Dictadura democrática

Durante muchos años, posteriores a la muerte del Franco recientemente “trasplantado”, estuvimos recordando los cuarenta años de dictadura (también llamada dictablanda por algunos). Fueron 36 años de un poder omnímodo, impuesto y vitalicio que tuvo fin con el arranque de nuestra actual democracia. Ese tiempo del poder impuesto, de la falta de libertades y del acatamiento de las normas fue execrable y rechazable desde cualquier punto de vista que tenga en cuenta el respeto de la libertad de cada cual, entre otras cosas, para poder manifestar la libre opinión, como la que yo ahora ejerzo.

Es cierto que nadie quiere más francos (ya no valen ni en moneda) pero, francamente, lo que tampoco queremos es tener que soportar ningún tipo de dictadura por blanda que parezca. Me estoy refiriendo a la dictadura, supuestamente, democrática de los independentismos de todo tipo. Particularmente no me satisfacen las situaciones impuestas para nadie, pero este criterio puede ser una trampa cuando se aplica a territorios que se quieren independizar, rompiendo un pacto de Estado que nos obliga a todos en una realidad nacional que está por encima de la nacionalista. En el fondo, como en todo pretendido nacionalismo en Europa, lo que se pretende es que una región rica se pueda escindir del conjunto que, en tiempos pasados, la hizo rica y que ahora, por absoluta falta de solidaridad, quiere independizarse del resto y convertir en porciones el queso de todos. Es una escisión que no tiene límites, siempre habrá alguien que querrá escindirse de los demás.

Es significativo que este plantel se lleve a cabo utilizando todo tipo de argucias basadas en la manipulación de la realidad, el ocultamiento de los verdaderos motivos que están detrás de todo y cubriendo con flores terrenos abonados de magnitud económica gracias a la corrupción política. Esta manipulación en Cataluña, por ejemplo, se ha hecho a base de pequeños cambios (lingüísticos, culturales, televisivos, informativos y educativos) promovidos por sus dirigentes, sobre todo en manos de una familia que durante muchos, demasiados años y que ahora otros se encargan de pretender rematar, ya que no queda más que cambiar, trocar o apropiar del resto del país. Pero lo peor de todo es que este mismo artículo que ahora estoy escribiendo, con muy pocos pelos y señales, no sería políticamente correcto en la Cataluña oficial y oficialista y el poder fáctico que lo echaría abajo sería el de los propios ciudadanos, convencidos y manipulados por sus políticos de que el resto de España les robamos, les controlamos y les impedimos ser lo que desean ser.

Tengo excelentes amigos y contactos profesionales en Cataluña y escribo estas palabras, en buena parte, por ellos, porque la Cataluña que más quiero es la que siempre ha sido cabeza de león para el resto de España, la que nos ha fabricado y vendido muchos de los buenos productos que elabora y que es la misma que lo perdería todo con esa independencia que tan sólo favorecería a algunos de sus políticos. Esos personajes lo único que desean es tener un poder explícito sobre su propia región, no responder ante ningún tribunal (no ya en lo político sino en lo económicamente engañado y defraudado a sus propios conciudadanos) y para ello se sirven de una “calle” que en los últimos tiempos, con violencia y totalitarismo pretende imponer un criterio que el resto del país no está dispuesto a aceptar. Yo sigo queriendo una Cataluña que lidere mi país, que sea próspera, que se beneficie de todo lo bueno que son capaces de hacer y que con una parte de sus beneficios ayuden a otras regiones que por cultura, clima o infraestructuras no les es permitido. Una Cataluña potente en la cultura, en la universidad, en el comercio y en la inteligencia de mercado, que sea un auténtico ganar-ganar para todos los españoles, salvo la dictadura política e imperialista de esos pocos que quieren hacer negocio impune gracias a los demás.

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