa no funcionaba, pero cuando trataba de hacer llegar una advertencia o algún mensaje de cariño a algún amigo o familiar, era como si de verdad hubieran sido receptores de lo que transmitía.

-Desde luego que les llegaría; otra cosa es que fueran conscientes de dónde provenía el mensaje. Ese tipo de comunicación en otros mundos más avanzados es tan efectivo como lo pueda ser en éste un teléfono móvil. Al igual que hoy hablas desde cualquier lugar con cualquier lugar, llegará un momento en que se hará sin usar aparato alguno. En el aire hay un montón de energías y de vibraciones que difícilmente podemos llegar a captar o a interpretar, pero eso no significa que no existan; ¡claro que están ahí!, y hay personas más o menos capaces de llegar a entenderlas. Es como las personas con capacidades extrasensoriales; nos parece que son personas distintas o raras, y no es así; son seres que han desarrollado de una forma más aguda la sensibilidad, pero no frente a cosas extraordinarias sino sobre fenómenos físicos medibles y cuantificables. Lo que ocurre es que no somos capaces de imaginárnoslo; eso es como cuando Isaac Newton descubrió la ley de la gravedad: esa ley ya existía antes de que él la descubriera. Lo único que lo hacía único era que antes de que él lo hiciera patente, nadie habría imaginado su realidad, pero no por eso era menos tangible.

“Cuando pensamos, cuando ponemos en marcha nuestro cerebro y dependiendo de la intensidad de nuestros pensamientos, en función del sentimiento que en ellos pongamos, emitimos ondas cerebrales que pueden llegar a atravesar el océano, si hiciera falta. Llegan de dos formas a quienes van dirigidas: de forma consciente o semi consciente y de forma inconsciente, pero en cualquiera de los dos casos llegan a su destinatario y para ello no hacen falta -Paloma sonrió- ni sellos, ni correos, ni mensajero alguno. Y luego nos dedicamos a poner nombre a todos estos fenómenos que no son más que meras formas de comunicación: lo llamamos intuición, presentimiento, adivinación, etc. Todas esas palabras designan un mismo concepto: la transmisión de información por el cerebro mediante ondas electromagnéticas producidas por la energía que genera el propio cerebro. El cerebro no sólo piensa, también transmite lo que piensa.

“Hay muchas personas que dicen cosas como: “me lo estaba imaginando”, “no, si ya sabía yo que algo de esto iba a pasar”, “he tenido un presentimiento”, “intuición femenina”, o “muchas veces lo había pensado, sin saber por qué, pero lo había imaginado”. La mente tiene muchas formas de decirnos las cosas y nosotros estamos muy necesitados, en muchos momentos, de recibir información, de estar interconectados. Si fuéramos capaces de ejercitar nuestras posibilidades de comunicación interpersonal, no tendrían tanto sentido tantísimos medios de comunicacion; lo que ocurre es que nos sentimos más limitados de lo que somos y una buena parte de nuestro cerebro humano, físico y material, ni siquiera la utilizamos. Nuestro cerebro es como un armario de veinte metros cuadrados y que sólo usamos para guardar un par de vestidos y unos zapatos. ¡Por Dios! ¡Si sirve para mucho más! ¡Tenemos tanto de nosotros mismos a nuestra disposición y no somos capaces, ni siquiera, de reconocer que está ahí, de permitirnos la libertad de admitir que esas posibilidades existen! Y la gran mayoría de nosotros lo consideramos como meras supercherías. ¡Peor para nosotros, mucho peor!

“Ese tipo de comunicación energética también se produce por la vía del sueño. ¡El sueño sirve para tantas cosas! Lo mismo que tú antes decías que te concentrabas y que conseguías transmitir tus pensamientos o tus advertencias, exactamente igual puedes hacer con los sueños. Pero en el momento del sueño, además, se produce una situación más ventajosa y es que si la persona a la que transmites esa información también está en sintonía contigo, se puede producir un feedback o una correspondencia entre ambos. Esto es lo mismo que una emisora de radio: todas emiten y uno puede seleccionar a través de un receptor la que más le interese, o ninguna. Con los intercambios que mantenemos en sueños ocurre lo mismo: emitimos en una determinada banda y si nuestra emisión es seleccionada el receptor puede interpretar y recibir el mensaje. De todas formas esto es algo que hacemos todos los días, otra cosa es que nos salga mejor o peor en función del convencimiento que tengamos y de la intensidad de nuestro mensaje. Bueno, dejemos el tema, que yo creo que lo tienes sobradamente entendido, por lo que me has dicho antes.

