¿Te acuerdas?

¿Te acuerdas de cuando eras un niño? ¿Recuerdas el tiempo en que el juego, la ilusión, las ganas de hacer cosas diferentes eran una constante en cada momento? ¿Serías capaz de hacer el ejercicio de pensar y sobre todo sentir acerca de cómo eras cuando tenías cinco, seis o siete años? Mira hacia atrás ¿eres capaz de recordar las emociones que sentías en aquellos días de infancia?

Ahora eres una persona que tiene treinta, cincuenta o setenta años; tienes responsabilidades en la vida que no puedes eludir (hijos, nietos, trabajo o el cuidado de un familiar) ¿hacemos juntos un viaje a tus días de infancia? Tenemos seis años, nos acabamos de levantar, es sábado, nos sentimos libres (tras toda una semana de colegio, estudios y deberes), queremos aprovechar cada minuto del día que se nos acaba de regalar. Es un nuevo día y nuestras expectativas sobre él son muy positivas; creemos y queremos hacer grandes cosas en este día. Nuestra imaginación se puede haber disparado al recordar alguna promesa de padres o amigos sobre algo nuevo que vamos a hacer. Nos encanta lo nuevo, lo divertido, lo que implica actividad o cambio sobre la rutina semanal. Todo lo importante se concentra en aquello que nos resulte estimulante y nutrirnos, asearnos o aprender lo rechazamos por “improductivo” para nuestro interés por divertirnos y sorprendernos. Y todo ello se ve aderezado con el elemento tiempo; somos impacientes, queremos todo para ya; mañana es ciencia ficción y el ahora es lo que más nos estimula; pedimos permiso para todo lo que nos parece atractivo. Para hacer más explosivo el cóctel las sensaciones de riesgo o de peligro son prácticamente inexistentes. Igual que podemos cruzar una calle sin mirar a los lados porque vamos pendientes del objetivo inmediato, que es cruzar al otro lado, también nos desenvolvemos en cualquier otro entorno actuando sin pensar en las consecuencias de nuestros actos. Somos auténticos finalistas, nuestro objetivo ha de conseguirse y ha de ser ya, cuanto antes. Acabamos de desayunar y ya estamos inmersos en nuestra primera tarea de juego (el juego es entretenimiento para el aprendizaje, son ensayos que nos permiten desplegar nuestras destrezas a través de practicarlas una y otra vez). Jugamos en la calle, en el patio, en nuestro cuarto, con amigos, en el parque y nos inventamos juegos y si es con otros mejor que mejor. Somos sociables, gregarios, queremos lo mismo que tienen otros y aspiramos a ser mayores para poder hacer todo lo que nos impiden. Llega la hora de comer y, si no hay siesta obligada, volvemos a activar nuestra capacidad de juego, más tranquilo o más dinámico en función de nuestra personalidad. Jugamos, imaginamos, creamos sin limitaciones. Nuestro cerebro está funcionando en ondas alfa, las mismas que cuando, de adultos, soñamos. No hay fronteras, todo es posible y terminamos el día agotados, sin reconocer que lo estamos (un niño nunca tiene sueño) y nos mecemos en el sueño ilusionado por comenzar un nuevo día, al día siguiente.

Con respecto a todos estos recuerdos es relevante conocer que el funcionamiento de nuestra memoria, además de ser selectivo y de transformarse con cada recuerdo, prima los buenos recuerdos sobre aquellos otros que han podido ser traumáticos. Recordamos con optimismo, con añoranza o con melancolía muchos de los episodios de vida que fueron satisfactorios en algún momento determinado. Sin embargo todo lo que no seas capaz de recordar o bien está en tu subconsciente condicionando buena parte de tu vida o bien tuvo tal impacto negativo en tu vida o bien es un remanente de algo que no has sido capaz de superar y que condiciona tu vida actual.

Lo más valioso de recordar lo que fuimos, en nuestra infancia, es ser consciente de que esa es la base de nuestra existencia, de nuestra personalidad y a ella le debemos casi todo lo que somos. ¿Te acuerdas?

lamadriddiario@gmail.com

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