Menos impuestos, ¿más votos?

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Va a ser mucho lo que vamos a oír en los próximos meses, casi años, sobre las bonanzas de nuestros gobernantes con respecto a la reducción de impuestos;  a ver quién los tiene más cortos. En esta vorágine vamos a vivir, y con un alto impacto en nuestros bolsillos y uno bajo, muy bajo en nuestra memoria. Me explico:

Cada vez tengo menos tolerancia ante las maniobras orquestales en la oscuridad de nuestros políticos en su afán de captar votos para los propios y hacer que pierdan los competidores, y llevándolo a cabo de un modo que no es ni transparente ni elegante. Dicha la mayor, no les niego la menor. Y es que los que votamos, o gran parte de los que votamos, nos dejamos llevar por las vanas promesas de lo maravillosa que va a ser la vida (económica, sobre todo) con el político que asegura que con él el futuro va a ser prometedor. Digo que esta es la menor, porque cuando votamos no debiéramos hacerlo a quien nos dice que va a hacer lo que quisiéramos que hiciera, sino al que dice que va a hacer lo que se debe hacer en cada momento, nos guste o no nos guste. Dicho esto, y ya que los clientes de votos no somos todo lo coherentes que se debiera esperar, creo que se debe invertir más en enseñarnos a valorar con nuestro propio juicio qué es lo que debemos esperar de la gestión por realizar que engañarnos con un mundo de Yupi que ni lo va a ser ni puede serlo.

En lo más cálido del verano de la crisis nos dijeron, unos y otros, que todo iba a ser maravilloso con ellos y la realidad decía todo lo contrario. Pero en los momentos del voto había que seducir con engaño para captar, sin más, y una vez captado, con mayor o menor conocimiento de lo que los predecesores habían hecho o dejado de hacer, tomar las decisiones duras, valientes y no políticamente correctas para salir del atolladero en el que nos encontrábamos (y personalmente aplaudo muchas de las decisiones que se tomaron, salvo las subidas de impuestos, las bajadas de sueldos lineales y alguna que otra contraindicación que no debió ser aplicada).

Ahora, con la recesión seguramente superada y con la crisis menguada, nos dicen, ¡oh albricias!, que se nos van a bajar los impuestos. Y a mí se me suben los colores, por muchos motivos, pero el más importante es que se nos dice como si se tratara de un favor gentil y “gracioso” que se nos hiciera gracias a la generosidad de los gestores de lo público.

No, el camino no debe ser ese. En primer lugar subir impuestos es bajar la actividad económica. Lo que hay que subir son los rigores en la gestión de lo público, más de lo que se ha hecho. En segundo lugar, al igual que se dan todo tipo de explicaciones en su subida, se deben dar todas las mismas o más en las bajadas (información de gestión, no de venta de votos). Y en tercer lugar que no se nos venda la idea de que vamos a tener los impuestos “más bajos del mundo mundial” cuando son de los más altos del orbe.

Me encantaría, como ciudadanos del siglo XXI que somos, que todos los partidos del arco político intentaran convencernos, a unos y a otros, con argumentos en favor de ellos y no en contra de lo que hacen o van hacer los demás. En la disciplina comercial es conocido que nunca se debe hablar mal de la competencia porque si así se hace, se reduce la credibilidad de quien está desacreditando al otro… lamadriddiario@gmail.com

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