“Como tú dices, vamos a lo nuestro. ¿Qué es lo que ocurre cuando uno se muere? Dime una cosa, Pablo. ¿Tú qué imaginas que puede ser?

-¡Yo que sé! Pues las cosas ésas que cuentan de que se pasa por un túnel y se ve una luz muy blanca al final… No lo tengo, como podrás comprender, nada claro.

-Bueno. Como sabes, yo ya me estoy muriendo. Estamos terminando nuestro trabajo y pasado mañana pasaré a mejor vida.

La interrumpí:

-¿Pasado mañana? ¿Ya? ¡Tan pronto! ¡Paloma, no me digas eso porque…!

-Pablo, por favor, que lo hemos hablado un montón de veces. Por favor, no te pongas melodramático. Eso sería lo último que yo desearía. ¿Vas a portarte como espero de ti o no?

-Vale, vale. Pero es que son sólo dos días, ¡y me parece tan pronto! Se me ha hecho todo demasiado rápido.

-El tiempo, Pablo, es relativo. No ha sido ni mucho ni poco, ha sido el que tenía que ser, ni más ni menos. Dejamos este tema, ¿de acuerdo?

-¡Qué remedio! ¡Qué voy a hacer! De acuerdo, continúa.

-Gracias, Pablo, muchas gracias. Cada vez que oigas mis palabras y las transcribas, cada vez, mejor entenderás las ganas que tengo de estar al lado de José, mi hermano. Bueno, a lo que iba. Voy a describirte con el mayor lujo de detalles del que sea capaz cómo será pasado mañana mi muerte. Te lo voy a describir desde el punto de vista espiritual y me voy a saltar, a propósito, un par de cosas que mañana te relataré; las dejaré para ese momento.

“Al morir experimentaré, lo primero de todo, cómo mi espíritu se deshace de mi cuerpo. Vosotros no veréis nada de nada pero mi espíritu seguirá vivo, tal cual como está ahora; en esos primeros segundos no sufrirá ninguna transformación por lo que será igual que el que ahora contiene mi cuerpo. La diferencia con el momento presente estará en que yo ya no podré interactuar con vosotros desde un plano físico. Mi espíritu sí podrá ver los vuestros y vuestros cuerpos, pero vosotros no sabréis nada de mí; es más, miraréis mi cuerpo creyendo que yo estoy en él. Yo estaré aún en esta habitación. En ese momento, habitualmente, se produce una paradoja muy grande, y es la del sufrimiento de los que os quedáis y la paz interior que yo empezaré a sentir. Y más paradójico aún será que lloraréis mi ausencia cuando yo precisamente me habré conseguido liberar, como todo espíritu viviente, del cuerpo físico. Por cierto, ¡que no vea que se te escapa ni una sola lágrima! Además, como hemos acordado que cuando pienses en mí podrás dialogar conmigo, como lo estamos haciendo ahora, sólo que sin verme físicamente, ya estaré yo al tanto de advertirte. Tienes que demostrar que crees en lo que luego vas a escribir y tienes que ser un soporte fiel para mis padres y para mi hermana. En eso estamos de acuerdo, ¿verdad?

-Conforme. Nunca prometo nada, sólo el intento.

-Bueno, pues una vez pasados los primeros segundos y al igual que nos pasó con las paredes del avión, las paredes de la habitación se empezarán a desmoronar y empezaré a llegar al punto de transición hacia mi propio cielo. Ese proceso de transición es bastante complejo y distinto del que nos ocurrió a nosotros en el avión. Es distinto porque nosotros fuimos todos agrupados y al hacer piña, nadie sintió miedo o temor ante la nueva situación. En el caso de una muerte individual lo que ocurre es que muchos de los espíritus que son afines y cercanos a nosotros, en muchos casos han sido familiares en éste o en otros mundos, se acercan a nosotros para darnos confianza y transmitirnos paz y amor en nuestra llegada al nuevo mundo. Al desaparecer de vuestro lado llegaré al otro mundo de la forma en la que mi imaginación mejor acepte esa transición. Me explico: es más que probable que para muchos espíritus esa transición se haga a través de un gran túnel, o atravesando un muro, o cruzando el fondo del mar o, como en mi caso, con el desmoronamiento del mundo físico en el que habitaba. ¿Me has entendido?

