Madre no hay más que una

En la revista Science, recientemente, se ha publicado un estudio que revela que las atenciones, que en la primera infancia, una madre procure a su hijo pueden llegar a cambiar su ADN. Según este estudio esas atenciones implican diferencias en los genes de una zona del cerebro relacionada con las emociones y la memoria. El estudio se ha llevado a cabo en el Instituto Salk de California (EEUU). Rusty Gage, profesor del Laboratorio de Genética de Salk manifiesta “nos enseñan que nuestro ADN es algo estable e inmutable –lo que nos hace ser lo que somos- pero en realidad es mucho más dinámico”. Este es un estudio más que viene a respaldar algo que intuitivamente nace de un pensamiento emocionalmente lógico: el entorno de la niñez afecta al desarrollo del cerebro, de las emociones y de nuestra vida posterior, incluida nuestra merecida felicidad.

Muy pocas veces somos conscientes de la influencia que los progenitores, padres o tutores tenemos sobre la construcción del cerebro racional y sobre todo emocional de nuestros hijos. Por razones que no vienen al caso tengo la oportunidad de conocer la historia de vida de muchas personas y en un porcentaje altísimo sus miserias y sus grandezas están arraigadas en la educación emocional recibida en los primeros años de vida. Insisto, no somos conscientes de la repercusión de nuestros actos porque lo que para nosotros puede ser algo irrelevante o sin sentido, para nuestros hijos puede llegar a ser determinante. De hecho hasta los siete años de edad no somos capaces de distinguir una broma, o la ironía, todo lo que dicen o vemos que hacen nuestros progenitores es “santo y seña” para nosotros.

Hay carencias que, en esos primeros años de infancia, pueden condicionar la vida durante décadas en una persona y me estoy refiriendo a aspectos tan “triviales” como las manifestaciones de cariño (besos, abrazos, caricias), la ausencia de expresiones de reconocimiento, las palabras negativas, torpes o limitantes, los gestos airados, duros, insensibles con la realidad del niño o la falta de conversación “a su nivel” y la ausencia de respuestas a todas las preguntas que se agolpan en la mente de un niño. Dicho todo esto lo que más nos limita en nuestra merecida vida satisfactoria es la carencia de estímulos vinculados con el afecto, con el cariño; somos seres vivos, necesitamos tocarnos (un bebé sin contacto físico puede perfectamente morir en poco más de un año, a pesar de tener todos los cuidados nutricionales necesarios). Más adelante los niños nos convertimos en seres adultos con trabajos, propiedades y la relevancia social que hayamos podido alcanzar, pero con carencias afectivas que nos convierten en seres dependientes de las sanas emociones que nuestra más tierna infancia no tuvimos o no en la medida de nuestras necesidades. Toda carencia de afecto en la infancia se reconvierte en bloqueos afectivos en la madurez, aunque no seamos conscientes de ellos.

El cariño, el afecto materno es vida que alimenta las emociones del niño (como esa imagen del ave que protege a su bisoño con las alas). La madre no sólo cuida y protege también debe acoger, tocar, sentir, transmitir con la piel, con el calor humano que todos necesitamos de manera incontestable, forma parte de nuestra biología, de nuestra naturaleza como seres vivos. Claro que los padres también tenemos nuestras funciones y que cada vez demuestran ser más determinantes, pero el calor y el color que imprime, a los primeros compases de vida, una madre es inigualable. ¡Viva la madre que nos parió!

Tan sólo le sugiero que piense lo siguiente: ¿Es consciente de haber recibido todo el cariño y el afecto, el contacto físico necesario en su más tierna infancia? ¿Le resulta violento el contacto físico con los demás (besos o abrazos fundamentalmente)?

lamadriddiario@gmail.com

 

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