Alexitimia

Hoy quisiera hablar de una enfermedad, así se viene contemplando desde que el psiquiatra Peter E. Sifneos lo definiera por primera vez allá en 1972, que se denomina Alexitimia. Se la puede definir como un trastorno de tipo neurológico que, en los que la padecen, genera una incapacidad para controlar y reconocer sus propias emociones y les lleva a evidenciar dificultades en su expresión verbal. Quienes lo padecen, además, presentan dificultades en la capacidad para sentir la fantasía, diferenciar las sensaciones del cuerpo con respecto a los sentimientos y una excesiva preocupación por los hechos externos o los detalles. Curiosamente, y este es un aspecto que es bastante destacable, se estima que esta enfermedad afecta al 8% de los hombres mientras que sólo incide en el 1,8% de las mujeres y está presente en el 30% de las personas que tienen algún tipo de alteración psicológica.

Ya nadie duda de la influencia en nuestra personalidad de los primeros años de vida; con respecto a la Alexitimia la neurociencia ha comprobado que, además de una causa biológica, también existe otra derivada en esos años en los que el niño no recibe toda la información necesaria sobre las emociones que empieza a sentir. Como consecuencia de ello se da la incapacidad de explicar con palabras aquello que le sucede y este comportamiento prospera hasta la edad adulta. Hay otras causas debidas a impactos emocionales de gran dureza que pueden experimentar los pequeños en esas primeras etapas de sus vidas.

Hace unas semanas escribía sobre la falta de “lógica” o “razón” sobre lo que no es emocional o no responde a los esquemas de las emociones que surgen en nuestro cerebro y hoy quiero poner el acento en la incapacidad para sentirlas y la distorsión que ello puede provocar en nuestra vida normal. Una persona a la que admiro, quiero y le tengo un profundo respeto me dice “hasta que tú no me hablaste de las emociones, no tenía ni idea de qué eran ni cómo afectaban a mi vida”. Me atrevo a decir que las emociones son como los faros de un automóvil en una noche oscura, es lo único que nos puede permitir reconocer el camino que recorremos, además de enriquecer nuestra vida afectiva, permite conseguir algo que es esencial en nuestra vida: El autoconocimiento. Decía Baltasar Gracián: “Quien comienza ignorándose, mal podrá conocer las demás cosas. Pero ¿de qué sirve conocerlo todo si a sí mismo no se conoce?” Uno de los mayores tesoros que tenemos a nuestro alcance es la introspección y las emociones, vinculadas con el nacimiento de nuestros sentimientos, nos transmiten todo un mundo de color en sensaciones como el amor, la alegría, la tristeza, el asco, la vergüenza o el miedo. Todas ellas se nos presentan como consecuencia de lo que nuestro cerebro es capaz de procesar en base a los pensamientos que nos surgen, bien por procesos de pensamiento interno o por la influencia de factores externos.

Pero quizá lo más importante de ese proceso no es tanto experimentar las sensaciones que nos propician las emociones, sino ser conscientes de que se están produciendo y más aún, de si somos capaces de evocarlas, de manifestárnoslas a nosotros mismos o a la persona o personas que sean merecedoras de ese conocimiento. Somos lo que sentimos, somos, como digo muchas veces, “sacos cargados de emociones” y esa carga, salvo defecto o enfermedad, es una fortaleza, una cualidad que nos permite reconocer lo que somos, lo que sentimos y con qué intensidad sentimos aquello que de verdad nos importa o que es útil en un momento determinado. Desde luego que la ceguera emocional es una puerta cerrada a todo lo que nos enriquece como seres sociales que somos; las emociones son los mejores sensores que tenemos para la vida, para una mejor calidad de vida.

lamadriddiario@gmail.com

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