-Creo que sí. Sigue, sigue.

-Entonces tienes la sensación de que estás volando, como si fueras capaz de desplazarte por el mundo o por el universo con la facilidad de una nave espacial. La tienes y es cierta. Al morir toda la energía que hay concentrada en tu alma, en tu cerebro, en donde anida el espíritu, se desprende del cuerpo y empieza a navegar hasta su propio cielo, hasta el lugar que le corresponde. Esa transición se hace en base a energía. Somos como luz, como grandes haces de luz por los cuales viajamos por donde necesitemos sin necesidad de que exista ni espacio ni tiempo para nuestro desplazamiento. El concepto de tiempo se ha perdido en el momento en que hemos abandonado el cuerpo. Pero antes de llegar a nuestro cielo particular tenemos que ser, digamos, reciclados; tenemos que superar un proceso de adaptación en el que, como nos ocurrió con el avión, vamos siendo informados, paulatinamente, de quiénes somos, cuál ha sido el resultado de nuestro trabajo en el mundo en el que hemos estado, cuál era el objetivo que teníamos que cumplir… Y así, paso a paso, vamos reconstruyendo nuestra verdadera identidad, la que habíamos perdido hasta llegar aquí. Todo ese caudal lo vamos recuperando en fases comprensibles. Todo lo demás que ocurre ya lo sabes: empiezas a conocer a espíritus cercanos, sólo con pensar en ellos pasan por delante de ti, unos son más evolucionados que otros, con unos te sientes más identificada que con otros, y vas aprendiendo también de las experiencias de otros espíritus. Y vas descubriendo quién era quién en la vida que acabas de dejar atrás y también comprendes cuáles fueron sus objetivos de vida y si consiguieron o no cumplirlos. Es un proceso maravilloso y en el que sientes cómo vas formando parte del universo mismo, sientes la presencia de Dios a tu alrededor y ves su reflejo en algún ser superior que visita tu cielo. La paz, el amor, la alegría que transmiten esos seres u otros, como tu espíritu, el tuyo, Pablo. -No me había percatado que estaba hablando de mí y después de un par de segundos hice un gesto ostensible de que había entendido sus últimas palabras.- Esos espíritus recorren tu alma y al darte su bienvenida, el anuncio de su presencia, es encantador, llena el alma, la hincha como un globo, con aire eterno, y estarías todo el tiempo del universo, el infinito, a su lado, sin separarte de ellos. Y después de todo eso te vas identificando con tus obligaciones habituales, con tus protegidos, con el análisis de lo que has logrado en la vida física que acabas de finalizar y empiezas a planificar el próximo objetivo de vida, con otro u otros espíritus o por tu cuenta, teniendo siempre presente que en la otra vida no existen las individualidades como las conceptuamos en el plano físico. No; todo depende de todos, y todo representa a todos. Ese es un aspecto del que sólo te podrás quedar con esa idea tan simple, ya que profundizar en ella sería inútil, pues su significado rebasaría tu capacidad de poder llegar a comprenderlo.

-¿Has terminado?

-Sí, lo que respecta a eso, sí. ¿Por qué?

-No, porque antes de que entre por esa puerta quien nos separe, quería hacerte una pregunta.

-Venga, tú dirás…

-Yo soy una persona muy melancólica… Vamos, que me entra la morriña cada vez que recuerdo a tal o a cual persona y me vienen a la memoria los momentos felices que he compartido con ella, y eso que lo paso fatal. Pero a la vez es un sentimiento, no sé… tan integrador y lento que sin darte cuenta entras en la melancolía con un pie delante y el otro detrás. La cuestión que quería preguntarte es que si cuando mueres se te olvida toda la melancolía que has sentido a lo largo de la vida por las personas que has conocido. ¿Es así o no?

-En tu cielo no hay lugar para la melancolía, Pablo, y no hay lugar por algo evidente: estás con todo el mundo que has estado en todos los momentos de tu existencia, tanto si son seres que están en vidas físicas como si son espíritus que entran en el mundo sin tiempo y espacio como en el que yo voy a entrar pasado mañana. Por ejemplo, y te lo demostraré, contigo no podré sentir ningún tipo de morriña pues estaré contigo en todo momento y al tenerte en mí, a mi lado, no te echaré en falta en ningún momento. La melancolía nace cuando no estamos al lado de las personas con las que nos hemos sentido a gusto. ¿Estás de acuerdo en eso?

