Vivir y soñar

Decía John Lennon: “La vida es aquello que pasa mientras sueñas con hacer otras cosas”. Si bien todos los que vivimos tenemos la capacidad de soñar, a veces los que sólo sueñan no llegan a ser conscientes de lo que es vivir, de lo que supone vivir. Considero que hay dos tipos de sueños (aparte del fisiológico): las aspiraciones y las ensoñaciones.

Es necesario soñar, aspirar a otros estadios, trabajar para tratar de conseguir nuestros retos, emprender, conquistar a la persona amada. En todas estas situaciones tratamos de visualizarnos con el logro conseguido, imaginamos que somos capaces y muchas veces (no siempre) lo conseguimos.

Las ensoñaciones nos llevan a un mundo irreal, idílico, en donde somos los protagonistas de logros, éxitos y reconocimientos. Todo lo que nos cuesta física, económica o emocionalmente está al alcance de nuestra mano tan sólo con desearlo. A nivel temporal las ensoñaciones están muy cerca del sueño fisiológico, cuando nos disponemos a dormir y dejamos que nuestra imaginación se desborde no sin ciertos toques de verosimilitud; queremos que todos los mundos que creamos sean accesibles, posibles. La gran diferencia entre aspiraciones y ensoñaciones es que las primeras somos conscientes de que van a suponer un esfuerzo, nos va a costar conseguirlo y aún así queremos poner todo de nuestra parte para alcanzar lo que deseamos. La sana ambición nos invita a aspirar a conseguir más de lo que tenemos, a marcarnos unos objetivos superiores a nuestra actual situación aún sabiendo que habrá sinsabores en el camino y muros que saltar. Incluso somos conscientes de que quizá no lleguemos a conseguirlo. La esencia de los sueños aspiracionales es que quienes los tenemos somos conocedores de que son la única forma de progresar. Nos ayudan a marcarnos metas, ponernos objetivos o querer avanzar: imaginamos el premio que tendrá nuestro esfuerzo.

La vida es un gran teatro en el que cada uno tenemos que representar nuestra función. Nacemos con un cuerpo que nos puede condicionar, pero es el nuestro, es el hardware con el que nos han puesto en el escenario y, cosmética y cirugía aparte, formará parte de nuestra existencia hasta el final. Lo que realmente importa es el software, el programa que nosotros mismos vamos conformando con nuestro aprendizaje y la capacidad de reinvención en cada fase de la vida; ahí es donde se producen las grandes diferencias entre unas personas y otras. Hay a quienes una parte de su genética les favorece tanto, es tan excesiva, que puede empobrecer el resto de la personalidad hasta límites insospechados (actores, modelos, grandes deportistas). Dicho desde la más rancia normalidad física, pienso que es mejor tener un cuerpo normal con una mente bien amueblada que al revés. La mente cuando envejece puede llegar a hacerse sabia y ágil; el cuerpo cuando envejece siempre se acaba llenando de arrugas, disfunciones y se ralentiza año a año. Por no hablar de la belleza emocional que cuando se sabe expresar a los demás es incomparable su valor; es oro molido.

Debemos soñar, aspirar a algo mejor, poner todas nuestras capacidades intelectuales a su máximo rendimiento. Nuestro cerebro es como el motor de un coche: si está siempre en funcionamiento, bien engrasado, consiguiendo mejores marcas, se convierte en una herramienta elástica, flexible, potente y capaz de ganar en los mejores circuitos. Pero si le dejamos que se abandone, como cualquier músculo se embotará, tenderá hacia las zonas de confort y dejará de mover nuestra personalidad. Su potencia cada día irá disminuyendo perdiendo la frescura y juventud de los tiempos en los que estaba adecuadamente estimulado. En definitiva, cuando soñamos con construir un mundo mejor, para nosotros y para la sociedad, y ponemos empeño en ello, la vida será más estimulante y vivir un gran juego de superación y consecución.

 

lamadriddiario@gmail.com

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