Échame a mí la culpa

La culpa es una de las expresiones que más abundan en el mundo de los reproches, la insatisfacción, la ansiedad y la incapacidad de avanzar, de superar las dificultades superándonos a nosotros mismos.

El título del artículo proviene de la canción que años atrás popularizara Albert Hammond. Decía: “Échame a mí la culpa de lo que pase, cúbrete tú la espalda con mi dolor…” ¿Por qué tenemos que echar la culpa a los demás? ¿Qué ganamos culpando a otros de lo sucedido? La culpa es agresiva, tiene punta y pincha. La culpa traslada al otro nuestra propia miseria. La culpa se centra en las personas, mientras que las realidades suelen provenir de las circunstancias más que de las personas. Propongo siempre cambiar el concepto de culpa por el de responsabilidad, en los casos más flagrantes, y por las circunstancias en el resto. Además, cuando culpamos a algo o a alguien estamos dando por hecho que la situación ya es irremisible, cuando en el peor de los casos puede quedar el aprendizaje de lo sucedido para prevenir posibles situaciones futuras.

Muchas personas, al culpar, buscan un chivo expiatorio al que los demás puedan asignar la responsabilidad de lo sucedido. Está a la orden del día en la política y en las maniobras orquestales en la oscuridad de muchos profesionales en el ámbito de las organizaciones públicas y privadas. Porque tener un culpable redime nuestra responsabilidad, por grande que sea, y se la atribuimos a otros, quedando nosotros impunes de toda causalidad.

El acto culpable se refleja muy bien en el manejo de cuando alguien, generalmente un responsable mayor que nosotros, pregunta por lo sucedido. Lo habitual es que esa pregunta se formule como: ¿Quién ha hecho esto, quién lo ha permitido, quién lo ha dejado así? Expresión muy distinta si lo que preguntamos es: ¿Por qué ha pasado esto, por qué se ha permitido o por qué se ha dejado así? En el primer caso lo que obtendremos es evasivas, ausencias de responsabilidad, salidas de tono o incluso respuestas torticeras para implicar, con mucha sutileza, a otra persona como responsable. En el segundo seguramente la persona que haya actuado se manifieste y además lo haga transmitiendo su inocencia o pesar y además con la viva intención de que no volverá a ocurrir. En una organización un jefe imperativo se desenvolverá a las mil maravillas en el primer escenario y un líder lo hará en el segundo.

Cuando culpabilizamos a alguien ya estamos criminalizando, desde el minuto cero, su comportamiento. Si además la culpa se sirve en público, el aludido tendrá poca o ninguna oportunidad de defender su posición y lo único que se conseguirá es tener a una persona más enfrentada al culpabilizador nato.

La culpa y la pena son dos primas hermanas. La expresión “qué pena” cuando aludimos a una situación de una persona o de un hecho, lo único que anuncia es el sentimiento de que esa situación ya es irremisible. Además quien la pronuncia, muchas veces, lo hace desde el púlpito de su superioridad moral o situacional con respecto al penado. Sentir pena por alguien significa eliminar toda posibilidad de mejora o cambio, ya no hay remisión posible para el afectado. Ambas “amigas” frecuentan mucho “el qué dirán”: es decir, se suelen emplear en acusaciones o linchamientos populares hacia aquellas personas, que las más de las veces, no tienen la posibilidad de una defensa inmediata. Ese “qué dirán” (lo siento, provinciano y pueblerino) hace que muchas personas coarten sus vidas, oculten sus “miserias”, se sientan impedidos ante cualquier cambio que pueda socavar su imagen social aunque con ello estén jugándose su felicidad. ¡Qué pena! (con perdón).

lamadriddiario@gmail.com

 

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