¿¿Cielos!! – Capítulo 12 y último-

DOCE

 

Era la mañana de un martes que no olvidaré mientras viva. Pareciera que Paloma sabía perfectamente cómo elegir el día propicio para el cumplimiento de su objetivo.

Nada más despertarme Esther se acurrucó a mi lado, me acarició el pecho con la mano y me dijo:

-Pablo, ¿estás tenso? ¿Qué es lo que te preocupa?

-¡Tantas cosas! Parece que hoy a media mañana Paloma nos va a llamar para que vayamos al hospital, poco menos que a despedirnos de ella para siempre. Cuando sepas todo lo que hemos hablado durante estos días no te lo vas a creer y ahora -me dispuse a levantarme de la cama- no tengo tiempo de contártelo porque, también, resulta que hoy tenemos la reunión para lo de la agencia. Te lo comenté anoche, ¿no? Estaba tan cansado…

-Sí, sí que me lo dijiste. ¿A qué hora es la reunión?

-A las nueve, en el despacho del presidente.

-Y ¿qué es lo que crees que pasará?

Yo ya me había metido en la ducha, Esther estaba en el lavabo, y hablábamos mientras nos íbamos aseando.

-No tengo ni idea. Anoche, cuando me dio la noticia José Luis, hicimos un cálculo estimativo de hasta dónde podríamos llegar en una posible negociación. Parece ser que es posible que nos pidan en torno a los seiscientos o setecientos millones de pesetas pues ésa es la cifra que se ha manejado en la oferta que han hecho los pretendientes. José Luis y yo hemos acordado que ofreceremos trescientos millones por la agencia y que estamos dispuestos a llegar a los cuatrocientos cincuenta, pero ni un millón más.

-¿Y qué pasará con nosotros, Pablo?

-Pues que si las negociaciones avanzan, y dada nuestra posición preeminente en la agencia, tendríamos que dedicar todos nuestros ahorros a comprar acciones de la agencia. No va a poder ser una cooperativa, exactamente, pues hay muchos chavales jóvenes que tienen más ganas que dinero y no les podemos abandonar, no debemos dejarles ahí tirados.

-Pues entonces, vete sacándole brillo al coche porque nos va a durar hasta el día del juicio final.

-Pues nada, mujer, igual hasta nos lo tasan bien y todo ese día.

-¡Mira el señor, de qué buen humor se levanta…!

-Hija, Esther, a mal tiempo, buena cara, porque si pones mala, se pone peor…

Intentamos llegar con la máxima celeridad posible a la agencia para poder discutir un rato antes de la entrevista con el presidente, y sobre todo, por si se nos ocurría algo mejor que el planteamiento que llevábamos preparado.

No sé de dónde saqué tiempo, pero me acordé de llamar a Ana y avisarla de que no se moviera de la oficina. La mano de Paloma seguía rodeando nuestro destino. Al hablar con Ana, que pertenecía a la agencia que había pujado por nuestra compra, me dijo:

-Pablo, ahora vais a tener una entrevista con los actuales propietarios de la agencia, ¿no es así?

-Pues claro, seguro que tú lo sabes mejor que nadie…

-Oye, Pablo. ¿Te importaría que te colgara y me dieras opción a que te llamara por el directo de mi despacho? Quiero comentarte algo.

-Claro, mujer. Sin ningún problema. Anota mi teléfono directo: dos, tres, ocho, cero, cuatro, tres. ¿Lo tienes?

-Lo tengo. Ahora mismo te llamo.

Colgamos y a los diez segundos sonó mi teléfono. Era Ana.

-¡Chica qué rápida eres!

-Sí, soy bastante rápida en todo… Bueno, en casi todo.

Lo dijo en un tono muy sugerente, y es probable que lo que luego me contó Ana pudiera tener alguna base en lo bien que yo le caía. Me atropellé un poco:

-Este… Bueno, vale. ¿Qué…? ¿Qué era lo que me ibas a decir?

-Pues que sé cuáles son las intenciones de vuestros negociadores. Nosotros les hemos ofrecido seiscientos millones, pero he podido saber que la casa matriz de vuestra agencia en Estados Unidos estaría dispuesta a venderos a vosotros la agencia aunque sólo fuera por cuatrocientos, y quitarnos a nosotros la oportunidad de compraros. Los americanos, los vuestros, quieren desprenderse de la agencia como sea pero prefieren que seáis vosotros los que la compréis, que no su enemigo número uno, que somos nosotros… Miré mi reloj y vi que faltaba un minuto para las nueve de la mañana. Le tuve que decir:

-Ana, te tengo que dejar pues falta un minuto para la cita que tenemos. Si conseguimos esto en los cuatrocientos kilos, puedes tener por seguro que te invito a unas cañas, pero de las de pescar: te invito a pasar conmigo un día de pesca, que es una gozada.

-Hecho.

-Hasta luego. No te vayas de la oficina, ¿eh?

-Aquí estaré. Ya me contarás.

