Con el sudor de tu frente

El mensaje bíblico hace referencia al pan que tenemos que ganar con nuestro esfuerzo. Pero no es de pan o de recursos a lo que deseo referirme en este momento, sino a los beneficios de otro tipo de sudores. Según la OMS (Organización Mundial para la Salud), es necesario para el bienestar un mínimo de 150 minutos semanales de actividad física de intensidad moderada, o de 75 minutos de ejercicio vigoroso. El 60% de la población mundial no realiza la actividad física necesaria. Eso, según la propia Organización, puede derivar en graves problemas de salud como la obesidad, el sobrepeso, el desarrollo de enfermedades cardiovasculares y la diabetes; menudo abanico de “maravillas” nos depara tener pegadas nuestras posaderas a la silla o al sillón.

Estas recomendaciones de la OMS se quedan cortas si las comparamos con las que se concluyen del estudio realizado por investigadores de la Universidad de Columbia (EEUU) y publicado en la revista “American Journal of Epidemiology”. Según este estudio el tiempo necesario de actividad para contrarrestar todo un día sentados es de 30 minutos cada día o de tres horas y media a la semana. Este estudio se llevó a cabo con 8.000 personas y constató que si se dedica esta actividad recomendada los riesgos de padecer problemas de salud se reducen un 17%. Y si la actividad es moderada o vigorosa la reducción puede llegar hasta un 35%.

Lo cierto es que en nuestro actual modelo de vida en poco más de 70 años hemos cambiado la extenuante actividad física del trabajo del campo o de las fábricas, más exigentes en trabajo muscular, por la silla de la oficina, el sillón del coche o el sofá de casa. Hemos pasado de una actividad que desgastaba las vidas por su exceso a una que las pierde por el defecto, por la carencia de una mínima actividad que justifique los músculos que la evolución de nuestra especie nos ha otorgado. Hoy nos movemos en coche hasta para comprar el pan, utilizamos los mandos a distancia para activar la televisión o la puerta del garaje, eliminamos el esfuerzo de subir pequeñas cuestas urbanas con rampas y escaleras mecánicas. Nuestros cuerpos están diseñados para activarlos, y cuando los ejercitamos estamos entrenando a nuestro músculo más importante, el corazón, para un cierto nivel de actividad que nos permita asumir situaciones puntuales de tensión o estrés sin que colapse por su falta de elasticidad.

Quien esto escribe hasta hace poco tiempo era el mejor exponente de la inactividad personificada. Afortunadamente las circunstancias me han permitido activar mi cuerpo tomando una rutina de paseante, caminando por la ciudad, con la regularidad que el tiempo de ocio me permite, y cada vez más disfrutando de las sensaciones que ello produce en el cuerpo: mayor resistencia, capacidad de esfuerzo, progresiva menor sensación de dificultad, ligereza en el caminar, etc. También se puede dedicar tiempo a la actividad física en un gimnasio (con toda la aparatología de la que hoy en día disponemos), donde cada día más preparadores personales dedican sus conocimientos para programar actividades que sean acordes con el cuerpo y la capacidad aeróbica de cada persona. Tenemos muchas oportunidades para cuidar el “hardware” de lo que somos y que vaya en beneficio del “software”, que es nuestra capacidad de pensar con frescura y efectividad. En cierto sentido la agilidad del cuerpo favorece la agilidad de nuestros procesos mentales. En el peor de los casos, si no podemos vivir más porque no esté en los planes del destino, lo que vivamos tendrá una calidad superior. Además de nuestras posaderas o los dedos en los teclados, es conveniente que nuestra frente transpire la energía que nos sobra; que la frente expulse lo que en exceso entra por nuestras bocas.

lamadriddiario@gmail.com

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