La era de la emoción

A mediados de los sesenta, en el colegio, comencé aprendiendo que la letra con sangre entra y que el hombre es un animal racional y, como consecuencia de todo ello, que el aprendizaje se basaba en ejercitar la memoria para anclar conocimientos, que son los que más adelante me iban a servir en la vida. Dios mío, qué falacia tan grande. En esos años todo lo que “oliera” a emociones, sentimientos, afectos o sentido espiritual era erróneo e incluso peligroso. Sólo existía la razón y la religión (carente de razón, pero indiscutible).

Todo el siglo XX ha sido un siglo de razón, que no de razones, preñado de tubos de ensayo, de ciencia experimental física y contrastable y en donde el cerebro sólo era una maraña de neuronas físicamente conectadas para producir pensamientos, nada más. Pero a finales de ese siglo en EEUU, gran símbolo del progreso científico convertido en manufactura, comienzan a aparecer pequeños destellos de lo que va a ser este emocionante (nunca mejor dicho) siglo XXI. Conceptos como los de inteligencia emocional, meditación, sentido espiritual, mindfulness o inteligencias múltiples, comienzan a desarrollarse rompiendo los moldes de una rancia racionalidad. Y todo ello a pesar de que trescientos años antes Blaise Pascal escribiera su célebre frase “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Qué tremendo: cuántos años nos ha costado entender lo que este hombre pretendía decir. Decía además, existen “dos extremos: excluir la razón y no admitir más que la razón”. Cuánta razón tenía.

Es cierto que en EEUU personajes como Daniel Goleman o Richard J. Davidson, conectados con el Dalai Lama y con todas las investigaciones desarrolladas, bajo el paraguas de la ciencia, con herramientas como la resonancia magnética funcional y los escáneres cerebrales, están cambiando el mundo racional por una nueva era, la era de la emoción. No deja de ser triste que haya tenido que ser la ciencia la que demostrara que la meditación es saludable, necesaria en muchos casos y conveniente en todos. Ese siglo pasado de la industria pesada de la razón ha propiciado enormes cantidades de personas frustradas por la ausencia de perfección, por la ansiedad del estrés, por las emociones trastocadas en desesperadas depresiones y por todas las fugas o líneas de escape vinculadas con las drogas y el alcohol, para adormecer todas las emociones dañadas.

Las grandes corporaciones que a nivel mundial tiran del carro del crecimiento empresarial recomiendan a sus empleados la meditación, el autocontrol emocional, la introspección y el conocimiento de uno mismo como cauces para que se produzca ese fluir que nos enseñó Mihaly Csikszentmihalyi. El mindfulness o atención plena, también cobra cada vez más fuerza para todas las personas con alta dedicación en sus trabajos, para poder ser conscientes de sí mismos, de sus sentimientos y emociones. Todo ello nos permite ser conscientes de la plenitud del ser y entender que se debe vivir es el presente, disfrutando y actuando con plena capacidad en el momento y sin la carga de restricción o negatividad del pasado o el ansia de futuro.

Pero la era de la emoción no llega por igual a todos los lares. Aún queda mucho camino por recorrer, aún persisten muchas personas –cargadas de razón- que, como Santo Tomás, sólo creen lo que ven y para progresar hace falta sangre, sudor y lágrimas. Son personas que siguen convencidas de que todo lo que pase por el tamiz de las emociones, los afectos y los sentimientos, son terrenos pantanosos, desconocidos y por tanto peligrosos. Personas que desconfían de todo lo que no posea lógica cartesiana, afrontando circunstancias en las que ellos mismos, aún dándose por perdidos, no aceptan otra realidad que no sea la de siempre. Como dijera Paul Éluardhay otros mundos, pero están en este. Hay otras vidas, pero están en ti” ¿Las descubrimos?

lamadriddiario@gmail.com

 

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