Salí de mi despacho y me encontré en el despacho del presidente con José Luis y Fran, sentados a la mesa con él y con dos de los representantes de la empresa en Estados Unidos. La reunión dio comienzo con unos prolegómenos del presidente lamentando que esa situación tuviera que producirse, pero que era una cuestión del destino que se había puesto en contra de los deseos de todos. Nos preguntó si éramos los representantes de la empresa, a lo que le contestamos de modo afirmativo y tras unas idas y venidas en lo que al contrincante, en lo que a la oferta se refiere, llegó el momento álgido, en el que nos dijo:

-Bueno, señores, nos han ofrecido por la agencia seiscientos millones y claro, antes de aceptar la oferta queremos saber si ustedes estarían en condiciones de igualarla o por el contrario…

Me acerqué al oído de Jose Luis y le susurré: “Déjame a mí, que sé lo que me hago. Luego te cuento”. Contesté:

-Pues nuestra oferta ni con mucho se acerca a lo que usted nos dice. Y la verdad, es una lástima porque aquí hay gente muy ilusionada en la compañía. Fíjese si habrá ilusión que muchos chavales andan diciendo por ahí: “Si nos quedamos con la agencia, a los cabrones de la competencia les vamos a dejar atrás en dos años. Como que me llamo fulanito que eso lo conseguimos…” La verdad es que la gente estaba muy ilusionada con esa posibilidad y esperábamos una posición de deferencia -me dirigí a los americanos- desde nuestra casa matriz en Estados Unidos. Pero parece que…

-Bueno, espere, espere un poco. Ustedes, ¿cuánto estarían dispuestos a ofrecer? Tendrán algo estudiado al respecto, ¿no?

-Mire, señor -seguí yo con las riendas de la conversación mientras mis dos compañeros callaban-, nosotros hemos hecho números, cábalas y cálculos matemáticos para poder llegar a ofrecerles una cifra admisible por todos. Y después de afilar mucho el lápiz nosotros no podríamos pasar de los trescientos cincuenta millones de pesetas.

El presidente se empezó a revolver en su asiento, y también sus dos compañeros. Entonces me dijo:

-Pero Pablo, ¿no comprende usted que eso es mucho menos de lo que nos ofrece nuestra sana competencia…?

-¿Y usted no entiende que eso es mucho, mucho más de lo que nos van a permitir nuestras familias en sacrificios, ahorros y resignaciones en los próximos años? ¿Es capaz de entenderlo? Seguro que sí.

-Mire, Pablo, aquí delante de estos señores puedo jugarme mi prestigio y mis dineros y, en deferencia a las palabras que antes ha pronunciado, puedo ofrecerle la agencia por quinientos millones. Pero nada más puedo llegar a rebajar.

-Pues mire, de esfuerzo a esfuerzo, usted igual pierde prestigio. Pero yo igual pierdo un par de cosas más importantes. Me la juego a ofrecerle trescientos setenta y cinco millones. Más… Más no puedo.

Mis oponentes volvían a revolverse en sus asientos, a mirar con caras serias hacia los papeles que tenían delante de sus ojos, a colocar los papeles uno, a juguetear nerviosamente con el bolígrafo otro, hasta que el presidente, sin que yo tuviera opción de mirar a la cara de mis compañeros y creo que fue mejor, pues así no pude dar paso a sus miradas de emoción positiva, me dijo:

-Mire, mire. Esto no sé cómo puede terminar… Como el rosario de la aurora… ¿Cómo me va a subir su oferta en veinticinco millones? Yo se la he rebajado a usted en cien, señor…

-Ya, pero para nosotros veinticinco es como para ustedes cien, de eso puede estar seguro. Venga hombre, haga un esfuerzo de aproximación…

-¡Pero si estamos perdiendo dinero! ¿Cómo me pide usted eso? -Yo me hice fuerte, le miré con seriedad a los ojos, y esperé de sus labios una nueva propuesta. Después de unos cuantos sulfuros, miradas de complicidad con sus compañeros y atusamientos de barba dijo-: Cuatrocientos cincuenta millones. Por menos no podemos. Esa es nuestra última oferta. Ustedes -dicho en tono de buscar debilidades- me dirán.

Me disparé a hablar como un jabato, antes de que cualquiera de mis compañeros metiera la pata y dije:

-Señor, creo que estamos en el límite de un acuerdo. Me voy a sincerar con usted al máximo. Mire: nuestro último precio, en el que todos mis compañeros y yo nos hipotecamos hasta que mi hija Cristina tenga descendencia, y acaba de nacer…

-No lo sabía, le felicito…

-Bueno, hace ya diez meses. -Se produjeron algunas sonrisas y asentimientos y me di cuenta de que tenía un jefe “puesto al día” en los acontecimientos importantes de sus trabajadores. Proseguí como un cohete.- Le digo que me sincero y que no me queda más pólvora que quemar y de veras que lo lamento. Nuestra última oferta, en la que ponemos hasta el empeño de los relojes que nos regalaron en la agencia el año pasado por cumplir objetivos -le puse mucha poesía al asunto y concluí- es de cuatrocientos millones. Es nuestra mejor y nuestra última oferta. Hemos subido dos veces y hemos llegado a la cima de nuestras posibilidades.

El presidente se levantó, llamó a un rincón a uno de sus compañeros de mesa, se volvió a atusar la barba y después de dar tres o cuatro mini paseos en la esquina de la habitación se dirigió hacia mí y me dijo:

-Pablo, ¿tendría inconveniente de ponerse de pie?

-Señor, si no me va a pegar… -bromeé-.

-¡No diga tonterías, hombre! -y también sonrió con la rapidez necesaria para que sus próximas palabras salieran de una boca seria y circunspecta.- Pablo, asumo yo toda la responsabilidad; acabo de decidir que acepto, que aceptamos su oferta. Estrécheme la mano y mi más sincera enhorabuena. Nunca hubiera imaginado que dentro de mi propia compañía tenía un negociador tan excelente como usted, señor.