-Visto así, creo que tienes razón. Sí, y me alegro, ¡no veas cómo me alegro!

-Además en vida, Pablo, si fueras más creyente en ti mismo serías capaz de no sentir morriña por nada ni por nadie pues podrías dejar que tu mente se acercara a cualquier persona que desearas y podrías estar con ella. Haz la prueba y verás que no es nada complicado y además estás más que capacitado para hacerlo sin ninguna dificultad.

No pasó ni un segundo desde que terminó de hablar Paloma cuando nuestra enfermera asomó la cabeza por la puerta pidiendo mi retirada y con suavidad Paloma le pidió, por favor, un par de minutos más pues nos había cogido, todo eso según Paloma, en medio de una conversación importante. La enfermera aceptó la prórroga y nada más desaparecer por la puerta Paloma me dijo:

-Le he dicho esa mentirijilla a mi colega porque necesito terminar este día, a la altura de las circunstancias en que nos encontramos, diciéndote algo que uno de los primeros días te advertí que iba a contarte. Creo, sin miedo a equivocarme, que te resultará de utilidad saberlo y que, dicho sea de paso, con todo lo que sabes hasta ahora, te resultará fácil de entender… o quizá no sea tan fácil como yo pienso. Vamos a ver, Pablo, lo que quizás no comprendas es el motivo por el que te voy a contar lo que ahora pasaré a decirte, pero me queda el consuelo de que algún día lo entenderás. ¿Estás listo? Lo que te voy a decir es sobre tu hija.

Se me helaron, definitivamente, las venas. Si me hubieran pinchado en ese momento no sólo no habría sangrado, es que se habría roto la aguja, seguro. En menos de un segundo pensé en lo peor, en cosas terribles que le pudieran llegar a pasar a mi hija. En esos segundos tan dilatados, hasta que supe lo que realmente quería decirme, sentí que el hielo era un material cálido comparado con mi corazón. Paloma prosiguió:

-Creo que lo mejor es decírtelo directamente. Dime una cosa, Pablo. ¿Cuál es la persona de tu familia que faltando de tu lado, más extrañas?

-¿Alguien que se haya muerto ya?

-Justo.

-Pues eso es fácil de responder: mi abuelo, mi abuelo es la persona a la que más extraño, sin duda.

-Pues puedes dejar de hacerlo porque su espíritu lo tienes muy cerca de ti. Y por favor, no me lo pongas más difícil y dime tú quién crees que puede ser…

-¿Cristina?

-Por fin. Sí, es Cristina.

Me quedé lívido, no sabía si prefería que me hubiera dicho alguna desgracia de ella o saber lo que me dijo. A los pocos segundos me alegré, claro está, de que todo lo malo que yo esperaba se convirtiera, en definitiva, en algo tan bueno, pero ¡tan difícil de entender! ¿Cómo podría ser yo capaz de ver a mi abuelo en el cuerpo de mi hija? Claro que era su espíritu lo que debía valorar, no su cuerpo.

He de reconocer que aquella información me costó asimilarla, pero a la larga me ha sido muy útil pues ya no he vuelto a echar de menos a mi abuelo.

Nos despedimos, sorprendidos ambos, uno por lo que había oído y el otro por cómo lo había oído uno. Al llegar a mi casa me fue difícil mirar a mi hija como lo había hecho siempre, desde que nació. Me pareció, incluso, que ella sabía que yo sabía, y que aquella noche me miraba de una forma especial, o todo fue producto de mi imaginación y de la información que había recibido escasos minutos antes.

Cuando me acosté, y después de amar con amor y pasión a Esther, me introduje en mis sueños pensando en positivo, como siempre acabo haciendo y diciéndome a mí mismo: “hoy es un día en el que quiero a mi hija el doble de lo que la quería ayer; ¡nunca hubiera creído que el cariño supiera de matemáticas y se pudiera multiplicar por dos!”

Por cierto, en mis sueños debí de establecer contacto con un montón de seres queridos. Qué duda cabe de que algunos estaban con el “teléfono” desconectado y un par de ellos también me dieron comunicando.

¡Hasta en sueños tiene uno problemas con las telecomunicaciones!

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