Más vale poco que nada

Hace tiempo una persona que tuvo que optar entre no acudir a un acto (no le era posible estar presente en su totalidad) o a una parte de él, me dijo una frase que me ha hecho pensar mucho en su repercusión en nuestra vida diaria y en las decisiones que tomamos: “Si hay que elegir más vale poco que nada”. Y allí estaba, disfrutando del poco que, al final, le supo a mucho, porque fue mejor que nada.

Muchas veces debemos tomar decisiones, optar sobre algo, elegir. Nos equivocamos agarrándonos a lo que en psicología se denominan las “creencias nucleares”. Las creencias nucleares son afirmaciones que tienen que ver sobre nosotros y que nos llevan a decisiones del tipo “todo o nada”. Se manifiestan ante estados de ánimo intensos y pueden ser positivas (cuando nos sentimos bien) o negativas. Lo habitual es que estas creencias nazcan desde nuestra más tierna infancia; aprendemos de nuestros progenitores que, para enseñarnos, nos hacen manifestaciones preñadas de lo que es correcto o lo que es incorrecto, sin caminos intermedios, que es como en la vida luego se suele presentar la realidad. La realidad está compuesta de millones de grises, no es sólo blanca o negra.

Es cierto que no se puede tener todo, ni saber de todo, ni caer bien a todo el mundo, ni compartir la vida con todas las personas que nos agradan y tampoco podemos hacer todo bien o todo mal, ser perfectos o imperfectos en valores absolutos; el bien y el mal extremos no existen. La vida es una gran paleta de colores infinitos, también con infinitas combinaciones.

El pensamiento más relevante que quiero transmitir es que la vida, en muchas circunstancias, no es una encrucijada que nos obligue a elegir un único camino. Es preferible recorrer diferentes rutas y enriquecernos con lo mejor de cada una de ellas y no perder la oportunidad de un único recorrido. Podemos hacerlo, somos capaces de ser poliédricos poniendo lo mejor de nosotros mismos en aquello que más nos satisfaga, sin tener que prescindir o privarnos de todo lo bueno que tiene la vida en cada alternativa que nos pone por delante. Esto no significa que seamos veletas y que el viento nos lleve a donde buenamente quiera; tan sólo afirmo que en ocasiones, cuando personas o circunstancias nos obligan a elegir, lo inteligente sería poder compartir. Quizá el mejor ejemplo de lo que pretendo decir son los hijos y la cantidad de amor que uno puede experimentar hacia ellos. Si nuestro amor fuera nuclear, al primero que naciera le dedicaríamos todo nuestro sentir y al resto les dejaríamos huérfanos de afectos. No, no es así; nuestro amor es capaz de desdoblarse para querer a todos nuestros hijos. Es cierto que en otros ámbitos de nuestra vida no existe esa identidad afectiva, pero ello no significa que debamos renunciar a todo lo bueno que podamos sentir o experimentar. Mientras no perjudiquemos a nadie, nuestro mundo afectivo e intelectual es ubicuo; las ideas y los sentimientos, con diferentes intensidades, pueden estar en planos muy diferentes. Seremos más ricos cuanto más capaces seamos de dejarnos impregnar por toda la riqueza que hay en nuestro derredor.

Quizá un buen ejemplo de lo que pretendo expresar sea el de las personas que se relacionan con nosotros y que son del tipo “o conmigo o contra mí”, o aquellas que sólo son capaces de impregnarse de un único cuerpo de conocimiento en sus vidas y que acaban como el sabio que sabía de todo menos nadar y acabó ahogándose sin que todos sus inmensos conocimientos le sirvieran para salvar su propia vida. De hecho, los mejores condimentos en la cocina de la vida son “pizcas” de un plato principal que somos nosotros mismos.

lamadriddiario@gmail.com

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