Se dirigió a José Luis y a Fran, que no salían de su asombro, y les felicitó a ellos también. Todos nos saludamos y a continuación el presidente rubricó diciendo:

-Muy bien. Si les parece, mañana prepararán el contrato de cesión de derechos nuestros abogados y podrán firmar. La compra y el cobro lo ejecutaremos en los próximos seis meses…

“¡Hombre!” me dije a mí mismo, “¡hay que jugársela hasta el fondo!” Y le dije a él:

-Señor, denos al menos la posibilidad de pagarlo en doce incómodos plazos. Denos un año…

-Concedido. Me ha cogido usted generoso y… y reflexivo. Prefiero que paguen en doce meses a que malpaguen en seis.

Volvimos a darnos la mano todos y entonces el presidente y sus dos ayudantes salieron por la puerta del despacho y luego, rodeados del silencio de nosotros tres y del resto de nuestros compañeros, salieron por la puerta de la calle. Nada más oímos el ruido de la cerradura golpeando con el acero de la puerta, me lancé a los brazos de José Luis y gritando, le dije:

-¡¡¡Tío!!! ¡Lo hemos conseguido! ¡Qué genial!

Todo el mundo se vino hacia nuestro despacho y sin que yo mediara palabra, con todo el mundo arremolinado a la puerta del despacho, José Luis dijo:

-Chicos, Pablo ha conseguido lo imposible, nos ha ahorrado cincuenta millones, seis meses de intereses financieros y ha conseguido que nos podamos quedar con la agencia. Por lo tanto propongo algo: quiero que por votación elijamos ahora mismo. Propongo a Pablo como Director General de la agencia, de la que va a ser en dos años, la primera agencia de España.

Yo no sabía ni qué decir ni qué hacer, y sobre todo no podía descubrir mi fuente de información, aunque seguro que habría peleado con las mismas ganas con las que lo hice. Ganas, no me habría quedado ni una sola en mi alma.

Todo el mundo aprobó por aplastante mayoría y así, de golpe y porrazo, pasé a convertirme en el nuevo Director General de la agencia. No me lo podía creer pero ahí estaba Esther para corroborarlo. Fue un momento intenso y feliz y que como tantos otros que me ocurrieron en aquellos días pasará a mi memoria indeleble e imborrable.

Esther y yo salimos de la agencia unos minutos para tomar un café y celebrar entre nosotros el éxito conseguido, y también aproveché para contarle lo de Ana pues si no se lo contaba a alguien podía reventar. Yo me tomé un par de cafés, sentía necesidad de cafeína para pasar el trago de la tensión que había gastado en la mesa de las negociaciones. Esther, al salir del bar me felicitó con un precioso beso que me sirvió de aliciente más que cualquier otra cosa y me ayudó con lo que quedaba de día, que no era poco.

Al volver a la agencia eran casi las once y cuarto y al entrar por la puerta una voz decía:

-Sí, sí, están entrando por la puerta los dos en este momento.

Me alargaron el teléfono y al otro lado del hilo pude oír la voz de Paloma, que decía:

-Pablo, ya os podéis venir. Puedes, ¿verdad?

-¡Claro! ¡Cómo no, mujer! A Ana ya la había puesto en antecedentes. Ahora la llamo y…

-No, no hace falta, ya la he llamado yo para avisarla. Venid, que aquí os espero.

-Salimos para allá. No te vayas sin nosotros, ¿eh?

-Descuida, Pablo, que no lo haría por nada del mundo. Os espero.

Cualquiera que hubiera oído nuestra conversación habría pensado que Paloma se iba a ir a su casa, o de viaje, o al bar del hospital. Nadie se habría podido imaginar cuán lejos estaba su destino.

Salimos de la agencia con toda la rapidez de la que fuimos capaces y Esther, al verme tan acelerado, me preguntó:

-¿Es cierto que se va a morir?

-¿Que si es cierto? Más que la prisa que llevamos encima. Es más que probable que espere a que lleguemos para irse al otro mundo.

-¿Cómo dices?

-Como lo has oído. Es más, si por algún motivo nos retrasáramos en la llegada al hospital, por algún motivo justificado, ella seguramente también retrasaría la hora de su muerte.

-¿Pero qué me estás diciendo?

-Lo que estás oyendo. Es muy difícil explicarte en diez minutos lo que ha ido ocurriendo durante todos estos días, pero cuando leas, que serás la primera en tener ese placer, las palabras que Paloma me ha ido transmitiendo durante estos días, alucinarás, tal y como yo lo hice en un primer momento. Por cierto, ¿te dije que Paloma te tiene mucho aprecio? Sí lo hice, ¿verdad?

-Sí, sí me lo dijiste.

-Pues a mí también me ha tomado mucho cariño, por eso sólo nosotros hemos sido elegidos por ella para estar presentes en su lecho de…

-De muerte.

-Sí, yo no lo quería decir. ¿Sabes? Me gustaría poder enchufar mi cerebro al tuyo, como hacen con los ordenadores, y poder transmitirte todo lo que sé sobre ella y sobre la vida y la muerte y sobre tantas cosas… -Esther me echó una mirada de reojo, una de esas miradas extraviadas y fui capaz de, aún conduciendo, detectarla. Le dije-: Esther, mujer, ¡no me mires así! Dame tiempo a que pueda explicarte todo. Sólo quédate con la idea de que, casi, casi, vas a ver morir a un ángel.

-¿A un ángel?

-Sí, es lo más aproximado a ello que he conocido, y no estoy loco, Esther. Ya sé lo que vamos a hacer: le voy a decir que te dé un beso igual, exactamente igual al que me dio ella ayer a mí y entonces empezarás a creer o a replantearte en tu mente lo que ahora te parece poco más que increíble. Dejémoslo ahí, ¿de acuerdo?

-Claro. Ahí lo dejamos -todo ello dicho con no mucho convencimiento-.

