Personas subvencionadas

Hace unos días tuve la fortuna de repetir conversación con mi siempre admirada Lines Vejo (tengo el firme proyecto de pasar un fin de semana completo con ella y tratar de aprehender toda la sabiduría que ella destila, que es selecta y abundante). De entre todas las perlas que me regaló ahora quisiera destacar una de ellas que me va a permitir desarrollar una idea que llevaba tiempo entre bastidores. Decía Lines “hace años cuando abrías el corral de las gallinas, nada más ver la puerta abierta, salían todas en tropel al “prao” para intentar conseguir la comida; años después me he dado cuenta de que, desde que las alimentamos, nada más abres la puerta lo primero que hacen es venir tras de mi para que les de yo la comida; ya no salen al campo.” Como podrá imaginar nuestra conversación no iba de gallinas sino de personas, de lo que llevo tiempo denominando “personas subvencionadas”. ¿Qué es una persona subvencionada? Aquella que la familia, los padres o el Estado, le da unos pocos recursos para seguir viviendo sin tener que esforzarse por hacer nada por mejorar su situación; es poco, muy poco, lo que reciben, pero es suficiente como para acostumbrarse a vivir con poco que a tratar de esforzarse para vivir con más y que sea mejor. Una persona subvencionada es la que se permite el lujo de vivir a cuenta de los demás, pudiéndolo hacer por sí misma (no hablamos de personas incapacitadas) y además son los que, al fin y al postre, más exigentes con la familia, los padres o el Estado para reclamar lo que consideran que es suyo por el gran “acontecimiento” de haber nacido. Pero, en el fondo, la responsabilidad de que haya personas subvencionadas es de quien así lo permite y, nunca mejor dicho, lo alimenta.

Comentaba Lines que, nada más terminar la Guerra Civil, en Caloca (el pueblo más alto de Liébana) todo quedó arrasado, piedra sobre piedra. Hubo algunos que quisieron vivir de un Estado demacrado, de lo que les dieran, pero la gran mayoría se puso manos a la obra y al año alguno ya tenía una vaca y dos años más tarde dos o tres más, fueron generando riqueza partiendo del cero más absoluto. A esas personas que quedaron con una mano delante y otra detrás lo único que les sirvió fue arrimar el hombro, agachar la cabeza y trabajar y trabajar.

Lo más paradójico de todo ello es que las personas subvencionadas suelen acabar teniendo comportamientos altivos, exigentes e, incluso, despreciativos, amenazando de morder, muchas veces, la mano que les da de comer. Mientras que el que progresa y avanza gracias a su esfuerzo, les envuelve un aire de humildad y de bonhomía que nace de ser conscientes de que lo que vale, cuesta y que lo que sólo cuesta a los demás carece de valor para el que lo recibe.

En este epígrafe de personas subvencionadas no entran aquellas que la vida les ha limitado, coartado o impedido prosperar por razones físicas o psicológicas. El crimen del que hablamos es el de dar peces y peces, como los que beben en el río y no cañas con manual de uso para hacerlas funcionar, que es lo que deberíamos hacer o haber hecho, en su momento.

Cuantas más personas subvencionadas tengamos en nuestras familias o en la sociedad, más lastre tendremos que soportar los que con impuestos de Hacienda o emocionales nos vemos obligados a tener que pagar. Muchas veces subvencionamos para resolver, a corto plazo, un problema que al final lo que crea son “subvenciovagos” que manifiestan su indignación cuando el Estado o la familia no cumple con su obligación de seguir, perversamente, pagando el error que cometimos la primera vez que lo hicimos.

lamadriddiario@gmail.com

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