Romper el hechizo

Desde que nacemos y hasta los siete años de edad aproximadamente, se conforma todo el aprendizaje existencial. Padres, familiares y entorno más próximo van a constituir buena parte de nuestra propia existencia emocional. Estos impactos junto con los de la primera pubertad podrán abrirnos las puertas de nuestro propio paraíso o infierno personal. Casualmente en gran parte de los cuentos (Blancanieves, La Cenicienta, Pinocho e incluso el Patito Feo) se dan estas influencias mediando un hechizo o encantamiento que hace que los seres más hermosos, buenos y maravillosos se lleguen a ver privados de su propia esencia. Las envidias, abusos y frustraciones son los detonantes de las artimañas de brujas y seres malévolos y de los que sólo pueden librarse con la aparición de otro ser grandioso y bueno que, con un gesto de amor más inmenso que el de la maldad, les puede librar de la eterna maldición.

Cuento este cuento porque, lamentablemente, hay muchas personas, muchas más de las que pensamos, que sufren y han sufrido en sus carnes estas poderosas fuerzas del mal ajeno, condicionante de estilos de vida determinantes en el dolor emocional. Una persona a la que llevo un tiempo ayudando y que, tras décadas de sufrir por causa de un determinado suceso en su vida ya ha sido capaz de entender y superar todas las rémoras que ello le había provocado, me decía: “Esto es como si hubieras sido capaz de romper el hechizo al que he estado sometido”. Cuando esto me manifestó sentí que, efectivamente, los cuentos están mucho más cerca de la realidad de lo que en principio se pudiera suponer. En este caso además esta persona, tras muchos años, ha sido capaz de amar. Amor, un don inmenso que nos bendice y que ahora se ha podido permitir con todo el derecho del mundo.

Conozco en profundidad la vida de muchas personas hechizadas durante demasiado tiempo por padres, hermanos, tíos, vecinos y “amigos” de la familia que han provocado un mal embrujado en sus vidas. En muchos casos de manera perversa, abusando de la inocencia, siendo impunes con su poder físico o por ascendencia y privando de un futuro emocional digno, en muchos casos, para toda la vida o buena parte de ella. Son situaciones en las que alguien hizo actos o dijo expresiones, puntual o reiteradamente, que castraron cerebros emocionales aún sin terminar. La neurociencia asevera que el cerebro humano es el órgano que más tarda en madurar (no antes de los 30 años) y sujetos cobardes, miserables, asquerosos y abusadores han roto almas por sus propias miserias o para su satisfacción. En otros muchos casos simplemente por ignorancia. Cuando logro romper esos maleficios, los cuales conozco bien de primera mano, la satisfacción es tan inmensa como la que tienen los príncipes de los cuentos cuando logran salvar la vida de sus princesas hermosas y llenas de bondad. En mi caso en particular no hay nada más grande en la vida que poder desempeñar este papel “principesco” con humildad, con mucho amor y con toda la limitada inteligencia, estratégica y emocional, que la vida me ha ido permitiendo con el paso de los años. Conozco a alguien que fue despreciado por todos los que más tenían que haberle querido, que se convirtió en un ser asocial y que gracias al amor de otras personas tangenciales en su vida (entre las que me incluyo) estamos consiguiendo romper el hechizo recuperando la normalidad en todos los ámbitos de su vida.

Mensaje a los hechiceros: “Si su vida es una basura, no llene de basura la vida de los demás; es un acto impune, cobarde, vil y más animal que el peor de los animales”.

lamadriddiario@gmail.com

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