Tirar la toalla

Esta es una expresión que suelo utilizar para referirme a aquella persona que ha decidido que ya no puede o no quiere seguir “luchando” por un proyecto, por un anhelo, un modo de vida, el amor, la vida o los seres queridos.

Una persona que tira la toalla es aquella que tuvo la ilusión por algo, un logro personal o profesional y ante las dificultades por conseguirlo, ante los “fracasos” que no fueron contemplados como intentos, se vino abajo y abandonó el barco antes de saber si este podía o no llegar a buen puerto. Creo que hay dos expresiones que reflejan lo poco que estoy de acuerdo con esa vida “tirada”; una es “hasta el rabo todo es toro” y la aplico en positivo, es decir que desde los cuernos hasta el rabo hay un trecho que recorrer y la otra es que “mientras hay vida, hay esperanza”. Sí, eso es lo que tiramos realmente, la esperanza de poder conseguir lo que legítimamente esperamos o merecemos. En estos casos también viene bien otra frase “el que la sigue la consigue” y es cierto, la persistencia muchas veces llega al objetivo.

Lo más triste de tirar la toalla es cuando se refiere a nuestra propia existencia como seres diseñados para vivir en pareja, en familia, en sociedad y, sobre todo, cuando se rechaza la opción de intentar conseguir activar una segunda o una tercera oportunidad. ¿Por qué no? ¿Por qué refugiarnos en el lamento, el alcohol y cualquier otro sucedáneo del placer del logro, antes que tratar de conseguir de nuevo lo que sabemos que más nos conviene? Es muy difícil que todo funcione bien siempre, no es imposible, pero la vida me ha demostrado que la infalibilidad no es infalible y que el riesgo de que un proyecto personal no cuaje es veraz y por eso ¿debemos resistirnos a no tratar de intentar una nueva oportunidad? Lo que somos, nuestra capacidad de vivir, de sentir, de amar, de querer ¿debemos arrinconarla en el desván y esperar a que las telarañas la deformen y la conviertan en irreconocible? Me niego a no pelear por vivir conforme a lo que somos y le animo a que haga lo mismo.

La dificultad más grande que se presenta en esta rendición es que la mayor parte de las veces no somos conscientes de que estamos rindiéndonos; no sabemos interpretar los signos que nosotros mismos generamos y, lamentablemente, son mucho mejores los demás, los que nos quieren, los que aprecian que estamos desaprovechando nuestras segundas oportunidades. Segundas porque las primeras, que fueron realidad, dejaron de serlo y no nos damos cuenta hasta que nos lo dicen o nos damos de bruces con la puñetera realidad. Los cuarenta ojos de nuestro entorno ven más que nuestro limitado par, lo que sucede es que nuestro par es el que, para bien o para mal, toma las decisiones. Y no hacer nada es la peor decisión que podemos tomar, la indecisión, el dejar pasar el tiempo, el total ya para qué, a mis años qué voy a tratar de conseguir… ¡¡Puff!! no podemos convertirnos en muertos vivientes, en seres que han decidido vegetar en el más puro y vegano sentido de la palabra. Somos sacos de emociones, necesitamos afectos, quereres, sentirnos vivos y eso sólo se consigue cuando vivimos la vida que nos apetece vivir, respetando los derechos de los demás, con quien nos apetece vivir y somos correspondidos.

En el ámbito profesional los basureros están llenos de proyectos que alguien decidió que ya no merecía la pena continuar y en muchos casos la pena fue no haber continuado. Hay quienes esperan a ver pasar el cadáver de su enemigo, pero hay muchos que lo que ven es pasar triunfante al que intentó lo que tú intentaste y no se dio por vencido, no tiró la toalla.

lamadriddiario@gmail.com

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