Nuestros fantasmas

Desde que nacemos a la vida son tantos los impactos emocionales que recibimos que forzosamente tiene que haber de todo. Nos dejamos impregnar por todo lo que nos rodea, lo que nos dicen, lo que sentimos y lo que experimentamos en cuerpo o en alma. Quienes nos han dado esa vida se convierten en los principales referentes del ser o no ser de nosotros mismos. La vida física necesita tan sólo dos instantes: uno para que se genere y otro para nacer a ella; mientras que la vida emocional, su esencia, se forja en los tres o cuatro primeros años de vida. Quienes nos dan vida se deben comprometer con la nuestra en todos los sentidos pues no sólo de pan viven el hombre y la mujer. Nos pueden amanecer a la vida física, pero también nos tienen que alentar a la de las emociones, sentimientos y a la de la curiosidad intelectual. No sólo debemos estar vivos, también debemos poder colear. Lamentablemente las circunstancias hacen que a muchas personas esos mismos progenitores les niegan o limitan su vida emocional. Ahí es donde suelen aparecer nuestros fantasmas con su recia cadena, muchas veces oxidada, y unida a una negra bola que tenemos que arrastrar y que nos sigue allá donde vamos en destino y en tiempo.

Hay todo un mundo imaginario que percibimos con el sentido del miedo, con la inseguridad que da la ausencia de refuerzos, con la falta de estímulos, de afectos o de dedicación. Cuando no disponemos de las herramientas necesarias para caminar solos por el túnel de la vida (buenas linternas emocionales, lámparas de inteligencia o candiles de buena autoestima), el miedo nos acecha y nos convertimos en presa fácil de todos los fantasmas que creemos ver en cada esquina de nuestra personalidad. Además, en ese deambular a tientas podemos llegar a palpar y después agarrar supuestos asideros de confianza que muchas veces son señuelos de la propia realidad. Y cuando ésta aparece en toda su densidad nos sentimos defraudados, más solos o desamparados. Somos ciegos emocionales que nos apoyamos en paredes de cartón o de carbón y con las manos tiznadas de negro seguimos viviendo en un mundo oscurecido por nosotros mismos. Por esto mismo necesitamos luz, amanecer a nuestro ser genuino, quitar todas las capas de cebolla que sólo sirven para llorar por dentro, y llegar a la esencia de nuestros sentimientos, de nuestra capacidad de amar y amarnos. En ese punto, con luz y taquígrafos, empezar a desmontar cadenas y bolas viendo cómo los fantasmas se van desmoronando, descomponiendo en sí mismos. A veces incluso, cansados de tanta vida sin sentido.

Cuando en el devenir de tu vida consigues diluir todas esas supuestas evidencias fantasmales te vas dando cuenta de que la realidad es mucho más hermosa de lo que incluso nunca habías podido imaginar. Cuando revives a tu vida auténtica es como si alguien limpiara el iris de tus ojos, que estaba empañado por los talares fantasmales. Y de repente ves sin la niebla de las emociones equivocadas, y entiendes tu propio ser y su hermosa y maravillosa dimensión. Para conseguir esta nueva visión de tu vida nunca es tarde, nunca; todo autodescubrimiento, mientras el cuerpo aguante, es bien recibido y más si entendemos que el tiempo perdido es poco en comparación con todo lo que aún nos queda por vivir libres de las cadenas del pasado. Además cuando contemplamos la auténtica realidad descubrimos el verdadero amor, el propio y el de los demás, y se convierte en el mejor faro con el que desenvolvernos por la vida. En definitiva, los fantasmas hay que dejarlos en los castillos y a estos en el aire, que vaguen por la eternidad del sinsentido mientras nosotros vivimos con la plenitud merecida.

 

lamadriddiario@gmail.com

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