Hoy toca… Navidad

Sí, hoy arrancamos estas Fiestas entrañables, familiares y religiosas (cada vez menos; incluso puede que algún día ni siquiera se sepa qué celebramos en Navidad). Hoy nos puede tocar la lotería, si bien es mejor que nos toque todos los días del año en forma de pequeñas gratificaciones que nos den aliento, alegría y bolas de felicidad para seguir el camino que nos hemos trazado. Pero hoy los bombos de la suerte disparan el “chupinazo” de la Navidad y comienza un tiempo singular y especial. Lo es tanto para los que amamos la Navidad, y todo lo que ello conlleva de afecto, emociones, personas, reuniones familiares, amigos y buenos recuerdos de los que nos precedieron y el tiempo que nos regalaron. Y también son unas fechas significadas para los que rechazan la Navidad porque la ven preñada de consumismo, regalos materiales excesivos, carencias afectivas y recuerdos no muy buenos.

En Navidad se engrandece todo. Es un tiempo en el que percibimos una “realidad aumentada” por lo que fuimos, por lo que parece obligado que debe ser un tiempo de alegría y dispendio, y no todos los corazones están para esos gastos. En especial es una época en la que determinadas personas sienten el peso de la losa de la soledad, y recuerdan con anhelo a los que se fueron o les dejaron. Pero hay otra Navidad que consiste en el prisma desde el que uno quiera verla, con independencia de lo que nos dejen ver. Pensando en todas las personas y pidiendo disculpas por mi atrevimiento quisiera decirles lo siguiente: ¿Por qué no pensamos en la Navidad como un tiempo para reenfocar o endulzar todo lo que nos produce amargura? La Navidad somos las personas, no lo son las cosas; la Navidad se construye sobre emociones positivas de bondad, de afecto, de cariño, de todo lo que nos define como seres humanos, no como seres inhumanos. Tácheme de buenista, si quiere, lo prefiero a ser “malista”. ¿Por qué no tomamos el teléfono o el whatsapp y contactamos con todas esas personas que se nos han quedado en el desván y que fueron importantes o valiosas? ¿Por qué no tiramos a la basura los egos, el engreimiento, la falsa superioridad y hablamos con todos los que en su día nos enfadamos, rompimos o nos hicieron daño por malentendidos o falsos orgullos? ¿Por qué no buscamos el calor y el color de personas que fueron significativas en nuestras vidas y que las arrinconamos? ¿Por qué no hacemos de la Navidad un tiempo de reencuentro, de borrar las manchas del pasado para que el futuro pueda ser mejor, para que las próximas Navidades estén más cerca del ideal de un tiempo de afecto y de amor? Recuerdo que, de joven, me dijeron una vez, el orgullo es un señor vestido de negro, con un sombrero negro, serio, triste, altivo y solo, siempre solo. El orgullo es un mal compañero, pues nos aleja de los demás y perdemos la riqueza que está siempre, siempre en la relación con el otro, con el amigo, con el familiar, con quien compartimos. Incluso desde momentos o situaciones diferentes, familias que se rompen, amigos que se rechazan, socios que se pelean, vale más lo que se tuvo que, en muchos casos, lo que se perdió.

Quizá hoy nos toque la lotería, la del dinero, pero le aseguro que todos estaríamos encantados con que nos hubiera tocado la lotería de una vida más fraterna, sentida, compartida y disfrutada con todos los que han sido parte de nuestra vida (vale más la vida que la Visa). Por mi parte voy a tratar de disfrutar al máximo con los que me quieren y quiero, compartiendo lo mejor y lo peor que tengo, que soy yo mismo. Ojalá a todos nos toque la lotería de la Navidad, de la de verdad.

lamadriddiario@gmail.com

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