Iguales ante la ley; desiguales ante la vida

esfuerzo

A finales del pasado año la ONG Intermón Oxfam alertó de que, si no hay cambios sociales, políticos o económicos que varíen la situación actual, España tendrá un 40% de pobres dentro de 10 años, unos 18 millones de personas que en 2022 se encontrarán en situación de pobreza y de exclusión social.

Hoy nuestro país cuenta con casi 13 millones de personas en esta situación de los cuales más de un millón están siendo atendidos por Cáritas en estos momentos. Me parece imposible que mi país sea ahora mismo lo que es, me parece increíble que seamos tan pendulares. No tenemos perdón, como sociedad, por haber dilapidado gran parte de nuestra riqueza en unos pocos años. Tenemos la obligación de trabajar más, mucho más, por una educación que premie el esfuerzo, el trabajo a medio y largo plazo, el ahorro para poder invertir y una cultura que potencie más el ser que el tener para que otros piensen que somos lo que no somos.

Hemos pasado de ser uno de los países con el mayor índice de reparto y redistribución de la riqueza con una de las mayores tasas de clase media en el mundo, a ser, en estos momentos, el país de la Unión Europea con el mayor índice de desigualdad económica. Antes de la crisis los ingresos del porcentaje más rico de la población eran cinco veces superiores al segmento más pobre; hoy están cerca de ocho veces y se estima que en 2022 se podría llegar a una brecha de 15 veces más ricos los más ricos frente a la pobreza de los más pobres.

La educación, la formación integral de las personas, la inteligencia emocional en el entorno familiar que potencie el trabajo y el aprendizaje como mejor perspectiva de futuro (y no ir a “Gran Hermano”) es lo que necesita nuestra sociedad. Debemos primar la excelencia en la educación, poniendo una alfombra roja para la prosperidad de los más capaces, en intelecto o en esfuerzo. Como no soy políticamente correcto voy a decir algo: no creo en las becas de estudio iguales para todos porque desmotivan al excelente y potencian la mediocridad de la no necesidad de esfuerzo; por tener un DNI tengo una beca. Abogo mucho más porque, desde la más tierna infancia, los chavales (y sus familias) tengan todos las mismas oportunidades. Y si resultan ser brillantes, que tengan un premio, no una beca, para poder estudiar lo que su capacidad permita. Deberán saber que si son capaces no tendrán límites y que la sociedad les apoyará para que puedan lograr la excelencia. Bajo este modelo estoy convencido de que el dinero de nuestros impuestos tendría mucho más sentido; seguro que la efectividad de nuestros recursos y la de las mentes que lo aprovecharan sería mayor que ahora: muchos chavales se inscriben en unos estudios para conseguir la beca y luego desaparecen. “Toma el dinero y corre”… corre a ser menos que antes, más dependiente de la ayuda pública y menos capaz para la vida.

Todos tenemos que ser iguales ante la ley, sin duda. Pero no todos somos iguales en capacidades, en empuje, en esfuerzo; ante la vida somos desiguales y el único modo de primar que las desigualdades no nos abrumen y nos lleven al abismo es potenciar el estímulo, el premio por el logro conseguido, no la subvención sin mérito.

Yo quisiera una sociedad en la que todos podamos vivir y ganar lo suficiente, sin pobrezas ni exclusiones y para eso hace falta primar el esfuerzo y el conocimiento, no subvencionarlo. No hay otro modo.

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