No juzgues y…

No serás juzgado. Sí, así es la expresión que siempre nos han enseñado y así debiera de ser con los juicios y opiniones que lanzamos al viento cuando así lo consideramos oportuno sin conocer, las más de las veces, de la misa, la mitad.

¿Qué nos anima a juzgar a otros? Muy fácil: el sentimiento de superioridad moral sobre aquél al que estamos juzgando. En esa circunstancia nos sentimos tan sobrados de razón, poder o control sobre el otro que nos atrevemos a mirar por encima del hombro sojuzgando determinados comportamientos. Ante un hecho o una situación, sin disponer de información suficiente y veraz, con meras trazas de realidad que han llegado a nuestros oídos o simplemente porque alguien nos lo ha contado, damos verosimilitud a lo que queremos criticar y juzgar. Y cuanto más obsceno, mordaz o supuestamente amoral sea el hecho juzgado con más intensidad penetra por nuestros oídos, generando un amplio eco en el cerebro gracias a su vacuidad o engrosando la basura que por aquellos lares pulula.

Verá usted, lo primero que debiera pasar por nuestra mente cuando sabemos, vemos o escuchamos algo, de una sóla de las partes, al respecto de alguien es: “no dispongo de información suficiente como para valorar el comportamiento de esta o estas personas”. Si esa reflexión no surge de nuestras neuronas y conocemos bien a esa persona o personas, tenemos otra alternativa: “Conociendo, como le/la conozco, estoy seguro de que hay poderosas razones que le han movido a actuar de este modo; seguro que sabe porqué ha actuado como me dicen que ha sido”. Y en caso de duda, aún queda otra reflexión mejor todavía: “No tengo ni quiero tener juicio al respecto; en la primera ocasión que tenga trataré de enterarme por boca de esta persona acerca de lo que le ha sucedido; quiero interesarme por él, por ella”. Tan difícil es pensar de alguna de estas tres maneras como para que, muchas veces, nos agarremos a los tópicos de “si ha hecho esto seguro que ha sido por esta o por aquella razón”. ¿Es posible que no seamos capaces de pensar que si cada persona es un mundo, las circunstancias que se pueden dar en cada mundo hacen que las opciones posibles sean casi infinitas? Es lamentable cómo nos gusta agarrarnos a nuestros prejuicios, a las experiencias pasadas, para juzgar comportamientos futuros y con nuestras ideas preconcebidas emitir dictamen o sentencia que, generalmente, suele ser condenatoria. Lamentablemente hay muchos más jueces en la calle y en las casas que en los juzgados y si, por algunos fuera, tendríamos que tener cien veces más de cárceles en las que purgar todo lo malo que hacemos.

En el fondo lo más perverso de quienes se atreven a juzgar con ligereza (siempre es con ligereza) es que no se dan cuenta que por cada uno que juzgan pueden tener tres o cuatro que a ellos les estén juzgando en ese preciso momento. Por supuesto cuando el hecho a juzgar tiene que ver con poder, dinero o sexo (relaciones) nuestra capacidad de predicción es impresionante: hay cerebros que procesan algoritmos complejos, encriptando la inteligencia y dejando que todas las neuronas se carguen de perversión para concluir: ¡Es culpable!

Como decía al comienzo, siendo la superioridad la causa del que juzga y culpabiliza, el mejor antídoto contra el juicio es la humildad que sirve para pensar: “si yo hubiera pasado por sus mismas circunstancias, seguramente hubiera hecho lo mismo”.

Lo cierto es que en estos casos el verdadero culpable es quien juzga, quien emite la sentencia, quien la provoca, sustenta o alienta o quien simplemente impide el “in dubio pro reo”; es decir quien no facilita que, ante la duda, pensemos a favor del acusado.

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