¡Lo he decidido!

Qué rotunda es esa frase, ¿verdad? La usamos para referirnos a un hecho sin demasiada importancia, o a la decisión más importante de nuestra vida. Podemos decirla tras unos minutos de reflexión o después de varios años de darle vueltas; pero lo relevante es que cuando la pronunciamos ya no hay vuelta atrás. Hemos tomado la decisión y el cambio que esto implica ya está asumido. El acto que ello implica ya se está produciendo nada más la hemos pronunciado.

Siempre hablando de aspectos importantes de nuestras vidas (salvo decisiones a vida o muerte), ante el posible cambio que implica una decisión mentalmente nos posicionamos en el filo de la navaja o en la encrucijada de caminos (con sus carteles bien explícitos de todas las direcciones posibles). En ocasiones esta situación nos hace quedar a merced de los vientos: nos podemos convertir en indecisos compulsivos y esperar a que sean otros los que decidan por nosotros. Cómo duele cuando tras el paso de los años te das cuenta de que te quedaste en la encrucijada y que sólo tu imaginación tuvo el arrojo o la valentía de ir tras lo querido. No nos podemos permitir que el tiempo llene de telarañas nuestras decisiones o que el arrepentimiento por las omisiones nos lleve a la melancolía de lo que pudo ser y no fue. No; eso es basura mental que acaba pudriendo lo mejor de nosotros mismos.

La capacidad de decidir también se entrena. Sobre todo cuando uno se acostumbra a tener que reaccionar frente a algún comportamiento de otra persona y esa situación no admite respuesta. Soy una persona acostumbrada a tomar decisiones, sobre todo porque pienso que la peor decisión que puede existir es la que no se toma. Y más aún cuando son otros los que, al final, acaban tomándolas por ti y tú te ves arrastrado para algo que no estabas preparado, o excluido de aquello que siempre habías deseado.

¿Cuál es la raíz de la indecisión? Pues el miedo a equivocarse con la decisión que lleguemos a tomar. Claro que toda decisión implica un riesgo, y que toda elección comprende un rechazo de la alternativa o alternativas que no elegimos. Ojo a un aspecto crucial: en este punto, no confundamos las huidas hacia delante con toma de decisiones; si optamos por suicidar la vida o los proyectos que nos pertenecen, eso no es una toma de decisión. Esos actos son para no afrontar lo que el futuro nos reclama con responsabilidad, cambiando u optando por lo que más fácil nos resulta en ese momento. Cuando llegan los momentos de tomar decisiones, por favor seamos valientes o dejemos ayudarnos por aquellos que nos puedan guiar en el camino correcto. La vida en cualquiera de sus manifestaciones es lo más valioso que tenemos, para nosotros mismos y para los que nos aprecian, valoran y quieren. El cariño, el amor, no tienen exigencias ni gustos. Simplemente quieren y ya está.

Los niveles de glucosa en sangre afectan al proceso de toma de decisiones. Así lo ha comprobado, entre otros, Robert D. Dvorak de la Universidad de Dakota (EEUU). Con bajos niveles tendemos a ser más impulsivos y a buscar la recompensa inmediata. También es ciencia lo que han descubierto investigadores de la Universidad de Duke (Psychological Science) que han concluido que las decisiones importantes son más efectivas si dejamos que sea nuestro pensamiento inconsciente el que elija. (“El corazón tiene razones que la razón desconoce”.) Si lo pensamos demasiado tenemos muchas posibilidades de cometer errores. He conocido a muchos emprendedores de éxito y siempre me han manifestado que las decisiones más importantes las tomaron con rapidez y determinación.

Hace unos minutos yo tomé la decisión de hablar sobre todo esto y aquí estoy, finalizando ya. ¿Para qué pensarlo más? Felices decisiones.

 

lamadriddiario@gmail.com

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2 respuestas a “¡Lo he decidido!

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