Llegamos al hospital de la Paz. Al llegar al ascensor nos encontramos con Ana y lo primero que hice fue decirle:

-Ana. ¡Gracias, muchas gracias, en mi nombre, en el de Esther y en el de todos los compañeros! Dispensaremos una sana y audaz competencia a tu agencia, y la haremos desde nuestro lugar de propietarios.

-¿Lo habéis conseguido? ¿En cuánto?

-En los cuatrocientos que tú me dijiste.

-Me alegro por vosotros. Mucho, me alegro mucho.

-Gracias, Ana, y en la misma medida te lo agradecemos pues tu “soplo” ha sido determinante casi con toda seguridad para la buena viabilidad de la empresa. Por cierto, que me han nombrado entre todos el cabeza visible de la compañía y en buena parte también se debe a tus buenas informaciones. Eso, dentro de unos meses y según hasta donde me llegue el trabajo -lo dije sonriendo- me pensaré si te lo tengo que agradecer o me tienes que invitar a una cena, por el contrario, como compensación.

-¡Ah! Por lo que veo no se lo has dicho a Esther…

-¿Qué es lo que le tengo que decir?

-Que si lo conseguíais me invitabas a pasar un día de pesca con vosotros, en el campo.

Esther, con habilidad femenina, dijo:

-¡Eso está hecho, mujer! Tú marca el día y nos vamos de pesca. ¡Si nos encanta a todos! Cuando quieras…

Llegamos hasta la puerta de la habitación. Llamamos a la puerta y al adentrarnos en ella y mirar hacia la cama, vi a una Paloma herida. Se estaba dejando morir y no tenía más remedio que hacerlo, como a todos los humanos nos sucede. Es como un desgarramiento, así es la muerte, es el despellejamiento del alma.

Paloma, con sonrisa radiante, ésa nunca la perdió, exclamó:

-¡Qué lujo de visitantes! Pasad, pasad.

Me acerqué, le di un beso, hice lo mismo con la madre y con la hermana de Paloma, y le di un apretón de manos cálido y sincero al padre. ¡Qué pena me daba de ellos! Qué dolor tan tremendo debían de estar soportando como padres y hermana de dos seres queridos que en pocos meses volaban de sus vidas: Paloma y José. Después de saludar a todos, me acerqué a Paloma y antes de que Esther le hubiera dado un beso, le dije, por lo bajo:

-Paloma, le he hablado algo a Esther de ti y se debe de pensar que estoy medio majara. Hazme un favor, dale un beso como el que me diste a mí anoche. ¿Puedes?

-Claro… Ana, ven a darme un beso, mujer. -Ana se acercó y Paloma la besó. Luego le dijo a Esther-: Esther, ven, hace tanto que no te veo que deseo darte un beso muy especial, ven, ven a mi lado.

Esther se sentó en la esquina de la cama, tal y como se lo pidió Paloma, y ésta le tomó la cara entre sus manos y la besó tiernamente. Al levantarse de la cama, miré su rostro y vi la misma felicidad que yo había sentido el día anterior. Llevándomela hacia mí, hacia una esquina de la habitación, mientras Paloma hablaba con Ana, le dije:

-¿Qué me dices?

-Es impresionante, Pablo; jamás había sentido nada igual. Qué paz siento en mí por dentro, es como si se me hubiera desbordado el alma: todo lo bueno que de ella exista en mi corazón me ha salido a borbotones cuando ella me ha besado. Perdona que antes haya dudado de ti, pero es que es tan inexplicable…

-Ya te iré yo poniendo al día según vaya pasando a letras lo que han dejado sus palabras.

Me separé de Esther, que estaba viviendo la belleza de la verdadera paz, y me fui hasta Paloma, y le dije:

-Bueno, Paloma, ¿qué tal estás?

-Aquí me tienes, esperando vuestra llegada, y creo… creo que no merece la pena dilatar más lo que tiene que ocurrir. -Paloma me pidió que me apartara un poco de su lado pues quería reunirnos a todos en torno a ella-: Papá, mamá, Pilar, Esther, Ana y Pablo. ¿Podéis poneros todos donde yo os vea? Así, eso es, muy bien. Quiero deciros algo muy importante y para ello preciso de la serenidad de todos vosotros. El único que sabe lo que va a ocurrir dentro de unos minutos y que sabe el motivo de ello es Pablo. A él le he dejado encomendado un gran trabajo en el que todos le deberéis ayudar, como has hecho hoy, Ana, con lo de la agencia…

-¿Cómo lo sabes? ¿Te lo han contado por teléfono?

-No -dijo Pilar-. Aquí no hay teléfono. Lo mandamos quitar para que no les molestara a Pablo y a Paloma todas estas tardes.

Yo me asombré profundamente:

-Y entonces, ¿cómo me has llamado antes?

Antes de que Paloma dijera nada, Pilar interrumpió:

-¿Cómo te va a haber llamado, hombre? ¿No te digo que aquí no hay teléfono?

Paloma siguió hablando y dirigiéndose a mí, dijo:

-Pablo, ¿recuerdas el ejemplo del teléfono para comunicarnos? ¿Recuerdas lo que hablamos?

-Sí…

-Pues con ese “teléfono” os he llamado. Y cerremos ese tema. Os estaba diciendo que Pablo sabe todo lo que va a ocurrir y también sabe muchas cosas que yo le he contado en estos días que nos habéis visto aquí, trabajando. Quiero que le ayudéis en todo lo que él os pida, en el momento que sea. ¿De acuerdo? -Todos asintieron; su tono de voz y la impronta que le estaba dando a su palabras era de una gran profundidad.- Y lo segundo que quiero es que me prometáis que no vais a hacer ninguna escena, de ningún tipo, con lo que ahora voy a deciros. -Pilar miró hacia mi rostro impenetrable tratando de averiguar qué es lo que estaba pasando, pues parecía que yo era el único que sabía de qué iba aquello. Paloma prosiguió-: Si no me prometéis eso que os estoy pidiendo, sufriré mucho… mucho más de lo que yo quisiera…

-¿Pero qué es lo que tenemos que prometerte, hija? -preguntó su madre-.

