… no seréis juzgados

Hace un tiempo, un experto en educación de niños con discapacidades físicas e intelectuales mediante el contacto con caballos me comentaba: “Cuando trabajo con niños autistas, éstos se relacionan muy bien con el caballo, seguramente porque perciben que no les atosiga”. Pero lo más genial que contaba era que los caballos también perciben que esos niños son “especiales” (en el sentido más positivo del término). “Tenemos caballos nerviosos, hasta agresivos, que con estos niños se comportan con la mayor de las docilidades”. Con mi habitual apasionamiento comenté en esa charla que quizá estos niños lo que perciben es que el animal no les juzga. Y concluimos que sí, que esa podría ser la esencia de su receptividad hacia los caballos, también con los perros o con los delfines. Es como si los animales fueran sordos y mudos en palabras pero no en emociones. Cuando hablamos con palabras, muchas veces sin darnos cuenta, tendemos a juzgar a los demás.

Creo que una de las esencias de toda buena relación personal es la de no juzgar (y no seréis juzgados) al otro. Debemos escuchar y recomendar si procede, pero sin juzgar. El gran pensador español José Ortega y Gasset popularizó la expresión “yo soy yo y mis circunstancias”. Efectivamente las circunstancias son las progenitoras de gran parte de nuestro modo de ser. Siendo esto así, ¿es posible que alguien tenga el valor de juzgar la vida de otros sin conocer las circunstancias que le han rodeado? (Es evidente que esto no exime de que actuemos contra personas que nos quieren perjudicar con independencia de cuáles hayan sido sus circunstancias; personalmente no soy tan bueno como para poner la otra mejilla.) Juzgar a otra persona lo único que consigue es que se pueda sentir agredida, minusvalorada o rechazada. Sólo debemos conocer su “historia personal” sin juzgarla, y si queremos ayudarla aportemos ideas y propuestas sin más, sin criminalizar el porqué de esa historia. La vida de cada uno es caleidoscópica, compleja, con muchas ramas y raíces. Si uno es capaz de entender esa madeja, que ayude a desenredarla; pero sin valorar lo bueno o lo menos bueno que el otro ha hecho con su propia vida.

¡Qué fácil es juzgar! Qué valientes somos cuando así lo hacemos, qué superiores se sienten algunos cuando se permiten la osadía de valorar (juzgar) lo que somos o hemos sido con la petulancia de quien se ha conducido mucho mejor que tú en la vida. Ese o esa petulante además es lo suficientemente ignorante como para no darse cuenta que en la vida hay miles y miles de caminos por los que uno se puede conducir y que no existe nadie que sea capaz de recorrer todos con idéntica fiabilidad o destreza. En el mosaico de nuestra personalidad las formas, los colores, los tamaños, las texturas que nos van configurando son infinitas; cada uno de nosotros es único y no existe nadie que pueda permitirse tirar el primero la piedra sin tener que darse unas cuantas pedradas a sí mismo.

Me gustaría aprovechar para referirme a las supuestas “discapacidades” de las personas que tienen menos recursos prácticos para la vida en nuestro modelo social, pero que son tan capaces o más que el resto en aspectos que tienen que ver con las emociones o con otro tipo de inteligencias que aún no estamos capacitados para distinguir o reconocer. Como en tantos otros aspectos de nuestra esencia como seres humanos estoy convencido de que muchas de las supuestas discapacidades que hoy así reconocemos en unos años puedan ser valoradas como sobrecapacidades cuando de ese modo seamos capaces de reconocerlas. La ternura, la alta sensibilidad, la sonrisa eterna, la inocencia algún día así serán reconocidas. No las juzguemos gratuita y precipitadamente.

 

lamadriddiario@gmail.com

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2 respuestas a “… no seréis juzgados

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