Admiro la bondad

No encuentro nada más admirable en una persona que su grado de bondad. Considero que es la cualidad más valiosa que puede portar alguien en el curso de su vida. Me atrevo a definir la bondad como la actitud de una persona que siempre está dispuesta a ayudar a aquellos que merecen una segunda, quinta o decimosexta oportunidad. Desde luego la bondad no ayuda al mal; el mal es egoísta por definición o por patología, pero lo es.

Habrá quienes piensen que el buenismo es poco práctico en la vida actual. Pero yo no estoy hablando de buenismo; no hablo de una tendencia más o menos moderna o actual. Me estoy refiriendo a la actitud humana que implica generosidad, pensamiento positivo sobre los demás, ganas de ayudar a otros (con un espíritu de absoluto mecenazgo) y, todo ello, en un completo cocktail de inteligencia, sentido crítico y capacidad de análisis. La bondad se tiene o no se tiene. Es cierto que se puede aprender, pero la auténtica es la que nace y surge de dentro de la propia persona.

Tengo la inmensa suerte de conocer a algunas personas portadoras de este benéfico ingrediente y con el que son capaces de condimentar la vida de mucha gente a su alrededor. Creo firmemente en la falsedad del tópico “de bueno a tonto sólo hay un paso”. Más bien pienso que de malo a infeliz no hay paso alguno, ya se está dentro. Esas buenas personas que ahora desfilan por mi mente me parecen tan dignas de admiración que, realmente, debieran ser los iconos de nuestra sociedad. Nuevos ídolos a los que admirar y tratar de imitar, y no los personajes, faranduleros y personajillos que lo único que hacen es confundir a los que debieran emprender el buen camino y no el fácil, el del oropel.

Acabo de encontrar un excelente artículo del Dr. Richard Davidson, doctor en Neuropsicología e investigador en neurociencia afectiva. Él ha investigado en las Universidades de Harvard y de Wisconsin-Madison, y ha concluido que “la base de un cerebro sano es la bondad”. Davidson ha trabajado en el estudio científico de la empatía y de la compasión (la que sienten las buenas personas) y ha concluido que la compasión es un estadio superior que implica compromiso y herramientas para aliviar el sufrimiento de los demás. Davidson ha descubierto que los circuitos neurológicos de la empatía y de la compasión son diferentes y que la ternura forma parte del circuito de la compasión. Ha constatado, por ejemplo, que estimulando la ternura en niños y adolescentes mejoran sus resultados académicos, su bienestar emocional y su salud. ¿La letra con sangre entra? La revista Time le considera como una de las cien personas más influyentes del mundo. Yo creo que las buenas personas son las que nos deben inspirar a todos y ser las más influyentes en nuestro mundo particular. Como bien dice Bernadette Russel: “la bondad es la clave para vivir más y mejor; es una expresión de fortaleza y no de debilidad, pues requiere mucho coraje para responder al odio con amor y al miedo con esperanza”.

Qué tremendos han sido todos los mensajes que la sociedad, durante demasiado tiempo, ha permeado en el imaginario colectivo de que los malotes, los listos ventajosos y ventajistas, los que se beneficiaban de otros, eran los dignos de ser imitados y que los buenos, los compasivos, las personas implicadas con el otro, eran poco menos que tontos útiles para los malotes. Resulta que los tontos útiles son más felices y sanos que los malotes. Insisto: admiro la bondad.

 

lamadriddiario@gmail.com

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2 respuestas a “Admiro la bondad

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