-Que no vais a llorar cuando oigáis lo que tengo que deciros, y si no me lo prometéis lo voy a pasar muy mal.

Sus palabras coincidieron con un ataque de dolor y eso hizo que su madre, a duras penas, dijera:

-No sé qué será, o sí lo sé, hija, pero no nos queda más remedio que sobreponernos y prometértelo, yo y todos. Descuida, que lo que menos queremos es dañar tu corazón. Dinos lo que tengas que decirnos…

-Todos estáis de acuerdo con lo que mamá ha dicho, ¿verdad? Bien, lo que tengo que deciros es que en escasos minutos voy a morirme -podía oírse el ruido del silencio-. Lo que más quiero que entendáis de esta muerte mía tan repentina es que no voy a sufrir, ni me voy triste. Mi única tristeza es la que vosotros tengáis, no otra. Por eso quiero que estéis felices, que sepáis que hay otro mundo, que yo voy a mi cielo particular y que me voy a reunir con mi hermano, con José. El me está esperando. No os pongáis tan tristes. Por favor, mirad a Pablo, él también está asustado pero su cara es de esperanza, no de miedo; es un rostro de alegría, no de pena. Sabe de mi felicidad, y que estoy haciendo lo que yo deseo y lo que es mejor para todos. Ya os he dicho todo lo que tenéis que saber, el resto de detalles los tiene todos recogidos Pablo en unas cintas que hemos ido grabando en estos días y que él irá transcribiendo, seguro que con la ayuda de Esther, hasta que quede completado un posible libro en el que se contará en detalle lo que yo ahora sólo estoy anticipando. Necesito vuestra alegría, por favor, así, así está mejor. Eso es. Pablo dime una cosa: el beso de Esther ha sido definitivo ¿verdad?

-Claro. Se ha quedado como si estuviera en medio de un campo de amapolas, al calor de un sol de verano, en el mes de diciembre. Así se ha quedado.

-¡Qué bien lo has dicho! Te echaré mucho de menos Pablo, echaré de menos tu ingenio, tu voluntad y la dulzura con la que me has correspondido en estos días; de ti, Esther, echaré de menos no tener el privilegio de haber ocupado tu lugar al lado de Pablo. De ti, Ana, recordaré eternamente los juegos y las aventuras que juntas hemos corrido por esos mundos de Dios; Pilar, de ti echaré todo de menos y estaré siempre a tu lado, pues te lo mereces y lo necesitas y no abandones a tus enfermos nunca, nunca. Papá, mamá, quiero que cuidéis de Pilar y que no perdáis la alegría que siempre habéis tenido, que esto de que me muera no es triste, ni mucho menos. Es mi destino, es que necesito hacerlo, y en lo que canta un gallo estaremos juntos y veremos la vida con la sonrisa de su sentido, y la felicidad de tener otra por delante. Sé que esto que estoy diciendo no lo entendéis, pero escuchad, escuchad a Pablo que él os dirá, en palabras, lo que mi alma ha dicho. Pablo, dame la mano, Pablo. Lucha por ti y por mí. Adiós.

Y murió con su mano entre las mías. Nadie sabía unir palabra con palabra pues el vacío que nos dejó fue inmenso, grande en un solo segundo, o en dos o en tres. Al poco de relajar su mano en las mías cerré sus lindos ojos, sin vida.

De repente notamos que el televisor, el que estaba sujeto con una barra de hierro a la pared, uno de ésos en los que hay que echar monedas de veinte duros para que funcione, se encendió. Se iluminó, cobró sonido el gris de su imagen y apareció en la pantalla la imagen de Paloma, una Paloma igual que la que veíamos yacer en la cama, y como siempre, sonriendo y con una paz infinita, nos dijo:

-Pablo, ¿recuerdas que te dije que habría una demostración patente de lo que dentro de unos días les podrás contar? Aquí estoy, dentro de esta caja tonta para refrendarlo. -El padre de Paloma estaba apartado de la imagen de la televisión, era como si le diese miedo. Paloma, desde la tele, le dijo-: Papá, no te escondas, que no te veo -La imagen de Paloma se desplazó a una de las esquinas de la pantalla, como para intentar verle, y cuando por fin el padre se ubicó en la parte central de la habitación, Paloma prosiguió-: Bueno, familia, os tengo que dejar, me están esperando. Sólo quiero deciros que tengáis esperanza y confianza en vosotros mismos y en las grandes cosas que váis a hacer en la vida que os queda. Pilar, cariño, tú tienes que ser fuerte y valiente. ¿Lo serás?

Pilar, asustada, contestó entrecortadamente:

-Claro… claro que sí. Paloma, ahora no hay duda alguna de tus palabras. Ahora lo entiendo y me alegro de entenderlo…

-Quiero dejaros un pequeño recuerdo mío. ¿Veis las flores que hay en ese jarrón? Las veis, ¿verdad? Van a cobrar vida en cuanto yo desaparezca de aquí. Son cuatro; dos quiero que sean para Pablo y otras dos para ti, mamá. Las podréis conservar siempre. Muy bien, Pablo, recuerda nuestros pensamientos. Adiós a todos. Sed buenos.

