La sana ambición

Seguramente lo que voy a escribir sea un contenido políticamente incorrecto. Me alegraré de que así sea pues estoy harto de las continencias expresivas para no dañar supuestos oídos castos que se llegan a convertir en “caspos”. De un tiempo a esta parte parece que todos tenemos que ser iguales, normalizados, estandarizados, cribados por el mismo cedazo. No puedo estar más en contra de todo ello. Por eso quisiera hablar sobre la sana ambición de ser mejores y más capaces en lo profesional y también en lo económico, en la riqueza que cada cual sea capaz de conseguir. En este sentido no dejan de ser esquizofrénicos los panfletos que algunos políticos lanzan a sus clientes sobre la solidaridad económica y fiscal que ellos mismos regulan o que aspiran a regular (nunca a regalar). Siempre se supo que quien parte y bien reparte se queda con la mejor parte. Más aún cuando esos mismos mensajeros de la paz universal son precisamente los que más poder, estatus y escalafón quieren detentar en sus propias organizaciones de poder. En el fondo es un fascismo disfrazado de buenismo; buenismo en el que muchos “picamos” (y ellos lo saben) por lo excelso y “parabueno” que tienen sus planteamientos, más aún cuando el maná se nutre de los pechos de los ricos. Ricos que han sido favorecidos, “evidentemente” o por la suerte, o por el robo a los pobres o por la corrupción. La idea de que alguien que se haya empoderado económicamente lo sea por sus propios medios, por su esfuerzo o por sus capacidades, queda lejos del romanticismo casposo que pretende estigmatizar todo lo que no sea mediocre o que destaque por sus propios méritos. Ahí lo que se pretende es usar el Estado para aplastar cualquier enriquecimiento o cuando menos criticarlo para que sea obsceno ante los ojos de los que quisieran ser como ellos.

Una vez me he despachado a gusto, diré que sin ser rico, ni aspirar a ello (tan “sólo” quiero ser feliz sin necesitar esa riqueza), aplaudo a las personas que tienen la sana ambición de prosperar, de enriquecerse con sus ideas, trabajos, afanes y logros. Sí que aspiro a la ambición por mejorar profesionalmente, por ser cada día más capaz en todo lo que hago. Superar mis logros consiguiendo ayudar a superar los de mis clientes, esa es mi máxima ambición.

Aplaudo a la persona que ambiciona un mundo mejor para los demás y también para ella misma; aplaudo las iniciativas que tratan de conseguir una ventaja competitiva para la persona o la empresa que las desarrolla y aplaudo a todo el que quiere destacar en aquello en que se siente mejor que los demás y que obtenga un buen rédito por sus méritos. Lo que detesto es la normalización en la mediocridad, que todos tengamos que ser igualmente mediocres para no ofender a los que son peores que nosotros. Esto me parece que va, incluso, en contra de la propia mejora de la especie, es anti darwiniano.

Pero lo más llamativo de la sana ambición es que a los que más convierte en económicamente poderosos son los que menos querían conseguir riqueza material. Tan sólo deseaban poner en marcha un proyecto, su proyecto, y que este se convirtiera en realidad. Esas personas son los grandes triunfadores de la satisfacción por conseguir un sueño y hacerlo realidad. La vida, el destino, lo que fuere, les premia con unos réditos en cifras bancarias muy merecidas y las más de las veces (ahí está la fundación de Bill Gates) revierten a la sociedad. Voluntariamente, no impositivamente: aquello que consideran que deben generosamente devolver. Pero sin perder ni un gramo del éxito que han conseguido cosechar con sus capacidades.

lamadriddiario@gmail.com

 

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