Manipuladores

Una de las acepciones del Diccionario de la Academia Española sobre lo que es un manipulador lo expresa así: “Aquel que interviene con medios hábiles, y a veces arteros,… con distorsión de la verdad y al servicio de intereses particulares”.

Yo soy un estratega nato; me encanta la estrategia, como al buen ajedrecista. Diseñar acciones, pensar en los movimientos futuros dentro del campo de juego, prevenir los movimientos de los actores en ese mismo terreno. Pero, al igual que en la magia o en el humor, el blanco y el negro definen el color intencional de quien actúa. Me apasiona la estrategia blanca y sobre todo cuando beneficia a las personas, empresas o proyectos que defiendo. Con la misma intensidad desprecio a y abomino de los que utilizan la estrategia para manipular, generalmente a seres inocentes y carentes de maldad. Desprecio profundamente a los manipuladores de toda índole, calaña, extracto y condición. Desprecio a esas personas cobardes, sibilinas y supuestamente débiles que atacan a sus víctimas utilizando intermediarios a los que posicionan en contra de su objetivo. No hay peor manipulador que el que actúa con medias verdades, o incluso poniendo en entredicho la calidad humana del objetivo de su dardo envenenado, para hacer daño generalmente a alguien más fuerte que él y al que no se atreve a enfrentarse de modo directo. Desprecio la cobardía en todas sus formas y manifestaciones. Me parecen repulsivas las personas que no tienen lo que hay que tener para enfrentarse con aquellos que, por sus propias debilidades –las del manipulador-, les han perjudicado. No han sabido defenderse, y para ello utilizan a otros para crear estados de opinión que cuestionen a su pretendida víctima, a la que cobardemente no se atreven a enfrentarse, porque saben que siempre perderán.

El manipulador utiliza la fuerza de los demás en su propio beneficio. En el fondo de su turbia alma es consciente de que carece de las habilidades, competencias o recursos para hacer frente al que, simplemente, se ha cruzado en su camino y le ha superado en cualquier ámbito de la vida (político, personal, empresarial, profesional o sentimental). También distorsiona la realidad en su propio beneficio con pequeños cambios, maquillando actuaciones, tergiversando expresiones, o sacando de contexto frases que, fuera de ese entorno, perjudican a su “oponente”.

El proceso mental del manipulador es muy sencillo. De natural es débil (pero no lo aparenta), en muchos casos la envidia está presente en su vida (basada en su inseguridad e incapacidad de la que, como los intermitentes de un coche, ahora es consciente y ahora no). Puede tener un entorno de comodidad en el que nadie le afecta o le perjudica, pero de repente aparece alguien en el escenario de su vida, alguien que el manipulador identifica como contrario a sus intereses. En un primer momento trata de enfrentarse a él de modo directo. Y al salir vencido o derrotado, decide que su estrategia debe ir por otros derroteros. Es en ese instante cuando decide utilizar a otros para conseguir el objetivo de destruir o descalificar al que ha convertido en su oponente.

Pero de todas las manipulaciones la más cruel es la que utiliza niños o personas bienintencionadas para poner en entredicho el prestigio personal, la honorabilidad o incluso el valor profesional del que impide su progresión torticera. El manipulador suele ser mediocre, envidioso, cobarde, gris y egoísta hasta límites insospechados. El ruedo en el que más orejas suele cortar es en el que sus instrumentos de manipulación (otras personas) suelen ser casi tan mediocres como él mismo; lo suficiente como para desear el éxito del manipulador frente al de los que son más capaces que ellos mismos. Quien mejor manipula sabe reconocer las miserias de sus manipulados para utilizarlas en perjuicio del que quieren destruir. ¡Menudas joyas!

lamadriddiario@gmail.com

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