La imagen de Paloma desapareció y a continuación los claveles del florero revivieron como por arte de magia y volvieron a estar como el primer día. Uno rojo y otro blanco los conservo en la mesa del despacho de mi habitación, desde donde estoy escribiendo estas líneas.

Después, tal y como ella me había recordado, pensé para mí : “Adiós, Paloma” y dentro de mí oí una voz que dijo: “Hasta luego, Pablo”. Al recordar que la única posibilidad pasaba por que fuera Paloma, pensé: “¿Eres tú, Paloma?” y me contestaron “¿A quién esperabas si no?” Terminé la que fue mi primera conversación con un “A ti, solamente a ti”.

Después del final del principio de la ausencia de Paloma vinieron los llantos, cómo no iban a venir. Excepto de Pilar, que quedó muy convencida de lo que le había dicho su hermana. Pilar animó a sus padres a continuar con alegría todos los trámites que les quedaban por delante en el hospital.

Nosotros, Esther, Ana y yo, como no pintábamos mucho allí, en aquel trance tan familiar, le dijimos a Pilar, en mis palabras:

-Oye, nos vamos a tomar un café, estaremos abajo en la cafetería, cuando quieras te unes con nosotros. También queremos que sepas que estaremos contigo y con tus padres hasta la hora de la noche en que todos decidamos marcharnos.

-No hace falta que…

-No nos vas a convencer de lo contrario. Queda dicho, te esperamos abajo.

Yo pasé antes por un teléfono para llamar a la agencia, para que supieran en donde estábamos y que en el móvil de Esther nos podían localizar si hubiera cualquier cosa de verdadera urgencia.

En la cafetería todos estábamos sobrecogidos. Nos tomamos el café en silencio, concentrados en lo nuestro. Esther y yo nos abrazamos y en esa posición estuvimos un buen rato. Necesitábamos reconfortarnos el uno al otro. En esa situación, en la que Ana nos miraba con admiración, le dije a Esther:

-¿Qué te pareció el beso de Paloma?

-Como el de un ángel. Tenías razón, era como si te besara un ángel, la sensación de placidez y de amor inmenso que me proporcionó me hizo sentir rubor hasta por dentro de mí misma. No puedo entenderlo. ¿Qué era Paloma? ¿Por qué se ha muerto, así, de repente?

Las dos me miraban sabiendo que en mis labios estaba la respuesta, eso al menos había quedado dicho en palabras de Paloma. Las mías ahí, en ese lugar, en esa situación, no podían ser muy fluidas pues era tanto lo que había que contar…

-Paloma era una mujer como tú y como Ana, y a la vez era y es un ser espiritual, un ser como el que está en la base de todos nosotros. La labor que yo ahora tengo que hacer es conseguir plasmar todo en papeles que convenzan de la verdad, de nuestra verdad, tal y como ella me convenció a mí.

-Ya -dijo Ana-, pero al menos, cuéntanos un poco qué somos, de dónde venimos, a dónde vamos y esas cosas…

-No es tan sencillo, pero una síntesis, así de andar por casa, es que en la vida venimos a mejorarnos como espíritus vivientes en otra dimensión, sin espacio y sin tiempo. Que venimos marcándonos nosotros mismos el objetivo de vida que queremos conseguir y que todos estamos relacionados con todos y que al final si has cumplido tu objetivo pues eres más grande, espiritualmente hablando, y tienes tras de ti más experiencias vitales que te permitirán conseguir otros logros en otras vidas, en éste o en otros mundos.

-¿Otros mundos? ¿Hablas de extraterrestres?

Entonces comprendí que debía interrumpir ahí toda posible explicación, pues al final lo que iba a conseguir era confundirlas, y ese sería el peor resultado. Me acordé de Paloma y pensé: “¿Verdad, Paloma?” “Estoy de acuerdo contigo”. Por eso les contesté:

-Mirad, permitidme que no os cuente más porque vamos a liar todo esto en un barullo de ideas. Quedaos con lo que os he dicho y con las preguntas que os guardéis y dadme tiempo a que pueda orquestar y montar todo el puzzle que me ha dejado, sin armar, Paloma. ¿Vale?

Mi tono fue serio para evitar cualquier tentación de “una pregunta más” y Esther me dijo:

-Bueno, Pablo, cómo te pones… No hace falta que te pongas así.

Continuamos charlando un rato más hasta que llegó Pilar a la cafetería. Se tomó una tila y al mirarnos a la cara se echó a llorar lastimeramente. Esther me pellizcó en el brazo y por lo bajo me dijo:

-¡Haz algo, hombre! Llévatela a dar un paseo, cuéntale algo, ¡yo qué sé!

Cogí a Pilar por los hombros y me la llevé conmigo hacia el hall del hospital y de ahí salimos a la calle. En el exterior las nubes encapotaban el cielo y hacían un poco más fresquito el mediodía. Con esas gotas de frescor sobre la cara y sobre las lágrimas hablé a Pilar de la siguiente forma:

-Pilar, debes sobreponerte. Y de todo lo que te podré contar, y que irás leyendo según vayan saliendo las palabras de tu hermana al papel, de todo, lo que sí quiero contarte ahora y es auténticamente cierto, es que todos tenemos un cielo: tú tienes el tuyo, yo el mío, y tu hermana el suyo. Ella ahora lo está usando y nosotros lo tenemos arrendado mientras pasamos este suspiro en la vida. Y ahora que Paloma está en el suyo, ¿sabes qué es lo peor que podemos hacer para dañar su alma, para hacerla sufrir y con ello perjudicarla?

