Sube la temperatura

sube la temperatura

No voy a hablarle del tiempo atmosférico o del viento sur. Quiero traer a este rincón del pensamiento una noticia de finales del pasado año que incide en una parte de mi actividad profesional: la comunicación no verbal y la inteligencia emocional.

Según un estudio publicado en noviembre de 2012 por el Departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Granada, ante un ataque de ansiedad (como el que se produce cuando decimos una mentira) se experimenta una subida general de la temperatura facial y, en concreto, la temperatura de la punta de nuestra nariz aumenta, como consecuencia de la tensión por la mentira, en lo que se denomina “efecto Pinocho”. Parece ser que estos cambios térmicos faciales además se producen cuando nos enfrentamos a tareas difíciles (como cuando nos decían que echábamos humo por la cabeza de tanto pensar) o cuando somos evaluados por otros. Parece claro, por tanto, que toda tensión que sufre nuestro cerebro se traduce en un mayor flujo sanguíneo y ello genera calor que, a su vez, muestra nuestro enrojecimiento, la sudoración de la piel o el excesivo parpadeo de nuestros ojos.

Cuando usted o yo decimos una mentira (sepa que estadísticamente mentimos 17 veces al día, según nos dicen todos los expertos) nuestra nariz no permanece impasible, varía su temperatura y puede llegar a generar un ligero cosquilleo que nos invite a rascar la zona. Vamos, que estamos ante un problema de narices, sobre todo para los que, como se suele decir, mienten más que hablan. En lo que se refiere a nuestro comportamiento cuando mentimos, parece sencillo entender que, dado que nuestro cerebro, por defecto, no miente (lo que siente, lo que experimenta y piensa en el primer instante es “la verdad”), cuando mentimos esa distorsión entre cerebro verdadero y cuerpo mentiroso provoca todo un conjunto de manifestaciones en nuestro organismo. Estas manifestaciones hacen que se salten todas las alarmas corporales que, a buen entendedor, determinan que estamos mintiendo o no diciendo toda la verdad. La alteración puede provocar que cambiemos la mirada, que intentemos ocultarnos ante “el otro”, que suba la temperatura en nuestro rostro, en nuestra piel, que se dilate el perímetro de nuestro cuello, que elevemos la voz y todo un conjunto de “artimañas” que están vinculadas con nuestra actividad corporal y verbal para que no descubran nuestra mentira.

Aparte de la variación de temperatura antes señalada, que es sencilla de medir en laboratorio, lo que más nos está ayudando a conocer el comportamiento de nuestro cerebro son las resonancias magnéticas y la tomografía axial computerizada que permiten, cada vez más y mejor, determinar cómo es el comportamiento de nuestro cerebro, en dónde se alojan nuestras emociones o nuestros deseos. En el estudio de la Universidad de Granada, por ejemplo, han podido demostrar que el deseo y la excitación sexual eleva la temperatura corporal en hombres y en mujeres al mismo tiempo, aunque “subjetivamente las mujeres indiquen no estarlo o estarlo menos”. El cerebro es el gran desconocido en nuestro cuerpo. Es el que rige nuestras vidas y sin embargo sabemos muy poco acerca de él; sabemos tan poco que incluso no conocemos aún cómo los cien mil millones de neuronas que hay en un cerebro humano generan un pensamiento, un simple pensamiento. Aunque en el día a día no nos demos cuenta, por el automatismo que ello implica, nuestro cerebro es el responsable de todos nuestros actos: el físico guía todas nuestras actividades automáticas (como respirar o el latido de nuestro corazón), el emocional nos protege ante el peligro y el racional es el que construye la realidad que queremos crear. Si mentimos, el emocional y el racional no van a estar de acuerdo y se nos va a notar. Querido lector, que el viento sur no eleve su temperatura corporal.

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