Pilar me miraba como cuando un niño pequeño mira la cara de alguien bueno que le riñe, para que sea mejor. Sequé un poco sus lágrimas con mi pañuelo y entrecortadamente, me contestó:

-No, no tengo ni idea. No sé.

-Pues lo que más le hace sufrir es nuestro propio sufrimiento, nuestro pesar, nuestra pena; eso es lo que más daño le hace. Esto es como cuando de pequeños nos decían: “No hagas eso, o aquello, que Dios que está en el cielo te ve y te castigará”. Alguna vez te lo habrán dicho ¿a que sí? -Pilar asintió y yo seguí-: Pues es eso mismo; con tantos matices, que lo haría ser diferente. Pero ahora, y para que lo entiendas, piensa que sin castigar y sin dañarnos en nada, lo que sí consigues con tu llanto es que ella también llore. Mientras que de tu alegría y de tu voluntad de vida y de tu buen recuerdo, eterno eso sí, de ella, conseguirás verla sonreír y disfrutar con lo que ella misma ha decidido hacer en bien de todos, de lo que representamos como seres espirituales y que queremos un mundo o unos mundos mejores. Que tus lágrimas sean de alegría, no de tristeza, Pilar. Me vas siguiendo en todo lo que te digo, ¿verdad?

-Sí, sí, Pablo.

-¿Y estás de acuerdo conmigo?

-Humm.

-Pero esa conformidad tiene que ser duradera, no puedes estar ahora fuerte y confiada y luego, más tarde, abandonarte y permitir que las lágrimas rodeen tu alma. Entonces no nos habría servido de nada. -Pilar, como el mismo niño con la lección aprendida, emprendía el camino de vuelta hacia la entrada del hospital. La retuve unos segundos más.- Y, por último, piensa y piensa despacio que en muy poco tiempo se nos habrá ido la vida de las manos y podrás estar con ella en tu cielo y en el suyo, en todos los cielos de quienes quieres. Que esto no se acaba aquí, la vida dura un segundo en comparación con lo que somos nosotros mismos. Has querido el alma y el cuerpo de tu hermana; el cuerpo lo enterraremos mañana, pero el espíritu ha nacido hoy, cuando ella se iba, lo hemos visto en la televisión. ¿Vamos a llorar un cuerpo? ¿O vamos a celebrar su alma? ¿Qué es mejor?

-Celebrar el nacimiento de su alma, de su espíritu, eso está claro.

-Pues entonces cumplamos con nuestros deberes terrenales y disfrutemos sólo pensando que ella ahora está mucho mejor que nosotros. Eso es suficiente para tener y conservar el alivio de vida en nosotros, dar rienda suelta a nuestras ganas de vivir y hacerlo con la mayor de las intensidades de la que seamos capaces pues el fin del principio de nosotros mismos llegará en cualquier momento. Si ese fin corporal nos encuentra alegres y dichosos el paso de un estado a otro será mucho más provechoso. Esto, y termino, es como el cambio de estado del agua, que puede ser sólido, líquido y gaseoso. Nosotros somos cuerpos líquidos, mejor que tú nadie lo sabe. Si el agua que nos contiene como seres humanos la conservamos en perfectas condiciones y hacemos que esté viva, que se mueva, que circule con agilidad por todo nuestro cuerpo, cuando el agua se evapore, como cuando nuestro cuerpo muera, si el agua ha conservado su estado natural, sin impurezas, no dejará rastro, no tendrá que volver, mientras que si ha dejado impurezas, sales, cenizas o cualquier otro compuesto, su mancha habrá que limpiarla en algún momento. Si ahora te amargas y te enturbias con algo que no tiene porqué, tu agua se enturbiará y de ese problema se echará la culpa, única y exclusivamente, Paloma. No le hagas eso. ¿Vale?

-Vale, Pablo. Me has convencido. Sí señor; y eso que yo soy de difícil convencimiento…

-Lo que te he dicho muy poquita gente lo sabe aún. No desaproveches tu conocimiento. Así que con alegría. Vamos allá, que las chicas estarán preocupadas por nosotros.

-Ya pueden dejar de estarlo. Pablo -me tomó la mano y me miró a los ojos-, gracias, muchas gracias.

-Qué va, a mí no me las tienes que dar. Piensa en Paloma y dáselas a ella.

Con ese convencimiento de Pilar llegamos hasta la cafetería y estuvimos toda la tarde en el velatorio con ellos, con Pilar y con los padres de Paloma. Y en el caso de Pilar, afortunadamente, mis palabras tuvieron el éxito de mi empeño y no volvió a llorar en ningún momento y con mucha entereza pasó el día hasta que a eso de las doce o doce y media de la noche, decidimos irnos a dormir.

Al día siguiente el entierro de Paloma era a las cinco de la tarde. Todo discurrió con absoluta normalidad y para las seis de la tarde estábamos Esther y yo en la agencia, revisando papeles y poniendo al día unas cuantas cosas que se nos habían quedado atrasadas. Los padres de Esther estaban con Cristina en casa y “gracias a eso” nos dieron las once y media de la noche en la agencia.

Habían pasado las doce cuando entrábamos por la puerta de casa. Teníamos un mensaje en el contestador. Era de Pilar, que nos invitaba a comer en casa de sus padres el próximo domingo. Y que si era posible llevara alguna de las cintas de Paloma, al menos las que ya tuviera transcritas para poder oír todo lo que ella me había dicho. Pensé en Paloma y me dije: “No hay problema en ello ¿verdad?”. Y una voz que se iba a convertir en mi gran aliada para las grandes decisiones que tuve que ir tomando a lo largo de los próximos días y meses, me contestó: “No, no lo hay Pablo. Mejor así. Pero no las pierdas, ¿eh?”. Y dije en voz alta:

-No, descuida.

Esther me miró con cara de circunstancias, yo me hice el sueco, para no tener que dar explicaciones, y me prometí a mí mismo que ese tipo de conversaciones las mantendría siempre “en privado” para que no se dieran situaciones de ese tipo. Así lo he hecho desde entonces.

Desde el jueves hasta el domingo, y más con la ayuda de Esther, nos dio tiempo a pasar a limpio unas cuantas cintas de Paloma. Esther, claro, iba leyendo todo lo que fue transcurriendo en las dos primeras tardes con Paloma y poco a poco iba entendiendo parte del contenido del mensaje global que ella nos dejaba. También conseguimos ordenar unas cuantas ideas que yo mismo rompía con mis preguntas y que obligaban a Paloma a reconducir sus argumentos de uno a otro lado. Todo lo fuimos agrupando por grandes ideas y se nos ocurrió la posibilidad de darle cuerpo, como si fuera una novela en la que relatáramos todo lo que fue sucediendo desde el principio de toda esta historia. Esto lo decidimos el sábado, con más tranquilidad, y después de haber tenido un día libre por delante que nos permitía estar más relajados y pendientes de lo que queríamos preparar. Ah, y que conste, que lo de la idea de la novela fue de Esther y a ella debemos agradecérselo Paloma y yo.

Llegó el domingo y nos presentamos en casa de los padres de Paloma en Guadalajara, en la casa que había acogido el cuerpo y el alma de Paloma durante su vida. Pilar también había invitado a Ana a la comida.

Me gustó la buena disposición de ánimo que se podía ver en Pilar, que estaba ayudando un montón a la que tenían sus padres. Hubo un momento, muy emotivo, en el que pudimos oír todos la voz de Paloma sonando en el radio cassette. Los claveles, también uno rojo y otro blanco, presidían el salón encima de la alacena, al lado de la mesa y de vez en cuando Ana miraba, viendo en ellos el reflejo del instante en que cobraron vida para toda la eternidad. Esos claveles son mágicos, cuando uno se fija en ellos es como ver la imagen de Paloma, dándoles vida, a ellos y a ella misma. Bendita Paloma.

Y hasta aquí llega el relato de todo lo que pasó desde el regreso de aquel viaje a Cartagena de Indias.

Como dije antes, la idea de novelar todo lo sucedido sirvió para la creación del libro que tienen en sus manos y que es un fiel reflejo del compromiso que yo mismo adquirí con Paloma Henares, hasta el mismo lecho de su muerte.

Mi misión, la nuestra, la de todos los que vivimos aquellos días de tensión, de intensidad, es la de dar a conocer al mundo lo que éste nos esconde y creemos que son verdades inabordables; la de ofrecer muchas esperanzas para quienes ya han perdido todo, o casi todo; la de abrir puertas y encender grandes faros de luz en la oscuridad de tantas vidas que no ven fin a sus sufrimientos o que viéndolo se resisten a la tentación de remediarlos con las malas formas que les darían solución; la de ilustrar, y en los ejemplos nos hemos esforzado, el alma y el espíritu humanos en lo que es una prueba, una de tantas pruebas de fuego de nuestros espíritus incansables de evolución. Nuestra misión es también animar el seguimiento de nuestra propia conciencia en todos los momentos de nuestra vida, porque es la linterna que en plena oscuridad orienta certeramente nuestros pasos, hasta que amanecen los soles que clarifican todo. Nuestra misión es la de romper las barreras de la ignorancia, de la insolidaridad, de la falta de amor, del descreimiento de otras vidas, de otros seres como nosotros, necesitados de ser vida para poder ser más espíritu; la de transmitir la ilusión más grande por la vida, por hacer del medio ambiente un fin, más que un medio, de cuidado y consideración y por compartir con nuestros compañeros de vida las ganas de vivir; la de decir a voz en grito, en definitiva, que la vida no pasa factura, que nos la pasamos nosotros mismos, que a la vida hay que sonreírle, pues si no ella nos devolverá su cara más seria y dura y que nuestros cuerpos son eso, sólo cuerpos, y detrás de ellos o hay fuerza y espíritu que les sustente o la belleza de los cuerpos se convertirá en la fealdad de las almas.

Nos gustaría transmitir ilusión, felicidad, alegría por haber podido narrar los hechos que hasta aquí han sido descritos y como colofón a una obra iluminada por pensamientos positivos y gozosos sentimientos, quiero terminar transcribiendo el pensamiento último que estoy teniendo en este preciso instante en que me estoy acordando de Paloma:

-Hola, Paloma.

-Hola, Pablo; ya veo que has conseguido terminar en tiempo y forma lo que los dos comenzamos hace unos días o unos segundos, ¡qué más da!

-¿Qué te ha parecido la idea de novelarlo?

-Ya te lo he dicho más veces. ¡Es genial! Os lo agradezco mucho a los dos y, como siempre te digo, eso se extiende al trato y a la maravillosa atención que les dispensáis a mis padres y a Pilar.

-¡Cómo no, mujer! ¡Si son casi, casi tan ángeles como tú! Paloma, esta conversación la estoy incluyendo al final de toda la obra. Imagina que todo el mundo está oyendo tus palabras y que coloco un micrófono cerca de tus labios: ¿qué le dices al mundo?

-Que sabiendo vivir y morir es como mejor se puede ganar su propio cielo y…       ¡¡Cielos!!, que si merece la pena…

 

 

ANTONIO LAMADRID DELGADO

 

Santander, a quince de noviembre de 1.995

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